Pasión Capítulo 78 Fuego en las Venas
Lucía sintió el calor del atardecer colándose por las cortinas de su departamento en la Roma Norte, ese barrio chido de la Ciudad de México donde todo vibra con vida. El sol pintaba de naranja las paredes blancas y el aroma a café recién molido se mezclaba con el perfume de su piel, untada de crema de vainilla. Estaba sola, pero no por mucho. Diego, su carnal del alma, el que la volvía loca con solo una mirada, iba a llegar en cualquier momento. Habían quedado de verse después del trabajo, y el pinche tráfico de Insurgentes ya la tenía imaginándolo.
Se miró en el espejo del pasillo, ajustándose el vestido negro ajustado que marcaba sus curvas como un guante. Qué chingona me veo, pensó, mientras se pasaba la lengua por los labios rojos. El corazón le latía fuerte, anticipando el roce de sus manos callosas, esas que olían a taller mecánico y sudor varonil. Diego no era de esos fifís, era un mecánico de pura cepa, con brazos fuertes y una sonrisa pícara que la desarmaba. Llevaban meses en esto, una pasión que ardía sin apagarse, como si cada encuentro fuera un capítulo nuevo de su propia novela.
El sonido del buzzer la sacó de su ensueño. Abrió la puerta y ahí estaba él, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, jeans rotos en las rodillas y esa mirada de te voy a comer viva.
"¿Qué onda, mami? Te extrañé todo el día", dijo con voz ronca, entrando y cerrando la puerta de un empujón. Lucía no respondió con palabras; se lanzó a sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo, el latido acelerado de su corazón retumbando en su pecho como tambores de mariachi.
Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a chicle de menta y deseo puro. Las manos de Diego bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con fuerza juguetona. Pinche Diego, siempre tan directo, pensó ella, mientras un gemido se le escapaba. El olor de su colonia barata, mezclada con aceite de motor, la mareaba de excitación. Lo empujó hacia el sofá de piel sintética, que crujió bajo su peso.
Acto primero de su noche: la anticipación. Se sentaron uno frente al otro, piernas entrelazadas, bebiendo vino tinto de una botella que ella había sacado del refri.
"Cuéntame tu día, güey", murmuró Lucía, rozando su pie descalzo contra la pantorrilla de él. Diego rio bajito, ese sonido grave que le erizaba la piel.
"Puro pedo en el taller, pero pensando en ti. En cómo te pones cuando te toco aquí", dijo, deslizando la mano por su muslo, subiendo lento, torturándola. Ella jadeó, sintiendo el calor humedecerse entre sus piernas. El vino sabía a cereza madura, pero el verdadero néctar era la tensión que crecía, como el tráfico de Reforma en hora pico, imparable.
La cosa escaló cuando Diego la jaló a su regazo. Lucía sintió la dureza de su verga presionando contra su concha a través de la tela delgada. Qué rico se siente, ya está listo para mí, pensó, moviéndose despacio, frotándose contra él como en un baile de cumbia prohibida. Sus besos bajaron por el cuello de ella, mordisqueando la piel sensible, dejando rastros húmedos que olían a sal y pasión. El departamento se llenó de sus respiraciones agitadas, el tic-tac del reloj de pared marcando el ritmo de sus pulsos acelerados.
Se quitaron la ropa con urgencia, pero sin prisa. Él desabrochó su vestido, dejando al descubierto sus tetas firmes, pezones duros como piedras de obsidiana.
"Eres una diosa, Lucía. Mira cómo te endurecen", susurró, lamiendo uno con la lengua áspera, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo ¡ay cabrón!. El tacto de sus dedos en su piel era eléctrico, trazando caminos de fuego desde los hombros hasta las caderas. Ella le bajó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, que palpitaba caliente en su mano. La olió, ese aroma almizclado de hombre excitado, y la saboreó con la lengua, lamiendo la punta salada como si fuera un elote enchilado.
En el clímax del medio acto, la llevó a la cama king size que dominaba el cuarto. Las sábanas de algodón egipcio crujieron al recibirlos. Diego se tendió encima, pero ella lo volteó, queriendo dominar esta vez. Esta noche mando yo, pinche semental. Montó su cadera, guiando su verga dentro de ella con un movimiento fluido. ¡Qué estirón tan delicioso! La llenaba por completo, rozando cada rincón sensible. Empezó a cabalgar lento, sintiendo cada embestida profunda, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando como olas en Acapulco.
El sudor les perlaba la piel, goteando salado en sus bocas entre besos. Lucía clavó las uñas en su pecho velludo, oliendo el mix de sus esencias: vainilla suya, motor y testosterona de él.
"Más fuerte, Diego, dame todo", rogó ella, acelerando, sus tetas rebotando al ritmo. Él gruñó, agarrando sus caderas, empujando desde abajo con fuerza animal. El cuarto olía a sexo crudo, a deseo desatado, con el zumbido del ventilador ceiling girando perezoso arriba.
La intensidad subió como el volcán Popocatépetl en erupción. Cambiaron posiciones: él de rodillas detrás, penetrándola profundo mientras le masajeaba el clítoris hinchado. Cada roce era fuego, cada gemido un grito ahogado. Me voy a venir, no aguanto más, pensó Lucía, el placer acumulándose en su vientre como tormenta. Diego jadeaba en su oído,
"Júrate, mami, te sientes tan chingona por dentro", mordiendo su hombro. El orgasmo la golpeó primero, un estallido de luces blancas detrás de los ojos, su concha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas.
Diego la siguió segundos después, gruñendo como león, llenándola con su leche caliente, pulsos y pulsos que la hicieron temblar. Se derrumbaron juntos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El afterglow fue puro paraíso: respiraciones calmándose, caricias suaves en la espalda, besos perezosos con sabor a clímax compartido.
Acostados, con la cabeza de ella en su pecho, escuchando el latido volver a normal, Lucía sonrió.
"Esto fue como Pasión capítulo 78, ¿no? Puro fuego en las venas", murmuró juguetona, recordando esa telenovela que veían juntos a veces, donde los amantes se devoraban igual. Diego rio, apretándola más.
"Mejor que cualquier capítulo, carnala. Tú eres mi pasión eterna".
El sol ya se había ido, dejando la luna colándose por la ventana, bañándolos en plata. El aroma a sexo persistía, mezclado con el jazmín del balcón. Lucía sintió una paz profunda, esa conexión que va más allá de la carne. Con él, cada noche es un nuevo comienzo. Se durmieron así, entrelazados, sabiendo que el amanecer traería más hambre, más pasión. En su mundo, no había finales, solo capítulos infinitos de deseo mexicano, ardiente y sin frenos.