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Pasion y Poder Capitulo 76 El Abrazo del Deseo

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Pasion y Poder Capitulo 76 El Abrazo del Deseo

Daniela entró al penthouse en Polanco con el corazón latiéndole a mil por hora. El skyline de la Ciudad de México brillaba a través de los ventanales, un mar de luces que reflejaba el poder que Arturo manejaba con tanta maestría. Él estaba ahí, de pie junto a la barra de mármol, con una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y un pantalón que caía perfecto sobre sus caderas. Este cabrón siempre sabe cómo verme como si fuera su presa, pensó ella, mientras el aroma a tequila reposado y su colonia amaderada invadía el aire.

—Llegaste justo a tiempo, reina —dijo Arturo con esa voz grave que le erizaba la piel—. ¿Lista para negociar?

Daniela sonrió, quitándose los tacones Louboutin que resonaron en el piso de madera pulida. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una segunda piel, y sabía que él no podía quitarle los ojos de encima. Habían sido rivales en el mundo de los negocios por años: ella, la emprendedora feroz de una cadena de spas de lujo; él, el magnate inmobiliario que controlaba medio Paseo de la Reforma. Pero esta noche, la tensión entre ellos había mutado en algo más crudo, más animal.

Se acercaron a la mesa del comedor, donde brillaban platos de ceviche fresco y tacos de arrachera jugosos, preparados por su chef particular. El sonido suave del jazz mexicano flotaba en el fondo, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad. Mientras comían, sus rodillas se rozaban bajo la mesa, un contacto eléctrico que hacía que el pulso de Daniela se acelerara.

Pasion y poder capitulo 76, pensó ella, recordando el diario que llevaba en secreto. Aquí empieza el verdadero juego.

—No creí que aceptarías mi invitación —murmuró Arturo, sirviéndole más vino tinto de Valle de Guadalupe—. Pensé que seguirías odiándome por ese contrato que te quité.

—Odio es una palabra fuerte, carnal —respondió Daniela, lamiendo una gota de salsa de sus labios—. Es más bien... deseo de revancha.

Sus miradas se cruzaron, cargadas de promesas. El aire se sentía espeso, perfumado con el limón del ceviche y el calor de sus cuerpos acercándose.

La cena se alargó en coqueteos sutiles: un roce de dedos al pasar el pan, una risa compartida que vibraba en el pecho. Daniela sentía el calor subirle por el cuello, sus pezones endureciéndose bajo la tela del vestido. Neta, este pendejo me tiene loca, se dijo, mientras Arturo se ponía de pie y extendía la mano.

—Ven, bailemos —invitó él, jalándola hacia el centro de la sala.

El ritmo del jazz se volvió más intenso, sus cuerpos pegándose en un vaivén hipnótico. Ella sentía la dureza de su erección presionando contra su vientre, el latido de su corazón retumbando en su oído. Sus manos grandes recorrían su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con firmeza. Daniela jadeó, el olor a su sudor mezclado con la colonia la mareaba de placer.

—Te quiero desde la primera vez que te vi en esa junta —confesó Arturo contra su cuello, mordisqueando la piel sensible—. Tu fuerza, tu fuego... me vuelves loco.

—Pues demuéstramelo —lo retó ella, clavando las uñas en su camisa—. Muéstrame tu poder, Arturo. Hazme tuya.

La llevó en brazos hasta el sofá de cuero negro, depositándola con cuidado pero con urgencia. El beso que siguió fue voraz: lenguas entrelazadas, sabores a tequila y menta chocando en una danza húmeda. Daniela gimió cuando él deslizó el vestido por sus hombros, exponiendo sus senos llenos, los pezones rosados pidiendo atención. Arturo los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando chispas de placer directo a su entrepierna.

¡Órale, qué rico! pensó ella, arqueando la espalda. Sus manos bajaron al cinturón de él, desabrochándolo con dedos temblorosos. La verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tocó, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada, el olor almizclado de su excitación llenándole las fosas nasales.

Arturo gruñó, bajando el vestido del todo y quitándole las bragas de encaje con un tirón juguetón. Sus dedos exploraron su panocha húmeda, resbaladiza de jugos, frotando el clítoris hinchado en círculos perfectos. Daniela se retorcía, el sonido de sus gemidos mezclándose con el jazz y el tráfico lejano.

—Estás chorreando por mí, mi amor —dijo él, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas—. Tan apretada, tan lista.

—Sí, pendejo, fóllame ya —suplicó ella, empujando las caderas contra su mano.

Pero Arturo, siempre el que mandaba, se arrodilló entre sus piernas. Su lengua caliente lamió desde el ano hasta el clítoris, saboreando cada gota salada. Daniela gritó, agarrando su cabello oscuro, el placer subiendo como una ola imparable. Él chupaba con hambre, introduciendo la lengua en su entrada, mientras sus dedos masajeaban sus labios mayores. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, deseo crudo.

La tensión crecía en espiral. Daniela sentía su poder derritiéndose bajo las caricias expertas de él, pero en su entrega encontraba una fuerza nueva, empoderadora. Esto es pasion y poder, reflexionó en medio del éxtasis, capitulo 76 de nuestra historia.

Finalmente, Arturo se incorporó, posicionando la punta de su verga en su entrada. La miró a los ojos, pidiendo permiso con una ceja arqueada.

—Sí, métela toda —gimió ella, envolviendo las piernas alrededor de su cintura.

Empujó despacio al principio, llenándola centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que sus paredes internas se contrajeran. ¡Qué chingón se siente! El roce de su pubis contra el clítoris, el peso de su cuerpo, todo era perfecto. Aceleraron el ritmo: embestidas profundas, piel chocando contra piel con palmadas húmedas, jadeos sincronizados.

—Eres mía, Daniela —gruñó él, mordiendo su hombro mientras la penetraba con fuerza.

—Somos de los dos —corrigió ella, clavando las uñas en su espalda, arañando con pasión—. ¡Más duro, cabrón!

El clímax la golpeó primero: un estallido de placer que la hizo convulsionar, chorros calientes mojando sus muslos unidos. Gritó su nombre, el mundo reduciéndose a pulsos y temblores. Arturo la siguió segundos después, hinchándose dentro de ella antes de derramarse en chorros espesos, su semen caliente inundándola mientras rugía de puro gozo.

Se derrumbaron juntos, sudorosos y jadeantes, el pecho de él subiendo y bajando contra sus senos. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con el cuero del sofá y el vino derramado. Arturo la besó suave, trazando círculos en su vientre con los dedos.

—Eso fue... inolvidable —murmuró él, besando su frente.

Daniela sonrió, sintiendo una paz profunda, el poder restaurado en su vulnerabilidad compartida. En este capitulo, ganamos los dos, pensó, acurrucándose contra su calor.

La noche se extendió en caricias perezosas, promesas susurradas bajo las luces de la ciudad. Polanco dormía ajeno a su unión, pero para ellos, el mundo acababa de reescribirse en pasión y poder.

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