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La Migra Pa Qué Son Pasiones

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La Migra Pa Qué Son Pasiones

En la bruma caliente de una noche tijuanense, donde las luces de neón parpadean como promesas rotas y el aire huele a mar salado mezclado con tacos al pastor, conocí a Javier. Yo era Karla, una morra de veintiocho tacos que trabajaba en un antro de la Zona Río, sirviendo chelas frías a gringos y locales por igual. No era de las que se enganchan fácil, pero esa noche, con el ritmo de la cumbia rebeldía retumbando en mis huesos, algo en su mirada me prendió como yesca seca.

Javier era un vato alto, de piel morena curtida por el sol de Ensenada, con unos ojos negros que brillaban como obsidiana bajo las luces estroboscópicas. Llevaba una camisa guayabera desabotonada lo justo para dejar ver el tatuaje de un águila en su pecho, y olía a colonia barata con un toque de sudor fresco que me hacía agua la boca. Se acercó al bar con una sonrisa pícara, pidiendo un ron con coco.

—Órale, güeyita, ¿me das una chela pa' refrescar esta caloría que traes? —dijo, guiñándome el ojo.

Le serví el trago, rozando sus dedos con los míos a propósito. La electricidad subió por mi brazo como un rayo. Hablamos de tonterías: del tráfico en la Garita, de cómo la migra pa qué son pasiones si uno se la pasa cruzando por gusto. Él se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho.

—Exacto, carnala. La migra pa qué, si las pasiones son pa' volar sin visa.

La noche avanzó entre bailes pegados y roces casuales. Su mano en mi cintura, firme pero suave, me hacía sentir el calor de su palma a través del vestido ajustado. El sudor perlaba su cuello, y yo no pude resistir inclinarme para olerlo: salado, masculino, con un dejo de tequila. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera que delataba mis ganas.

Acto primero de nuestra danza: la invitación. Me susurró al oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo.

—Ven conmigo a mi depa, Karla. Aquí el ruido no deja oír los gemidos.

No lo pensé dos veces. Salimos del antro tomados de la mano, el viento nocturno fresco contra mi piel ardiente. Caminamos por avenidas iluminadas, riendo de los borrachos y los puestos de elotes. Su departamento estaba en un edificio moderno, con vista al Pacífico. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos: un beso hambriento, lenguas enredadas con sabor a ron y menta. Sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con esa fuerza que me hace jadear.

Lo empujé contra la pared, mordisqueando su cuello mientras desabotonaba su camisa. Su piel era suave bajo mis uñas, músculos tensos que se contraían al toque. Chingón, pensé, este vato sabe lo que quiere. Él me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo como enredadera, y me llevó al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas oliendo a suavizante de lavanda.

Acto segundo: la escalada. Me recostó despacio, sus ojos devorándome mientras se quitaba la ropa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al techo como un mástil listo para zarpar. Me lamió los labios, bajando por mi cuello, chupando mis tetas hasta que los pezones se pusieron duros como piedras de chispa. Gemí bajito, arqueando la espalda, el sonido de mi propia voz ahogado en la penumbra.

—Te voy a comer entera, morrita —murmuró, su voz ronca como grava.

Sus dedos se colaron bajo mi tanga, encontrando mi clítoris hinchado. Lo masajeó en círculos lentos, haciendo que mis caderas se movieran solas, buscando más. El olor de mi excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, mezclado con su sudor. Bajó la cabeza, su lengua plana lamiendo mi panocha desde el ano hasta el botón, succionando como si fuera el último elote del mundo. Grité su nombre, clavando las uñas en su cabeza, el placer subiendo en olas que me nublaban la vista.

Pero no era solo físico; en mi mente bullían pensamientos. ¿Y si la migra toca la puerta mañana? Pa qué, si esta pasión me hace olvidar fronteras. Javier era de los que cruzaba a San Diego por trabajo, pero esa noche, éramos solo cuerpos en llamas. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo, mordiendo suave mis nalgas redondas. Sus dedos entraron en mí, dos, luego tres, curvándose para tocar ese punto que me hace temblar. El sonido húmedo de mi coño chupando sus dedos era obsceno, delicioso.

Lo volteé, queriendo mi turno. Tomé su verga en la mano, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, como gotas de mar. Él gruñó, enredando los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. La chupé profunda, garganta relajada, oyendo sus jadeos roncos que me ponían más caliente. Pendejo afortunado, pensé con picardía, esta mamada te va a dejar loco.

La tensión crecía, insoportable. Me monté sobre él, frotando mi raja mojada contra su tronco duro. Nuestros ojos se clavaron: consentimiento puro, fuego mutuo. Bajé despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía dulce, mis paredes apretándolo como guante. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él me agarraba las caderas, embistiendo arriba, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con nuestros gemidos.

Cambiamos posiciones: de lado, su pecho contra mi espalda, una mano en mi clítoris mientras me taladraba profundo. Olía a sexo puro, a piel caliente y fluidos mezclados. Sus bolas chocaban contra mi culo, rítmicas, y yo sentía el orgasmo construyéndose como tormenta en el Golfo.

—Más fuerte, Javier, chíngame duro —supliqué, voz quebrada.

Él obedeció, acelerando, su aliento en mi oreja como fuelle. El clímax me golpeó primero: un estallido blanco, coño convulsionando alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Grité largo, cuerpo temblando, uñas rasguñando las sábanas. Él siguió, gruñendo como toro, hasta que se corrió dentro, chorros calientes pintando mis paredes, su semilla goteando fuera cuando se salió.

Acto tercero: el afterglow. Nos quedamos enredados, respiraciones agitadas calmándose en el silencio roto solo por el lejano rumor del mar. Su mano acariciaba mi vientre, trazando círculos perezosos. Sudor secándose en pieles pegajosas, olor a semen y mujer flotando como niebla erótica.

—La migra pa qué son pasiones —susurró él, besando mi hombro—. Si contigo, Karla, el mundo se reduce a esto.

Sonreí en la oscuridad, sintiendo su verga semi-dura contra mi nalga, promesa de rondas futuras. Por primera vez en meses, sin exes ni dramas fronterizos, solo paz carnal. Mañana volvería la migra, los cruces, la vida loca de TJ, pero esa noche, las pasiones habían ganado. Me acurruqué más, saboreando el regusto salado en sus labios al besarlo de nuevo. Esto es lo que vale, güey, pensé. Puro, consensual, eterno en su fugacidad.

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