Libros Sobre La Pasion De Cristo Que Encienden Mi Deseo
Entré a esa librería antigua en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, con el bullicio de la calle Garibaldi zumbando afuera como un coro de mariachis lejanos. El aire estaba cargado del olor a papel viejo y madera pulida, mezclado con un toque de incienso que me hacía pensar en procesiones de Semana Santa. Estaba buscando libros sobre la pasión de Cristo, no por devoción religiosa, sino porque un pinche ensayo para la uni me tenía hasta la madre. Quería algo que me inspirara, que me diera ese chispazo de drama humano para mi redacción.
El lugar era un laberinto de estanterías altas hasta el techo, con polvo danzando en los rayos de sol que se colaban por las vitrinas empañadas. Mis tacones chasqueaban contra el piso de loseta roja, y cada paso hacía crujir las tablas flojas. De pronto, lo vi: un güey alto, moreno, con camisa de lino blanca arremangada hasta los codos, revelando antebrazos fuertes y venosos. Estaba acomodando tomos en un rincón, su pelo negro revuelto como si acabara de salir de una siesta caliente.
¿Qué pedo con este carnal? Se ve como un Cristo moderno, con esa mirada intensa y esa sonrisa pícara que me eriza la piel, pensé mientras me acercaba. —Oye, ¿tienes libros sobre la pasión de Cristo? Algo bien detallado, con las descripciones crudas de los evangelios —le pregunté, mi voz saliendo más ronca de lo que esperaba.
Él se giró, sus ojos cafés profundos clavándose en los míos como si ya supiera mi secreto. —Claro que sí, morra. Tengo unos chidos aquí atrás, ediciones raras con ilustraciones que te dejan pensando. Sígueme —dijo con ese acento chilango puro, arrastrando las eses como miel caliente. Me guió por un pasillo estrecho, su cuerpo rozando el mío accidentalmente, enviando una corriente eléctrica por mi espina dorsal. Olía a jabón fresco y a algo más, como tierra mojada después de la lluvia.
En la trastienda, sacó un par de volúmenes encuadernados en cuero agrietado.
—Mira este, La Pasión según San Juan, con grabados que muestran el sufrimiento en cada vena, cada gota de sudor. Te hace sentir el látigo en la piel, ¿no?Su voz era grave, vibrando en mi pecho. Tomé el libro, mis dedos temblando al rozar los suyos. La piel de sus nudillos era áspera, cálida, como si hubiera estado tallando madera toda la mañana.
Nos sentamos en un sillón viejo de terciopelo desgastado, hojeando las páginas amarillentas. El sol se filtraba, iluminando las imágenes: Cristo flagelado, coronado de espinas, su cuerpo tenso de agonía. —Es como una pasión prohibida, ¿verdad? Ese dolor que se mezcla con éxtasis —murmuré, mi aliento acelerándose. Él se acercó más, su muslo presionando contra el mío. Chingado, este calor entre mis piernas no miente. ¿Qué me pasa con este desconocido?
—Sí, la pasión siempre duele un poquito antes de explotar —respondió, su mano posándose en mi rodilla como si fuera lo más natural. No la quité. En cambio, sentí mi piel ardiendo bajo su palma, el pulso latiendo fuerte en mi cuello. Hablamos de los textos, de cómo los evangelios describen el cuerpo traicionado, el sudor salado, las miradas de traición. Pero entre líneas, nuestras palabras se cargaban de doble sentido. Su risa era profunda, retumbando en el espacio cerrado, y cada vez que se inclinaba, inhalaba su aroma: sándalo y hombre.
La tensión crecía como una tormenta en el DF, espesa y eléctrica. Quiero que me toque más, que me haga sentir esa pasión en carne propia. Dejé el libro a un lado y lo miré directo. —Estos libros sobre la pasión de Cristo me ponen... pensativa. Me imagino el roce de la cruz en la espalda, el peso aplastante. —Mi mano subió por su brazo, sintiendo los músculos duros bajo la tela fina.
Él no se hizo del rogar.
—Yo también los leo y siento el fuego, carnalita. Déjame mostrarte cómo se siente de verdad, susurró, su boca a centímetros de la mía. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, hambriento. Sabía a café negro y a menta, su lengua explorando la mía con urgencia controlada. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando mi falda de algodón, y gemí contra su boca cuando sus dedos rozaron el encaje de mi ropa interior.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por instinto. Caminamos tropezando hacia una puerta al fondo, que daba a un cuartito con una cama improvisada cubierta de cojines. El aire olía a velas apagadas y a deseo crudo. Me recostó con cuidado, su peso sobre mí delicioso, aplastante. —Estás cañona, güey —jadeó, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel. Mordí su oreja, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de los jeans.
Le arranqué la camisa, mis uñas dejando surcos rojos en su pecho moreno, pectorales firmes que olían a sudor fresco. Él desabrochó mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco, pezones endureciéndose al instante. Su boca aquí, chingado, sí. Chupó uno, tirando con los dientes, enviando ondas de placer directo a mi clítoris palpitante. Gemí alto, mis caderas arqueándose contra él. —Más, cabrón, dame más pasión —supliqué, mi voz ronca.
Sus manos bajaron, quitándome la falda y las calzones de un jalón. El aire rozó mi concha húmeda, chorreando ya de anticipación. Él se arrodilló entre mis piernas, inhalando profundo.
—Hueles a pecado puro, mija. Como miel y fuego. Su lengua lamió mi raja despacio, saboreando cada pliegue, chupando mi clítoris con maestría. El sonido era obsceno: lamidas húmedas, mis jugos goteando, mis jadeos llenando el cuarto. Mis dedos se enredaron en su pelo, tirando fuerte mientras mi cuerpo se convulsionaba en el primer orgasmo, olas de placer rompiéndome como marejada en Acapulco.
No paró. Se quitó los jeans, su verga saltando libre: gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. Qué chulada, me va a partir en dos. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, imitando quizás esas imágenes de la cruz. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas, y escupió en mi entrada antes de empujar lento. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. —Ay, güey, qué rico —gemí, empujando contra él.
Empezó a bombear, primero suave, luego feroz, su pelvis chocando contra mis pompis con palmadas resonantes. El sudor nos unía, resbaloso, salado en mi lengua cuando lamí su brazo. Olía a sexo puro, a machos en celo. Esto es la pasión verdadera, no esos libros. Sus manos en mis caderas, tirando de mi pelo, me hacía sentir poseída, empoderada en mi entrega. —Córrete conmigo, pendejo sexy —le ordené, y él gruñó, acelerando hasta que explotamos juntos. Su leche caliente llenándome, mis paredes contrayéndose, milking every drop.
Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes mezclándose con el tráfico lejano. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, besos suaves en mi sien. —Esos libros sobre la pasión de Cristo siempre despiertan algo en mí. Pero contigo, fue real —murmuró. Sonreí, mi cuerpo zumbando de satisfacción, el afterglow envolviéndonos como niebla matutina.
Mientras nos vestíamos, intercambiando números con promesas de más "lecturas", sentí un cierre dulce. No era solo un polvo; era una conexión carnal, inspirada en lo sagrado pero vivida en lo profano. Salí a la calle, el sol calentándome la piel marcada por sus besos, lista para enfrentar mi ensayo con una pasión renovada. Y quién sabe, tal vez regrese por más volúmenes... y más de él.