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Pasión Ardiente Donde Se Grabó La Telenovela Pasión De Gavilanes

6872 palabras

Pasión Ardiente Donde Se Grabó La Telenovela Pasión De Gavilanes

El sol de mediodía en Ráquira me quemaba la piel como un beso prohibido, mientras Javier y yo arrastrábamos nuestras maletas por el empedrado irregular de la plaza principal. Habíamos volado desde la Ciudad de México solo por esto: donde se grabó la telenovela Pasión de Gavilanes, ese rincón colombiano que nos había hecho soñar con amores intensos y cuerpos entrelazados frente al televisor. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho años con curvas que volvían locos a los weyes, y él, Javier, mi carnal de toda la vida convertido en amante hace seis meses, alto, moreno, con esa mirada que me ponía los pelos de punta.

—Órale, mami, mira esas casitas de barro rojo, igualesitas a las de la novela —dijo Javier, apretándome la cintura con su mano grande y callosa, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco del viaje—. ¿Te imaginas a los Henao y los Reyes aquí, echando chingaderas de pasión?

Sentí un cosquilleo subir por mi espina, su aliento caliente en mi oreja. El aire estaba cargado de olor a tierra húmeda, flores silvestres y el humo lejano de alguna leña quemándose. Mi corazón latía fuerte, no solo por la altitud, sino por la idea de revivir esa pasión en vivo. Habíamos planeado esto como un viaje romántico, pero desde el avión, sus dedos rozándome el muslo bajo la falda, supe que iba a ser mucho más.

Nos instalamos en una finca rentada al borde del pueblo, un lugar que el dueño juraba era exactamente donde se grabó la telenovela Pasión de Gavilanes. Era una casa de adobe con patio amplio, hamacas colgando y un balcón con vista a las colinas verdes. Al entrar, el frescor del interior nos golpeó, contrastando con el bochorno afuera. Javier dejó las maletas y me jaló hacia él, sus labios rozando los míos en un beso suave, exploratorio.

—Estás cañona con ese vestido, Ana. Me tienes bien puesto —murmuró, su voz ronca como grava.

Yo reí bajito, empujándolo juguetona.

No tan rápido, pendejo. Primero quiero ver el lugar, sentirlo
, pensé, aunque mi cuerpo ya traicionaba, pezones endureciéndose bajo la tela ligera.

Salimos a explorar. Caminamos por senderos polvorientos, pasando por talleres de artesanías donde mujeres vendían cerámicas brillantes. El sonido de gallinas picoteando y risas lejanas llenaba el aire. En una placita, encontramos un cartel viejo: "Ráquira, escenario de Pasión de Gavilanes". Javier sacó su celular y googled rápido.

—¿Sabes dónde se grabó la telenovela Pasión de Gavilanes con más chido? Justo aquí, en estas calles —leí en voz alta de su pantalla, mi voz temblando de emoción.

Nos sentamos en una banca de piedra, el calor del asiento traspasando mi falda. Su mano subió por mi pierna, dedos trazando círculos lentos en mi piel suave. Olía a su excitación, ese aroma masculino que me volvía loca. Lo miré a los ojos, oscuros y hambrientos.

—Javier, carnal... esto es como la novela, pero real. Siento que nos van a pillar como a los Reyes —susurré, mordiéndome el labio.

Él sonrió pícaro, inclinándose para besarme el cuello, lengua caliente lamiendo el sudor salado. Su toque es fuego puro, pensé, mientras un jadeo se me escapaba. Pero me aparté, riendo. La tensión crecía, deliciosa, como un elástico estirándose.

Regresamos a la finca al atardecer. El cielo se tiñó de naranjas y rosas, pintando las colinas. En el patio, pusimos música ranchera en el parlante, un corrido suave que nos mecía. Compartimos una cerveza fría, el líquido bajando fresco por mi garganta, burbujeando. Javier me ceñía por detrás, su pecho duro contra mi espalda, erección presionando mis nalgas.

—No aguanto más, mamacita. Desde el avión te quiero comer —gruñó en mi oído, manos subiendo a mis senos, amasándolos con firmeza.

Sentí mis pezones como piedras bajo sus palmas ásperas. El olor a jazmín del jardín se mezclaba con mi humedad creciente, ese almizcle dulce entre mis piernas. Me giré, besándolo feroz, lenguas enredándose, sabor a cerveza y deseo. Lo empujé hacia la hamaca, él cayendo con un ¡ay wey! juguetón.

Me subí encima, falda arremangada, frotándome contra su bulto duro. Sus manos bajaron mis tirantes, exponiendo mis tetas al aire fresco. Chupó un pezón, succionando fuerte, dientes rozando lo justo para que gritara bajito.

¡Qué rico, pendejo! No pares
, rugí en mi mente, arqueándome.

La noche caía, grillos cantando su sinfonía, viento susurrando en las hojas. Nos quitamos la ropa con urgencia, piel contra piel, sudor pegajoso uniéndonos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que lamí con gusto salado. Él gimió, dedos enredados en mi pelo.

—Chúpamela, Ana, como la puta diosa que eres —pidió, voz quebrada.

Lo hice, boca caliente envolviéndolo, lengua girando en la cabeza sensible. Saboreaba su esencia, pulsos acelerados en mi clítoris hinchado. Pero él me levantó, volteándome contra la pared de adobe áspera en mi espalda. Me penetró de un golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso.

¡¡Ay, cabrón! —grité, uñas clavándose en sus hombros.

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mi punto G, jugos chorreando por mis muslos. El slap-slap de carne contra carne se mezclaba con nuestros jadeos, olor a sexo invadiendo el patio. Aceleró, mis tetas rebotando, su sudor goteando en mi pecho.

Me volteó, piernas en sus hombros, penetrándome profundo. Veía su cara de placer, músculos tensos, venas hinchadas en el cuello. Es mío, todo mío, pensé, apretándolo con mi coño empapado. El orgasmo me golpeó como ola, cuerpo convulsionando, gritando su nombre al cielo estrellado. Él siguió, gruñendo, hasta explotar dentro, semen caliente inundándome, pulsos interminables.

Colapsamos en la hamaca, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose. El aire nocturno nos enfriaba el sudor, su mano acariciando mi pelo húmedo. Besos suaves, post-sexo, saboreando el afterglow.

—Esto fue mejor que la telenovela, ¿verdad? Donde se grabó Pasión de Gavilanes ahora es nuestro templo —murmuró Javier, besándome la frente.

Yo asentí, acurrucándome en su pecho, oyendo su corazón latir fuerte aún.

Regresaremos, carnal. Aquí nació nuestra pasión real
. La luna iluminaba las colinas, testigo de nuestro amor salvaje, prometiendo más noches así.

Al día siguiente, paseamos por los set reales, riendo de recuerdos, manos unidas. Pero en mi interior, el fuego ardía eterno, encendido en ese rincón mágico de Colombia. Javier y yo, más unidos que nunca, listos para la siguiente aventura. Porque la pasión no se graba en novela; se vive en la piel.

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