Pasion Capitulo 5 El Fuego que Quema
La noche en Polanco se sentía como un susurro caliente contra mi piel. Yo, Ana, estaba sentada en la terraza del rooftop bar, con el skyline de la Ciudad de México brillando como diamantes falsos bajo las luces neón. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los tacos al pastor de la calle de abajo. Mi corazón latía neta fuerte, porque sabía que él venía. Javier, mi carnal, el wey que me ponía la piel chinita con solo una mirada.
Habían pasado semanas desde nuestro último encuentro, ese que me dejó temblando y pidiendo más. Pasion Capitulo 5, me dije en la mente, como si estuviera escribiendo mi propia novela erótica. Cada capítulo con él era más intenso, más adictivo. Pedí un mezcal con sal y limón, el líquido ahumado bajando por mi garganta como una caricia ardiente. Mis dedos jugaban con el borde del vestido rojo ceñido, corto lo justo para que el viento fresco me rozara los muslos.
¿Y si esta noche todo cambia? ¿Y si por fin nos dejamos llevar sin frenos?
Lo vi llegar antes de que me viera. Alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Sus ojos cafés me encontraron de inmediato, y esa sonrisa pícara, de pendejo encantador, me derritió. Caminó hacia mí con paso seguro, oliendo a colonia fresca y a hombre que sabe lo que quiere.
—Mamacita, qué chula te ves —murmuró al inclinarse para besarme la mejilla, su aliento cálido contra mi oreja.
Me levanté y lo abracé, sintiendo su cuerpo duro presionado contra el mío. Sus manos en mi cintura, firmes pero tiernas, enviaron chispas por mi espina. —Te extrañé, carnal —le susurré, mordiéndome el labio.
Nos sentamos, pedimos más tragos. Hablamos de todo y nada: el pinche tráfico de Reforma, la banda que sonaba en el fondo con mariachi eléctrico, cómo el calor de la noche nos hacía sudar. Pero bajo las palabras, la tensión crecía. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, y cada vez que reía, su mano subía un poquito más por mi muslo. Yo sentía mi chichi endurecerse, el calor húmedo entre mis piernas traicionándome.
—Vamos a mi hotel —dijo de pronto, su voz ronca, ojos clavados en los míos—. No aguanto más verte así de rica.
Asentí, el pulso acelerado. Bajamos en el elevador, solos por fin. Apenas se cerraron las puertas, me empujó contra la pared, sus labios devorando los míos. Sabía a mezcal y deseo puro. Su lengua exploró mi boca con hambre, mientras sus manos amasaban mis nalgas. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda. El ding del elevador nos separó, pero el fuego ya ardía.
La suite era un sueño: cama king size con sábanas de seda negra, luces tenues, el aroma a vainilla de las velas. Cerró la puerta y me miró como si fuera su presa favorita.
—Quítate el vestido, Ana. Quiero verte toda.
Deslicé la tela por mi cuerpo despacio, quedando en encaje negro que apenas cubría mis curvas. Sus ojos se oscurecieron, respirando pesado. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados y esa V que bajaba a su pantalón. Me acerqué, lamiendo su pecho salado, bajando hasta su ombligo. Él gruñó, jalándome el pelo suave.
—Órale, qué sabrosa eres —dijo, cargándome hasta la cama.
Caímos juntos, riendo y besándonos. Sus manos expertas desabrocharon mi sostén, liberando mis senos. Chupó un pezón con devoción, la succión enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Arqueé la espalda, gimiendo su nombre. Bajó más, besando mi vientre, lamiendo el sudor de mi piel. Cuando llegó a mis bragas, las arrancó con los dientes, el sonido rasposo excitándome más.
Separó mis piernas, inhalando profundo. —Hueles a miel caliente, mi reina. —Su lengua tocó mi sexo, plana y lenta al principio, saboreándome. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas. Lamía mi clítoris en círculos, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G. El placer subía como una ola, mis paredes contrayéndose alrededor de él. —¡Javier, no pares! —supliqué, jalando las sábanas.
Pero él se detuvo, subiendo para besarme. —Aún no, quiero sentirte conmigo.
Se quitó el pantalón, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso en mi palma. Él jadeaba, ojos cerrados. Me puse encima, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. —Entra en mí, wey. Te necesito ya.
Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Ambos gemimos al unísono. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo, mis senos rebotando. Él agarraba mis caderas, embistiéndome desde abajo, profundo y fuerte. El slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.
Cambié de posición, él encima ahora, mis piernas en sus hombros. Me penetraba brutal pero tierno, besando mi cuello, mordiendo mi oreja. —Eres mía, Ana. Toda mía —gruñía.
—Sí, cabrón, hazme tuya —respondí, clavando uñas en su culo.
El orgasmo me golpeó primero, un estallido blanco detrás de los ojos. Grité, contrayéndome alrededor de su verga, chorros de placer mojándonos. Él siguió, unos embistes más, y se corrió dentro, caliente y abundante, rugiendo mi nombre. Colapsamos, entrelazados, respiraciones entrecortadas.
Minutos después, yacíamos en la cama revuelta, su cabeza en mi pecho. Acariciaba su pelo húmedo, sintiendo su corazón latir contra mi piel. El aire olía a sexo y a nosotros, satisfecho y pegajoso.
Este Pasion Capitulo 5 fue el mejor. Pero sé que viene el seis, más ardiente aún.
—Te amo, chula —murmuró Javier, besando mi hombro.
—Yo más, mi vida. Esto es solo el principio.
Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, con la ciudad zumbando afuera. La pasión no se apagaba; solo esperaba la próxima chispa.