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Los Beneficios Sensuales de la Fruta de la Pasion

6683 palabras

Los Beneficios Sensuales de la Fruta de la Pasion

Sofía se recargaba en la barra de la cocina de su departamento en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas y pintando todo de dorado. El aire traía ese olor fresco a mar que subía desde el Paseo de la Reforma, mezclado con el aroma dulce y tropical de la fruta que acababa de partir. Fruta de la pasión, le decían sus amigas en el gym, con esa risita pícara que prometía milagros. "Tiene beneficios que ni te imaginas, carnala, sobre todo para encender la pasión", le había dicho Lupe esa mañana, mientras sudaban en las pesas.

Investigó un rato en su cel, y neta, las páginas hablaban de vitaminas, antioxidantes y hasta propiedades afrodisíacas. Fruta de la pasion beneficios, tecleó rápido, y las promesas saltaron: estimula el deseo, relaja el cuerpo, hace que todo se sienta más intenso. Sonrió para sí, imaginando la cara de Alejandro cuando llegara. Habían estado saliendo un par de meses, él con ese cuerpo de nadador y esa sonrisa que la derretía como helado de garrafa en julio. Hoy lo invitaría a cenar, pero la fruta sería el postre principal.

La puerta sonó a las ocho en punto. Alejandro entró con una botella de mezcal artesanal, oliendo a colonia fresca y a ese jabón que siempre usaba, como a limón y madera. "¡Hola, preciosa!", dijo besándola en la boca, un beso que ya traía promesas. Sofía lo guió a la mesa, donde la cena ligera esperaba: tacos de pescado con pico de gallo y una ensalada. Pero sus ojos no se despegaban de la fuente con las frutas de la pasión, partidas por la mitad, su pulpa negra y semillas brillantes reluciendo bajo la luz tenue.

"Prueba esto primero", le dijo ella, ofreciéndole una mitad con la cuchara. Él arqueó la ceja, juguetón. "¿Qué es esto, Sofi? ¿Tu arma secreta?" Ella rio bajito, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Los fruta de la pasion beneficios son legendarios, wey. Dicen que aviva el fuego". El jugo chorreaba por su mano mientras él mordía, el sabor ácido y dulce explotando en su boca. "¡Órale, qué rico! Dulce como tú, pero con punch". Sus ojos se encontraron, y ahí empezó la tensión, ese calor lento que subía por sus piernas.

Comieron despacio, charlando de tonterías: el tráfico infernal, el nuevo antro en la Roma, pero el aire se cargaba de electricidad. Sofía sentía su piel erizada cada vez que él lamía el jugo de sus dedos, accidentalmente rozando su piel.

¿Y si es cierto? ¿Y si esta fruta nos lleva a donde quiero?
pensó ella, el pulso acelerándose. Alejandro la miró fijo, dejando la cuchara. "Ven acá, mamacita". La jaló de la cintura, sentándola en su regazo. Sus labios sabían a pasión, a fruta madura y deseo contenido.

Acto dos: la cosa se puso intensa en el sofá de la sala. Las luces bajas proyectaban sombras largas, y el sonido de sus respiraciones llenaba el espacio. Sofía deslizó las manos por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. "Quítatela", murmuró ella, voz ronca. Él obedeció, y ella tomó otra fruta, untando el jugo pegajoso en su cuello, lamiéndolo despacio. El sabor era adictivo: ácido, dulce, con ese toque terroso que la volvía loca. "¡Pinche delicia!", gruñó él, manos en su espalda, bajando el zipper de su vestido.

La tela cayó al piso con un susurro suave, dejando su piel expuesta al aire fresco. Alejandro la recostó, besando desde el ombligo hasta más abajo, inhalando su aroma mezclado con la fruta. Sofía arqueó la espalda, el tacto de su lengua como fuego líquido. Esto es lo que prometían los beneficios, pensó, mientras sus uñas se clavaban en sus hombros. Él subió, capturando un pezón con la boca, succionando suave, luego fuerte, haciendo que ella jadeara. "Más, chulo, no pares".

Se movieron al ritmo de un son jarocho imaginario, cuerpos enredados. Sofía lo volteó, montándose encima, frotándose contra su dureza a través del pantalón. El roce era tortura deliciosa, el calor de su piel contra la suya, sudor perlando sus frentes. "Te quiero adentro, ya", le rogó ella, voz entrecortada. Él la ayudó a bajarle el pantalón, y ahí estaba, erecto y palpitante. Tomó más pulpa de fruta, untándola en él, el jugo resbaloso facilitando todo. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla. "¡Ay, wey, qué grande!"

El vaivén empezó lento, sus caderas chocando con sonidos húmedos, el olor a sexo y fruta invadiendo la habitación. Sofía cabalgaba con fuerza, pechos rebotando, manos en su pecho para impulsarse. Él la agarraba de las nalgas, guiándola, gruñendo palabras sucias: "¡Chíngame más duro, Sofi, eres una diosa!". El placer subía en olas, tensión en su bajo vientre, músculos contrayéndose. Pararon un segundo para cambiar, él arriba ahora, embistiéndola profundo, el colchón crujiendo bajo ellos. Sus ojos no se despegaban, conexión más allá de lo físico.

Esto no es solo la fruta, es nosotros, neta
, reflexionó ella en medio del éxtasis.

La intensidad creció: besos mordidas, lenguas enredadas, piel resbalosa de sudor y jugo. Sofía sentía cada vena de él dentro, cada roce de su pubis contra su clítoris hinchado. "Me vengo, amor", avisó él, voz quebrada. "Yo también, juntos". Aceleraron, cuerpos temblando, hasta que explotaron. Ella gritó, olas de placer sacudiéndola, contrayéndose alrededor de él, mientras él se derramaba caliente dentro, pulsos interminables.

Acto tres: el afterglow los envolvió como una manta tibia. Yacían enredados, respiraciones calmándose, el corazón latiendo aún fuerte contra el pecho del otro. Sofía trazaba círculos en su piel con el dedo, oliendo el rastro dulce de la fruta en sus cuerpos. "Esos fruta de la pasion beneficios sí que funcionan, ¿eh?", bromeó ella, riendo suave. Alejandro la besó en la frente. "O tal vez eres tú la que enciende todo, mi reina".

Se levantaron despacio, ducha juntos bajo el agua caliente que lavaba el jugo pegajoso, manos explorando de nuevo, pero tiernas ahora. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablaron bajito de planes: un fin en Tulum, más noches como esta. Sofía sintió una paz profunda, el cuerpo saciado, el alma llena. La pasión no necesita excusas, pero qué chido cuando la fruta la hace más viva, pensó cerrando los ojos, su cabeza en su pecho, al ritmo de su corazón.

La noche se extendió en sueños dulces, sabores persistentes en la lengua, promesas de más beneficios por descubrir. Y así, entre jugos tropicales y caricias eternas, Sofía supo que había encontrado no solo placer, sino un fuego que ardía de verdad.

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