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Me llamo Ana y soy de la Ciudad de México, pero esta vez andaba de viaje de negocios en Bogotá, Colombia. El aire de la capital cafetera me tenía toda revolucionada, con ese olor a café recién molido mezclado con el humo de los buses y las flores de los vendedores ambulantes. Órale, pensé, esto es otro nivel. Caminaba por una calle del centro cuando vi un puesto de Avon lleno de frasquitos brillantes. Mis ojos se clavaron en uno: Pasion Gitana. El nombre ya me erizaba la piel, como si prometiera algo salvaje y gitano, puro fuego en las venas.

Me acerqué y le pregunté a la vendedora, una morra simpática con acento bogotano: "Oiga, ¿cuál es el pasion gitana avon precio colombia?" Ella sonrió y me dijo que estaba en oferta, baratísimo comparado con México. "Quince mil pesos, mija, un regalo", contestó. Neta, no lo pensé dos veces. Saqué la lana y me lo llevé. Al rociármelo en las muñecas, el aroma me invadió: jazmín intenso, vainilla dulce y un toque ahumado como fogata en la noche. Chin, mi cuerpo reaccionó al instante. Sentí un calorcito entre las piernas, como si el perfume me estuviera susurrando secretos calientes.

¿Qué carajos me pasa? Este Pasion Gitana me tiene loca. Huele a deseo puro, a piel sudada y besos robados. Si así me pone a mí, ¿qué le hará a un vato?

Justo entonces, volteé y ahí estaba él: Diego, un colombiano alto, moreno, con ojos negros que brillaban como carbones. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que dejaban poco a la imaginación. "Buenas tardes, hermosa. Ese perfume te queda perfecto", me dijo con voz grave, ronca, que me vibró en el pecho. Le sonreí, coqueta, sintiendo cómo el aroma se mezclaba con mi sudor ligero del caminado.

Acto uno completo, pensé, pero la tensión ya empezaba. Fuimos a un cafecito cercano, charlando de todo: de mi México loco, de su Bogotá eterna primavera. Él olía a sándalo y tabaco fresco, y cada vez que me inclinaba, mi Pasion Gitana lo envolvía. Sentía sus ojos devorándome, bajando por mi escote, y yo no era tonta, cruzaba las piernas apretando los muslos para calmar el pulso que latía ahí abajo.

La noche cayó rápido. "¿Vamos a bailar salsa?", propuso. ¡Qué chido! Acepté. En un bar con luces tenues y música que retumbaba en las paredes, nos pegamos en la pista. Sus manos en mi cintura, firmes, calientes, me guiaban. El sudor nos unía, piel contra piel. Mi nariz rozaba su cuello, inhalando su esencia masculina mezclada con mi perfume. "Estás cañón, Ana", murmuró al oído, su aliento caliente como brisa tropical. Yo me apreté más contra él, sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre. Pinche calor, el corazón me iba a mil.

Salimos jadeantes, el aire nocturno fresco contrastando con nuestro fuego interno. Caminamos a su depa en La Candelaria, calles empedradas con balcones floridos y olor a arepas fritas. Adentro, luces bajas, una botella de aguardiente esperando. Brindamos, el licor quemándonos la garganta, dulce y ardiente como el deseo que nos carcomía.

Esto es lo que necesitaba. Un desconocido que me mire como si fuera la última mujer en la tierra. Ese perfume me abrió las puertas, neta. Siento mi concha palpitando, mojada, lista para él.

Sus labios encontraron los míos en un beso lento al principio, explorando, saboreando el aguardiente en nuestras lenguas. Luego, hambre pura: mordidas suaves, chupadas profundas. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el bra, liberando mis tetas. Las amasó, pellizcando pezones que se pusieron duros como piedras. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por la música lejana de la calle.

Me quitó la blusa, besando mi clavícula, bajando al valle entre mis pechos. El aroma del Pasion Gitana flotaba pesado, embriagándonos. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sentí su dureza presionando mi entrepierna a través de la tela. "Te quiero adentro, Diego, ya", le susurré, voz ronca de pura necesidad. Él rio bajito, "Paciencia, mamacita mexicana", y me volteó, poniéndome de rodillas.

Su lengua trazó mi espinazo, bajando lento, torturándome. Cuando llegó a mis nalgas, las separó y lamió mi concha desde atrás. ¡Madre santa! El placer me atravesó como rayo: húmeda, hinchada, saboreándome a sal y miel. Lamía despacio, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dedos que curvaba justo ahí, en el punto que me hacía arquear la espalda. Olía a sexo, a nosotros, mezclado con el perfume gitano que ahora parecía impregnado en las sábanas.

No aguanté más. Lo volteé y le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo. "Así, chévere, trágatela". La chupé hondo, garganta relajada, sintiendo cómo se hinchaba más. Babas resbalando, sonidos húmedos llenando la habitación.

Es enorme, perfecto. Me llena la boca, pero quiero que me llene toda. Este vato me va a romper en dos, y lo anhelo con el alma.

Me levantó como pluma y me llevó a la cama. Caímos revueltos, él encima, penetrándome de un solo empujón. ¡Ay, wey! Lleno total, estirándome delicioso. Empezó lento, saliendo casi todo y volviendo profundo, rozando cada nervio. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor goteando, mezclándose. Aceleró, embistiéndome fuerte, mis tetas rebotando, uñas clavadas en su espalda musculosa.

Cambié de posición: yo arriba, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos en mis caderas guiándome, ojos fijos en mí, en mis labios entreabiertos jadeando. El clítoris rozaba su pubis con cada bajada, mandándome chispas. "Vente conmigo, Ana, dámelo todo", rugió. El orgasmo me explotó: olas y olas, concha contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre mientras temblaba entera. Él se corrió segundos después, caliente dentro, llenándome hasta rebosar.

Quedamos pegados, resuellos entrecortados, pieles brillantes de sudor. El aroma del Pasion Gitana Avon precio colombia –ese detalle barato que desató todo– aún flotaba, ahora mezclado con nuestro olor a sexo crudo. Besos suaves, caricias perezosas. "Gracias por esta noche, gitana mexicana", murmuró, acurrucándome.

Regresaré a México con este recuerdo tatuado. Un perfume, un precio, un país, y un amante inolvidable. La pasión gitana no miente.

Al amanecer, nos despedimos con promesas vagas de volvernos a ver. Caminé por las calles con el frasco en la bolsa, sonriendo. Bogotá ya no era solo negocios; era mi despertar.

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