Citas Sobre La Pasión
Todo empezó con un libro viejo que encontré en la tiendita de usado de la colonia Roma en la CDMX. Citas sobre la pasión, se llamaba, lleno de frases ardientes de poetas y amantes anónimos que hablaban de fuego en las venas y besos que queman. Lo compré por curiosidad, pero esa noche, mientras sorbía un mezcal en mi balconcito con vista al skyline nocturno, una de esas citas me pegó duro:
La pasión no se busca se deja que te encuentre. Neta, me erizó la piel. Yo, Valeria, treinta y tantos, soltera por elección después de un desmadre con mi ex pendejo, decidí que era hora de soltarme. Abrí la app de citas en mi cel y puse en mi perfil: "Busco quien entienda las citas sobre la pasión".
La primera notificación llegó de Alex, un morro de ojos cafés intensos y sonrisa de cholito bien puesto, arquitecto de Polanco. Órale, pensé, este wey pinta chido. Quedamos en un cafecito en Condesa, con aroma a café de chiapas recién molido y el bullicio de la calle filtrándose por las ventanas abiertas. Llegué con el libro en la bolsa de mi vestido negro ajustado que marcaba mis curvas justito. Él ya estaba ahí, con camisa de lino arremangada mostrando antebrazos fuertes, oliendo a colonia fresca con toque de madera.
—Citas sobre la pasión, ¿eh? —dijo mientras me sentaba, sus ojos recorriéndome despacio—. Suena a que vas por lo heavy.
Le mostré el libro y leí una:
El deseo es el puente entre dos almas desnudas. Se rio bajito, un sonido ronco que me vibró en el pecho. Hablamos horas, de arquitectura que inspira deseo como las curvas de un edificio de Gaudí, de la neta de la vida en la ciudad que te acelera el pulso. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, un toque casual que mandó chispas por mi pierna. No pasó de eso esa noche, pero cuando nos despedimos con un abrazo, su aliento cálido en mi cuello oliendo a menta y café, supe que la tensión apenas empezaba. Este wey me va a volver loca, pensé mientras caminaba a mi depa, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
La segunda cita fue en Xochimilco, en una trajinera privada que rentamos para nosotros solos. El sol pegaba fuerte, el agua verde y fresca chapoteando contra los costados de la barca, flores de cempasúchil flotando alrededor. Alex trajo chelas frías y guacamole con chile que picaba en la lengua como fuego lento. Vestí un huipil ligero que dejaba ver mis hombros bronceados y shorts que subían por mis muslos cuando me sentaba. Él remaba con fuerza, músculos tensos bajo la playera húmeda de sudor, y el olor a tierra mojada y canal se mezclaba con su aroma masculino.
—Cuéntame más de esas citas sobre la pasión —pidió, deteniendo los remos para que la trajinera se meciese suave.
Abrí el libro, mi voz un poco ronca por el calor:
La pasión es el latido que une cuerpos en la oscuridad. Sus ojos se oscurecieron, se acercó en la banca estrecha hasta que su muslo presionó el mío. Sentí el calor de su piel a través de la tela, el pulso acelerado en su cuello cerca de mis labios. Nuestras manos se encontraron, dedos entrelazados, callos de sus manos rozando mis palmas suaves. Me besó entonces, lento al principio, labios carnosos probando los míos con sabor a limón y sal del guac. La lengua suya exploró mi boca, un roce húmedo y caliente que me hizo gemir bajito. Sus manos subieron por mi espalda, apretándome contra él, pechos contra su pecho duro. El mundo se redujo al chapoteo del agua, al jadeo compartido, al sabor de su saliva mezclada con la mía. Pero paramos ahí, riendo nerviosos, el deseo colgando en el aire como niebla espesa. No mames, esto va en serio, me dije mientras volvíamos a la orilla, mi clítoris latiendo con cada paso.
La tercera cita fue la que lo cambió todo. Me invitó a su penthouse en Lomas, vista panorámica de la ciudad iluminada como estrellas caídas. Llegué con un vestido rojo escotado que abrazaba mis chichis y caderas anchas, tacones que clicaban en el mármol del piso. El lugar olía a velas de vainilla y incienso suave, música de Natalia Lafourcade sonando bajito con guitarra acústica que erizaba la piel. Alex abrió la puerta en pants sueltos y playera sin mangas, pelo revuelto, barba de tres días raspando cuando me abrazó.
—Traje el libro —dije, enseñándoselo con manos temblorosas.
Nos sentamos en el sofá de cuero suave, piernas entrelazadas, un tequila reposado en vasos helados. Leí:
En la pasión el cuerpo grita lo que el alma calla. Su mano subió por mi muslo desnudo, dedos trazando círculos lentos que mandaban descargas eléctricas directo a mi entrepierna. Lo miré, vi el hambre en sus ojos, el bulto creciendo en sus pants. Ya valió, esta noche me lo chingo.
Nos besamos con furia, lenguas batallando, dientes mordiendo labios hinchados. Sus manos arrancaron el vestido, exponiendo mis tetas libres bajo el encaje, pezones duros como piedras rogando atención. Los chupó con hambre, lengua girando alrededor mientras yo arqueaba la espalda, gimiendo su nombre. Olía a su sudor fresco, a mi propia excitación empapando las panties. Lo empujé al sofá, montándome encima, frotando mi coño mojado contra su verga dura a través de la tela. Qué rica estás, gruñó, manos amasando mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave.
Me quitó las panties de un jalón, el aire fresco besando mi vulva hinchada y húmeda. Bajé sus pants, su pito saltó libre, grueso y venoso, goteando precum que lamí con la lengua plana, sabor salado y almizclado llenándome la boca. Lo succioné profundo, garganta apretándolo mientras él jadeaba, manos en mi pelo guiándome sin forzar. Neta, este wey sabe darlo. Me levantó, me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel ardiente.
Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi clítoris antes de lamerlo lento, lengua plana lamiendo jugos que chorreaban. Gemí alto, caderas moviéndose solas, dedos míos pellizcando mis pezones. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, bombeando mientras chupaba fuerte. El orgasmo me pegó como rayo, cuerpo convulsionando, grito ahogado en la almohada, olor a sexo impregnando el cuarto.
No paró. Me volteó boca abajo, nalgas en pompa, y entró de una, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. ¡Ay wey, qué chingón! Empujó lento al principio, cada embestida rozando paredes sensibles, bolas golpeando mi clítoris. Aceleró, piel cacheteando piel, sudor goteando de su pecho al mío. Me volteó de nuevo, piernas sobre sus hombros, penetrándome profundo mientras nos mirábamos a los ojos, almas conectadas en el vaivén. Sentí su pulso acelerado contra mi pecho, su corazón latiendo con el mío.
—Córrete conmigo —jadeó, y lo hice, coño apretándolo en espasmos mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes llenándome, gemido ronco vibrando en mi cuello.
Quedamos tirados, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos, respiraciones calmándose al ritmo de la ciudad lejana. Su mano acariciaba mi pelo, labios besando mi frente.
La pasión deja huella eterna, susurré citando el libro. Él rio suave, abrazándome más fuerte. En ese afterglow, con su olor grabado en mi piel y el corazón lleno, supe que esas citas sobre la pasión habían encontrado su verdad en nosotros. No era solo sexo era conexión pura mexicana ardiente y real.