Fernando Colunga Novela Pasión y Poder Carnal
Entras al bar de Polanco con el corazón latiendo fuerte, el aire cargado de jazz suave y el aroma dulce del mezcal reposado que flota como una promesa. Llevas un vestido negro ceñido que roza tu piel con cada paso, haciendo que sientas cada curva de tu cuerpo. Qué chido este lugar, piensas, mientras tus ojos recorren la barra iluminada por luces tenues. Ahí lo ves: un hombre alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos penetrantes que te hacen recordar al instante a Fernando Colunga en su novela Pasión y Poder. Neta, es como si hubiera salido de la tele, con esa camisa blanca entreabierta dejando ver un pecho firme y bronceado.
Te sientas en la barra, pides un margarita con sal, el limón fresco explotando en tu lengua al primer sorbo. Él te mira de reojo, una sonrisa ladeada que te eriza la piel.
¿Será él? No mames, imposible, pero qué parecido, qué poder en esa mirada, te dices, mientras el hielo tintinea en tu vaso. Se acerca, su colonia amaderada invade tu espacio, un olor que mezcla sándalo y algo salvaje, masculino. "Buenas noches, preciosa. ¿Vienes seguido por acá?", su voz grave, como un ronroneo que vibra en tu pecho.
"Primera vez, carnal. Pero ya me late este rollo", respondes con una guiñada, sintiendo el calor subir por tus mejillas. Charlan de todo: de la vida loca en la CDMX, de telenovelas que enganchan como Pasión y Poder, y él suelta que se llama Arturo, pero neta, cada gesto es puro Fernando Colunga. Sus manos grandes rozan la tuya al pasarte el tequila, un toque eléctrico que te hace apretar los muslos bajo la barra. El deseo crece lento, como el fuego que prende con brasas, su risa profunda resonando en tus oídos mientras el bar se llena de murmullos y copas chocando.
La noche avanza, el alcohol calienta tu vientre, y sientes su rodilla presionando la tuya bajo la mesa. Órale, esto va en serio. "Ven, vamos a otro lado más privado", murmura cerca de tu oreja, su aliento cálido oliendo a menta y deseo. Asientes, el pulso acelerado, tus pezones endureciéndose contra la tela del vestido. Salen tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana rozando tu piel expuesta, el bullicio de la avenida contrastando con la tensión que palpita entre ustedes.
Llegan a su hotel, un penthouse lujoso con vistas al skyline de Reforma. La puerta se cierra con un clic suave, y él te empuja contra la pared, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento. Su lengua invade tu boca, saboreando el margarita en ti, un gemido escapa de tu garganta mientras sus manos recorren tu espalda, bajando hasta apretar tus nalgas con fuerza posesiva pero tierna. "Eres una diosa, muñeca", gruñe contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible, enviando chispas de placer directo a tu centro.
Te lleva en brazos a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas bajo tu cuerpo ardiente. Se quita la camisa despacio, revelando abdominales marcados que brillan bajo la luz de la ciudad.
Esto es mejor que cualquier novela, puro poder y pasión, piensas, mientras lo jalas hacia ti, tus uñas arañando su espalda. Sus besos bajan por tu escote, lamiendo el sudor salado de tu piel, el olor de tu excitación mezclándose con su colonia. Desabrocha tu vestido con dedos hábiles, exponiendo tus senos plenos; su boca los devora, chupando un pezón con succiones lentas que te arquean la espalda, un jadeo ronco saliendo de tus labios. "¡Ay, qué rico, no pares!", suplicas, las caderas moviéndose solas buscando fricción.
Él se arrodilla entre tus piernas, separándolas con gentileza, sus ojos oscuros clavados en los tuyos mientras besa el interior de tus muslos. El roce de su barba incipiente quema deliciosamente, y cuando su lengua toca tu clítoris hinchado, explotas en un gemido agudo. Lamidas expertas, círculos húmedos que te hacen retorcerte, el sonido obsceno de su boca devorándote llenando la habitación. Sientes tus jugos correr, el sabor almizclado que él lame con avidez, sus dedos hundiéndose en ti, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. "Estás tan mojada para mí, preciosa. Tan dulce", murmura, su voz vibrando contra tu piel sensible.
La tensión sube como una ola imparable. Te incorporas, lo empujas sobre la cama y desabrochas su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tocas, sintiendo el calor aterciopelado, venas marcadas bajo tus dedos. "Mírala, toda para ti", dice con una sonrisa pícara, y te bajas, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Lo chupas profundo, tus labios estirándose alrededor de él, sus manos enredándose en tu pelo guiándote con ritmo. Gime fuerte, "¡Carajo, qué boca tan chingona!", el sonido gutural avivando tu propio fuego.
No aguantas más. Te subes a horcajadas, frotando tu entrada húmeda contra su longitud, torturándolos a ambos. "Métemela ya, por favor", ruegas, y él obedece, embistiéndote de un solo golpe. El estiramiento te llena por completo, un placer punzante que se transforma en éxtasis. Cabalgas lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose dentro, el choque de piel contra piel resonando como aplausos. Sus manos en tus caderas te guían, acelerando, tus senos rebotando con cada bajada. Sudor perla sus músculos, goteando sobre tu vientre, el olor almizclado de sexo impregnando el aire.
Cambia de posición, te pone de rodillas, penetrándote por detrás con fuerza controlada. Sus embestidas profundas tocan lo más hondo, su mano bajando a frotar tu clítoris en círculos rápidos. "¡Ven conmigo, amor! ¡Dame todo!", gruñe, y el orgasmo te arrasa como un terremoto. Tus paredes lo aprietan rítmicamente, gritando su nombre mientras ondas de placer te sacuden, piernas temblando. Él se corre segundos después, caliente dentro de ti, un rugido animal escapando de su garganta mientras se vacía, pulsando una y otra vez.
Caen exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su brazo te rodea, besos suaves en tu frente, el corazón latiéndole fuerte contra tu mejilla. El skyline parpadea afuera, testigo mudo de su unión.
Esto fue más que una noche, fue pasión y poder puro, como en esa novela de Fernando Colunga, reflexionas, una sonrisa satisfecha en tus labios. Se quedan así, piel contra piel, el afterglow envolviéndolos en calidez, prometiendo quizás un amanecer compartido en esta ciudad de sueños y deseos cumplidos.