Pasión de Gavilanes Capítulo 106 En Llamas de Piel
Estaba yo sentada en el sofá de mi departamentito en la Roma, con las luces bajitas y el control remoto en la mano. Era viernes chido, de esos que te dan ganas de quedarte en casa con tu carnal, digo, con mi Diego, el que me hace vibrar como nadie. Habíamos pedido unos tacos de suadero de la esquina, bien jugosos, y ahora íbamos por el postre: Pasión de Gavilanes, esa novela que nos tenía clavados. "Órale, carnala, ya viene el capítulo 106", me dijo Diego con esa voz ronca que me eriza la piel, mientras se recargaba en mi hombro, su mano grande descansando en mi muslo desnudo bajo la falda corta.
Yo sentí un cosquilleo inmediato, de esos que suben como chispas por las piernas. El aire olía a chile y a su colonia barata pero rica, esa que me recuerda a las ferias del pueblo. La pantalla se iluminó con la escena: los galanes enredados con las chicas, miradas que matan, toques que prometen todo. "Mira nomás, Lupita, qué pasión de gavilanes capítulo 106 este", murmuró él, y su dedo empezó a trazar circulitos en mi piel, subiendo poquito a poco. Yo tragué saliva, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
¿Por qué carajos me prende tanto esta novela? Es como si me hablaran directo al cuerpo.
Intenté concentrarme en la tele, pero su aliento caliente en mi cuello me distraía. "Diego, no mames, estate quieto", le dije riéndome bajito, pero mi voz salió temblorosa, como si ya supiera que no quería que parara. Él se acercó más, su pecho duro contra mi brazo, y me plantó un beso en la oreja, chupando suave el lóbulo. El sonido de sus labios húmedos me hizo cerrar los ojos un segundo. Olía a cerveza y a hombre, ese olor que me moja sin remedio. En la novela, justo ahí, una de las protagonistas gemía bajito mientras el galán le bajaba el vestido. "Igualito que tú ahorita, mi reina", susurró Diego, y su mano se coló bajo la falda, rozando mis panties de encaje.
El calor entre mis piernas creció como fuego de fogata. Lo empujé juguetona, pero él me jaló hacia su regazo. Sentí su verga ya dura presionando contra mi nalga, gruesa y lista. "Pinche novela, nos va a matar", reí, pero ya estaba girándome para besarlo. Nuestros labios chocaron con hambre, lenguas enredándose como en esas escenas de Pasión de Gavilanes capítulo 106. Su boca sabía a salsa picosa y a promesas sucias. Le mordí el labio inferior, y él gruñó, un sonido grave que vibró en mi pecho.
Acto dos: la cosa se ponía buena. Diego me levantó en brazos como si no pesara nada, camino al cuarto con la tele de fondo todavía ronroneando diálogos apasionados. Me tiró suave en la cama king size que compramos en rebajas, las sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Se quitó la playera de un jalón, mostrando ese torso moreno, músculos de tanto gym y trabajar en la construcción. Yo me lamí los labios, viendo cómo sudaba ya un poquito, el brillo en su piel bajo la luz de la lámpara. "Quítate eso, nena", ordenó con voz de macho, y yo obedecí lento, arqueando la espalda para que viera bien mis tetas grandes saliendo del brasier negro.
Él se abalanzó, besando mi cuello, bajando a los pechos. Sentí su lengua caliente lamiendo el pezón, chupándolo fuerte hasta que dolió rico.
¡Ay, cabrón, no pares! Esto es mejor que cualquier capítulo.Gemí alto, mis uñas clavándose en su espalda ancha. Olía a su sudor mezclado con mi perfume de vainilla, un aroma que me volvía loca. Sus manos bajaron a mis panties, quitándolos de un tirón. "Estás empapada, mi amor", dijo riendo pícaro, y metió dos dedos adentro, moviéndolos despacio, curvándolos justo donde me derrito.
Yo jadeaba, las caderas moviéndose solas contra su mano. El sonido húmedo de mis jugos era obsceno, como música de fondo perfecta. "Chúpame, Diego, porfa", supliqué, y él bajó la cabeza, su barba raspándome los muslos. Su lengua tocó mi clítoris, lamiendo en círculos, chupando suave. Saboreé mi propio deseo en su boca cuando me besó después, salado y dulce. Lo empujé para abajo, desabrochándole el cinto. Su verga saltó libre, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, caliente como hierro al rojo, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su piel salada. Él maldijo en voz baja, "¡Chingada madre, qué rica boca!"
La tensión subía como olla exprés. Me puse a cabalgata sobre él, frotándome contra su tronco duro. Nuestros cuerpos resbalaban de sudor, piel contra piel pegajosa. Él me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, metiendo un dedo en mi ano juguetón. "Te voy a romper, Lupita", prometió, y yo asentí, perdida en el placer. Poco a poco, me acomodé encima, bajando despacio sobre su verga. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El dolor inicial se volvió éxtasis puro cuando empecé a moverme, arriba y abajo, mis tetas botando con cada embestida.
Sus manos en mi cintura guiaban el ritmo, rápido, más rápido. El cuarto olía a sexo crudo, a fluidos y pasión. Oía nuestros jadeos mezclados con la novela lejana, como si fuéramos parte de Pasión de Gavilanes capítulo 106. Él se sentó, abrazándome, chupando mis tetas mientras yo rebotaba.
Esto es lo que necesitaba, este fuego que no se apaga.Cambiamos: él encima, piernas en mis hombros, metiéndomela profundo, golpes que me hacían ver estrellas. "¡Más, cabrón, dame más!", gritaba yo, las paredes del coño apretándolo como nunca.
El clímax se acercaba, ese nudo en el estómago apretándose. Diego aceleró, su verga hinchándose dentro. "Me vengo, mi reina", avisó ronco, y yo exploté primero, olas de placer sacudiéndome entera, el coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando. Él se corrió segundos después, caliente dentro, llenándome hasta rebosar. Gritamos juntos, cuerpos temblando pegados.
Nos quedamos así, jadeando, sudor enfriándose en la piel. Diego me besó la frente, suave ahora, su mano acariciando mi pelo revuelto. "Eso fue nuestro Pasión de Gavilanes capítulo 106, ¿verdad?", dijo riendo bajito. Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, oliendo a nosotros.
Qué chido es tenerlo, este amor que quema y reconforta.Apagamos la tele de fondo, nos acurrucamos bajo las sábanas húmedas. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos los reyes de nuestra propia pasión, con el corazón latiendo al unísono y el alma en paz.