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Pasiones de la Carne Desatadas

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Pasiones de la Carne Desatadas

La noche en la casa de mi tía Lupe estaba en su apogeo. El aire de la colonia Roma en la Ciudad de México olía a carnitas chisporroteando en la parrilla, mezclado con el dulzor de las flores de cempasúchil que adornaban el patio. Música de banda retumbaba desde los altavoces, haciendo vibrar el suelo de losas rojas bajo mis sandalias. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que marcaba mis curvas, me serví otro tequilita reposado, sintiendo el calor subir por mi pecho. Hacía meses que no salía así, desde que terminé con ese pendejo de mi ex. Pero esta fiesta familiar era lo que necesitaba para soltar el estrés del trabajo en la agencia de publicidad.

Entonces lo vi. Marco, el amigo de mi primo Chuy, recargado en la pared del fondo, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que me recordaba a los galanes de las telenovelas. Alto, moreno, con camisa blanca arremangada dejando ver unos antebrazos fuertes de tanto gym. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila ya me hubiera pegado fuerte. Órale, ¿por qué carajos me mira así? pensé, mientras me acercaba fingiendo casualidad.

—¡Ey, Ana! ¿Qué onda, güey? —me dijo con esa voz grave que erizaba la piel.

—¡Marco! No mames, ¿tú aquí? Pensé que andabas en Guadalajara —respondí, riendo, y le di un codazo juguetón. Su olor a colonia masculina con un toque de sudor fresco me invadió, y juro que mis pezones se endurecieron bajo el vestido.

Charlamos de pendejadas: el tráfico infernal de la CDMX, lo chido del pozolito que acababa de comer, y cómo el calor de la noche nos tenía sudando. Pero entre risas, sus ojos bajaban a mi escote, y yo no podía evitar lamer mis labios al ver cómo su camisa se pegaba a su pecho musculoso. La tensión crecía como el volumen de la banda, un pulso latiendo en mis venas.

¿Y si lo invito a bailar? No, Ana, compórtate. Pero su mirada dice que quiere más. Estas pasiones de la carne no se controlan tan fácil.

El deseo inicial era como una chispa: inocente, pero lista para incendiar todo.

La fiesta avanzaba y el tequila fluía. Terminamos en un rincón del jardín, sentados en una banca de madera bajo las luces de colores. El sonido de las risas y los mariachis se mezclaba con el zumbido de los grillos. Marco me tomó la mano, trazando círculos con su pulgar en mi palma. Mi piel ardía al toque.

—Sabes, Ana, siempre me has parecido cañona. Ese vestido... te queda como anillo al dedo — murmuró, acercando su rostro al mío. Su aliento cálido olía a tequila y menta, y yo sentí mi concha humedecerse solo con su cercanía.

—Pendejo, no digas eso o me pongo nerviosa —le contesté, pero mi voz salió ronca, traicionándome. Lo miré a los ojos, oscuros y llenos de promesas. Quiere cogerme aquí mismo, pensé, y el calor entre mis piernas se volvió insoportable.

Nos besamos entonces, lento al principio. Sus labios carnosos presionaron los míos, su lengua explorando con hambre contenida. Saboreé la sal de su piel, el dulzor del licor. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el zipper del vestido con maestría. El aire fresco de la noche besó mi piel desnuda cuando el vestido cayó a mis pies, dejando solo mi tanga roja y el brasier push-up. Marco gruñó de aprobación, sus dedos rozando mis pechos, pellizcando los pezones hasta hacerme jadear.

—Qué chichotas tan ricas, nena —dijo, bajando la boca a uno, chupando con fuerza. El sonido húmedo de su succión se mezcló con mi gemido ahogado. Sentí su verga dura presionando contra mi muslo a través de sus jeans. Estaba enorme, palpitante. Mi mano bajó instintivamente, apretándola, sintiendo el calor irradiar.

Pero no era solo físico. En mi mente bullían dudas:

¿Y si alguien nos ve? ¿Y si es solo un polvo de una noche? Pero joder, lo necesito. Estas pasiones de la carne me están volviendo loca
. Él lo notó, se detuvo y me miró.

—¿Estás bien, Ana? Dime si quieres parar —preguntó, serio, su mano acariciando mi mejilla.

—No pares, cabrón. Te quiero dentro de mí —le rogué, tirando de su camisa. Nos desnudamos mutuamente con urgencia, pero sin prisa. Su cuerpo era un sueño: abdomen marcado, verga gruesa y venosa erguida orgullosa. La mía, suave y curvilínea, con pechos llenos y culo redondo que él amasó con ganas.

Escalamos el fuego. Me recostó en la banca, su boca bajando por mi vientre, lamiendo el sudor salado. Cuando llegó a mi tanga, la apartó y hundió la lengua en mi panocha empapada. ¡Qué rico! El placer era eléctrico: su lengua girando en mi clítoris hinchado, chupando mis jugos que sabían a miel salada. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en su cabello negro. El olor almizclado de mi arousal llenaba el aire, mezclado con jazmines del jardín.

—Estás deliciosa, pinche diosa —gruñó, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Mi primer orgasmo llegó como ola: temblores en las piernas, pulso acelerado, un grito que ahogué mordiendo mi labio. Pero quería más. Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada resbaladiza.

—Cógeteme ya, Marco. Desata estas pasiones de la carne —le supliqué.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, el grosor llenándome por completo. Empezó a bombear, lento primero, luego más rápido. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando con cada embestida. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Él me besaba el cuello, mordiendo suave, mientras yo arañaba su espalda, dejando marcas rojas.

La intensidad crecía. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas, guiándome. Veía su rostro extasiado, ojos entrecerrados, boca abierta jadeando. Es mío esta noche. Roté las caderas, sintiendo su verga golpear profundo, mi clítoris frotando contra su pubis. El segundo clímax me destrozó: contracciones milking su polla, jugos chorreando por sus bolas.

—¡Me vengo, Ana! —rugió él, y sentí su leche caliente inundarme, pulso tras pulso. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, corazones latiendo al unísono.

El afterglow fue puro éxtasis. Yacimos allí, envueltos en una manta que encontró, el jardín ahora silencioso salvo por el eco lejano de la fiesta. Su mano trazaba patrones en mi vientre, mi cabeza en su pecho escuchando su corazón calmarse. Olía a sexo, a nosotros: sudor, semen y esencia femenina.

Esto fue más que un revolcón. Marco despertó algo en mí, un fuego que no se apaga fácil. Pasiones de la carne que ahora arden eternas.

—¿Repetimos, nena? —preguntó con picardía, besando mi frente.

—Órale, pendejo. Pero la próxima en mi depa, sin interrupciones —le contesté, riendo suave.

Nos vestimos entre besos robados, regresando a la fiesta como si nada. Pero dentro de mí, el impacto perduraba: una promesa de más noches así, de explorar sin límites. La vida en la CDMX acababa de volverse mucho más chida.

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