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Los Babys Mi Loca Pasion

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Los Babys Mi Loca Pasion

El aire de la Arena Ciudad de México estaba cargado de ese olor a sudor mezclado con perfume barato y emoción pura, como solo pasa en un concierto de Los Babys. Yo, con mis treinta y tantos, me había puesto el vestido rojo que me hacía sentir como una diosa callejera, ajustado a mis curvas que el tiempo había moldeado con gracia. No era una chavita, pero la música de esos güeyes me prendía el alma desde la prepa. Esa noche, mientras cantaba a todo pulmón "Consecuencia de mi amor", sentí un cosquilleo en la piel, como si el destino me guiñara el ojo.

Después del encore, me quedé rezagada cerca del escenario, aplaudiendo como loca. Ahí los vi bajar: Marco, el vocalista con esa sonrisa pícara que te derrite, y Luis, el otro, con ojos que prometían travesuras. Adultos como yo, con esa vibra de rockeros maduros que saben lo que quieren. Nuestras miradas se cruzaron, y Marco me lanzó un "¡Órale, nena, qué chida voz!" mientras firmaba un póster. Me acerqué, el corazón latiéndome en la garganta, y solté: "Los Babys, mi loca pasión desde siempre, carnales". Luis rio, su mano rozando la mía al darme el autógrafo, un toque eléctrico que me erizó la piel.

¿Esto es real? ¿O nomás estoy alucinando por la adrenalina?

Minutos después, me invitaron al backstage. "Ven, platiquemos", dijo Marco, guiñándome. El pasillo olía a cerveza y cigarros, luces tenues que jugaban con las sombras de sus cuerpos atléticos. Nos sentamos en un sofá viejo, charlando de la banda, de la vida, de pasiones locas. Luis me ofreció un trago de tequila, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome por dentro. Sus rodillas rozaban las mías, y yo no me apartaba. Hablamos de todo: de cómo sus canciones me habían hecho compañía en noches solitarias, de cómo su música era mi escape. La tensión crecía, lenta, como el bajo de "Quítate la máscara".

Marco se inclinó, su aliento cálido en mi oreja: "¿Sabes? Tú eres la fan más guapa que hemos visto en años". Su mano subió por mi muslo, suave, preguntando permiso con la mirada. Yo asentí, el pulso acelerado, mi piel ardiendo bajo el vestido. Luis observaba, sonriendo, y se unió, besando mi cuello. Olía a colonia masculina y deseo crudo. "¿Quieres que paremos?", murmuró Marco. "Ni madres", respondí, jalándolos más cerca. Sus labios en los míos, primero Marco, dulce y exigente, luego Luis, más salvaje, lenguas danzando con sabor a tequila y promesas.

El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de sus barbas en mi piel sensible, el calor de sus cuerpos presionando contra el mío. Me levantaron como si no pesara nada, llevándome a una habitación privada del venue. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Me despojaron del vestido, sus manos expertas explorando cada curva. Marco lamió mi clavícula, bajando hasta mis pechos, succionando pezones que se endurecieron al instante, enviando chispas directo a mi entrepierna. "Estás mojada ya, ¿verdad, preciosa?", susurró Luis, sus dedos deslizándose por mi tanga, confirmando con un gemido mío.

Esto es mi loca pasión hecha carne, Los Babys tocándome como en mis sueños más calientes.

Caí de rodillas, ansiosa, desabrochando sus jeans. Sus vergas saltaron libres, gruesas y palpitantes, oliendo a hombre puro. Tomé la de Marco primero, lamiendo la punta salada, saboreando el precum que brotaba. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo. Luis se unió, frotando su miembro contra mi mejilla. Las chupé alternadamente, el sabor almizclado llenándome la boca, sus jadeos roncos como música prohibida. "¡Qué chingona boca, nena!", exclamó Luis, empujando suave. Mi concha latía, vacía, rogando atención.

Me tumbaron en la cama improvisada, un colchón mullido en el piso. Marco se hundió entre mis piernas, su lengua mágica lamiendo mi clítoris hinchado, chupando jugos que fluían como río. Gemí alto, arqueándome, mientras Luis me besaba, tragándose mis gritos. El placer subía en olas, mi cuerpo temblando. "No pares, pendejos, ¡méjanme!", supliqué juguetona. Cambiaron: Luis me penetró primero, su verga abriéndose paso en mi calor húmedo, llenándome hasta el fondo. Cada embestida era un trueno, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. Marco se arrodilló sobre mi cara, y lo mamé mientras Luis me taladraba, el ritmo sincronizado como sus coros.

La intensidad creció, mis uñas clavándose en sus espaldas musculosas, olores mezclados de sexo y pasión. Voltearon, poniéndome a cuatro patas. Marco entró por detrás, más profundo, golpeando mi punto G con precisión. Luis debajo, frotando mi clítoris. Sentía sus pulsos acelerados contra mí, alientos entrecortados en mi oído. "¡Te vamos a hacer venir como nunca!", prometió Marco. La tensión se acumulaba, coiling en mi vientre, hasta explotar en un orgasmo que me dejó gritando, contrayéndome alrededor de él, jugos empapando las sábanas.

No pararon. Cambiaron posiciones, yo cabalgando a Luis, sus manos amasando mis nalgas, mientras Marco me penetraba el culo con cuidado, lubricado y consensuado, doble llenado que me volvió loca. El estiramiento ardiente se convirtió en éxtasis puro, sus vergas rozándose dentro de mí separadas por una delgada pared. Gemidos triples llenaban la habitación, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Vinieron conmigo otra vez, chorros calientes inundándome, marcándome como suya.

Colapsamos exhaustos, enredados en un montón de miembros y suspiros. El aire olía a sexo consumado, pieles pegajosas enfriándose. Marco me besó la frente: "Fuiste increíble, nuestra musa". Luis acarició mi pelo: "Vuelve cuando quieras, carnala". Me quedé ahí, en afterglow, el cuerpo zumbando de placer residual, el corazón lleno.

Los Babys, mi loca pasión, no era solo música. Era esto: fuego vivo, deseo compartido, una noche que grabé en el alma.

Salí al amanecer, piernas flojas, sonrisa eterna. La ciudad despertaba con cláxones y vendedores de elotes, pero yo llevaba mi secreto ardiente. Desde entonces, cada canción suya me hace revivir el tacto, los sabores, los gemidos. Mi vida cambió, más empoderada, sabiendo que la pasión loca no tiene edad, solo entrega total.

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