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Peliculas Como Diario de una Pasion en la Carne

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Peliculas Como Diario de una Pasion en la Carne

Me senté en esa sala de cine en Polanco, con el aire acondicionado pegándome en la piel como un susurro fresco, oliendo a palomitas calientes y ese toque dulzón de perfume barato de la morra de al lado. La pantalla se iluminó con Diario de una Pasión, esa película que me tenía loca desde la primera vez que la vi. Noah y Allie, sudando pasión bajo la lluvia, besándose como si el mundo se acabara. Neta, cada vez que la veo, siento un calorcito entre las piernas que no se apaga fácil.

Estaba sola esa noche, con mi chamarra de mezclilla sobre los hombros y un refresco en la mano, cuando lo vi. El chavo de al lado, moreno, con ojos cafés que brillaban con la luz de la pantalla, y una playera ajustada que marcaba sus pectorales. Se recargó en el asiento, rozando mi brazo sin querer, o eso creí. Su olor, a colonia masculina mezclada con sudor fresco, me llegó directo al cerebro.

¿Y si pasa algo como en esas películas como Diario de una Pasión?, pensé. ¿Y si este pendejo es mi Noah mexicano?

La película avanzaba, la lluvia en la pantalla sonaba como tambores en mi pecho. Él se inclinó un poco. "¿Te late esta rola?", murmuró, con voz grave, como si fuéramos carnales de toda la vida. Me volteé, sonriendo. "Neta, es de mis favoritas. Me hace soñar con amores intensos, ¿sabes?". Se llamaba Diego, 28 años, arquitecto de la Condesa. Charlamos en susurros durante la proyección, riéndonos de las escenas cursis, pero sus ojos me devoraban. Al final, cuando los créditos rodaron, me ofreció llevarme. "Órale, vamos por un café, que la noche está chida". El corazón me latía fuerte, como el trueno de la peli.

Salimos al bulevar, el viento nocturno de la ciudad trayendo aromas de tacos al pastor y jazmines de los puestos. Caminamos hasta su coche, un Tsuru viejo pero limpio, y subí sin pensarlo dos veces. En el café de la esquina, con mesas de madera y luces tenues, platicamos horas. Hablaba de sus viajes a la playa en Puerto Vallarta, de cómo el mar lo ponía cachondo por la vida. Yo le conté de mi curro en una galería de arte, de cómo pintaba cuerpos desnudos en secreto. Sus manos rozaban las mías al pasar el azúcar, y cada toque era electricidad pura. Lo deseaba ya, pero me contenía, dejando que la tensión creciera como en esas películas románticas.

La primera cita fue al día siguiente, en el Bosque de Chapultepec. Caminamos entre los árboles altos, el sol filtrándose en rayos dorados que bailaban en su piel morena. Sudábamos un poco por el calor, y el olor a tierra húmeda y flores silvestres nos envolvía. Nos sentamos en una banca apartada, y ahí vino el primer beso. Sus labios suaves pero firmes, saboreando a menta y café. Mi lengua jugó con la suya, lenta al principio, luego urgente. Sentí su erección presionando contra mi muslo, dura como piedra.

Esto es real, no como en las películas como Diario de una Pasión, pero igual de intenso
, me dije, mientras mis pezones se endurecían bajo la blusa.

Los días siguientes fueron un torbellino. Mensajes a media noche: "Muero por tocarte entera". Citas en su depa de la Roma, con terraza y vista a los edificios iluminados. Cocina mexicana casera, tacos de cochinita con salsa picosa que quemaba la boca y avivaba el fuego abajo. Una noche, después de unos tequilas reposados que nos dejaron la garganta ardiente y las inhibiciones volando, nos besamos en el sillón. Sus manos subieron por mis muslos, bajo la falda corta, rozando mis panties húmedas. "Estás mojada, mamacita", gruñó, con esa voz ronca que me derretía. Le respondí quitándole la camisa, lamiendo su pecho salado, mordisqueando sus pezones oscuros. El aire olía a nuestro sudor mezclado, a deseo crudo.

Pero no cedimos del todo. Queríamos que ardiera más, como Allie y Noah esperando años por su pasión. Yo luchaba conmigo misma: ¿Y si es solo un rato? ¿Y si es para siempre?. Él confesó miedos en la cama, abrazados pero vestidos: "No quiero cagarla, Ana. Eres lo más chingón que me ha pasado". Esas palabras me calaban hondo, rompiendo barreras. La tensión crecía, noches de caricias intensas sin penetración, dedos explorando pliegues húmedos, bocas devorando piel. Su lengua en mi clítoris era fuego líquido, haciendo que mis caderas se arquearan, gimiendo su nombre. "¡Diego, no pares, cabrón!", jadeaba, mientras él lamía mi néctar dulce y salado.

La noche del clímax llegó un viernes, después de ver otra peli romántica en su proyector. "Películas como Diario de una Pasión nos preparan para esto", dijo él, riendo, mientras me cargaba al cuarto. La habitación olía a sábanas frescas de algodón egipcio y velas de vainilla encendidas. Me desvistió despacio, besando cada centímetro: cuello, hombros, senos pesados con pezones erectos como cerezas. Sus manos amasaban mis nalgas firmes, dedos hundiéndose en mi humedad resbaladiza. "Estás lista, mi reina", murmuró, y yo asentí, empoderada, guiando su verga gruesa y venosa a mi entrada.

Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel empezó suave, chapoteos húmedos mezclados con nuestros gemidos. Olía a sexo puro, almizcle y sudor, el sabor de su piel en mi boca mientras lo montaba. Aceleramos, él embistiéndome profundo, golpeando mi punto G con precisión. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Sentí el orgasmo venir como una ola en la playa, contracciones pulsantes alrededor de su miembro palpitante. "¡Ven conmigo, amor!", grité, y él explotó dentro, chorros calientes llenándome, nuestro clímax sincronizado en un éxtasis cegador.

Nos quedamos jadeando, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y brillante. El silencio roto solo por nuestras respiraciones calmándose. Besos suaves en la frente, caricias perezosas. "Esto es mejor que cualquier película", susurró, y yo sonreí, sabiendo que era verdad. En sus brazos, con el corazón latiendo en paz, reflexioné: las pasiones como las de Diario de una Pasión existen, pero la nuestra era nuestra, mexicana, ardiente, eterna. El amanecer entró por la ventana, pintando nuestras pieles de oro, prometiendo más noches así.

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