Maria Magdalena La Pasion Carnal de Cristo
El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de Coyoacán, tiñendo de oro las fachadas coloniales. Yo, María Magdalena, caminaba con mi rebozo ligero sobre los hombros, sintiendo el calor pegajoso que se colaba por mi blusa de algodón. Tenía treinta y cinco años, curvas que volvían locos a los hombres del barrio y un fuego interno que ni las misas dominicales apagaban. Siempre me había sentido como esa santa pecadora de las escrituras, la que ungió los pies de Jesús con perfumes caros y lágrimas de arrepentimiento... o de puro deseo.
Entré a la pequeña iglesia de San Juan Bautista, el aroma a incienso y flores de cempasúchil me envolvió como un abrazo prohibido. Me arrodillé frente al altar, pero mis pensamientos no eran de oración. Recordaba Maria Magdalena la pasion de cristo, esa novela erótica que devoré en secreto la semana pasada, donde la Magdalena no era solo devota, sino una mujer que ardía por la carne del Salvador. Mis pezones se endurecieron contra la tela, y un cosquilleo húmedo se despertó entre mis muslos.
¿Por qué Dios me hizo así, tan carnal, tan lista para pecar?me pregunté en silencio.
Entonces lo vi. Él estaba en un rincón, afinando una guitarra acústica con dedos largos y morenos. Se llamaba Jesús, neta, como el hijo de Dios. Alto, con barba recortada, ojos cafés profundos y un cuerpo de trabajador que se marcaba bajo la camisa ajustada. Tocaba una ranchera suave, y su voz ronca me erizó la piel. Órale, qué chulo, pensé, mordiéndome el labio.
Me acerqué después de su canción. "Está chida tu música, carnal. Me hace sentir... viva." Le dije, con la voz temblorosa. Él sonrió, mostrando dientes blancos. "Gracias, morra. ¿Y tú? Pareces salida de un cuadro renacentista, como María Magdalena." Su mirada bajó por mi escote, y sentí el pulso acelerarse en mi cuello.
Salimos juntos, caminando por el parque. Hablamos de todo: de la Virgen de Guadalupe, que todo México adora, pero yo confesé que me identificaba más con Magdalena. "Esa Maria Magdalena la pasion de cristo, ¿la has leído? Es como si ella reviviera el deseo en cada página." Él rio bajito. "No, pero ahora me pica la curiosidad. ¿Quieres que vayamos a tu casa y me la prestas?" Su mano rozó la mía, un toque eléctrico que me hizo jadear.
En mi casita de dos pisos, con patio lleno de bugambilias, le serví pulque fresco. El sabor dulce y espumoso nos aflojó la lengua. Nos sentamos en el sofá de mimbre, tan cerca que olía su colonia mixta con sudor masculino, un olor que me ponía la piel de gallina. "Cuéntame de esa pasión", murmuró, su aliento cálido en mi oreja.
Le presté el libro, pero en vez de leer, sus dedos trazaron mi brazo.
Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensé. Lo besé primero, mis labios suaves contra los suyos ásperos por la barba. Sabía a pulque y a hombre, un gusto que me hizo gemir. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desatando el rebozo, bajando la blusa. Mis tetas grandes saltaron libres, pezones oscuros duros como piedras.
"Eres hermosa, Magdalena mía." Susurró, chupando uno, la lengua caliente y húmeda girando. Sentí un jalón en la panocha, humedad empapando mis panties. Le quité la camisa, palpando su pecho velludo, los músculos tensos. Olía a tierra y deseo, su verga ya dura presionando contra mis muslos.
Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. "Quiero ungirte como ella lo hizo con Cristo." Le dije, bajándole el pantalón. Su pito saltó, grueso, venoso, la cabeza roja brillando con precúm. Lo tomé en mi mano, piel suave sobre dureza, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando sal y almizcle. Él gruñó, "¡Ay, wey, qué chingona!" Agarró mi pelo, guiándome suave, mientras yo lo chupaba profundo, garganta apretando.
Pero quería más. Me quité la falda, quedando en tanguita mojada. Él la rasgó con un tirón juguetón, "Pendejo, ¡me la costó cara!" Reí, pero gemí cuando sus dedos abrieron mi concha depilada, rosada y chorreante. "Estás empapada, mi santa pecadora." Metió dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chapoteante llenaba la habitación, mixto con mis jadeos y su respiración agitada.
Me recostó en la alfombra del patio, bajo las estrellas tempranas. El aire fresco contrastaba con su cuerpo caliente sobre el mío. Besó mi cuello, mordisqueando, bajando por el vientre hasta mi ombligo. Lamio mi clítoris hinchado, succionando suave, lengua danzando.
¡Virgen santísima, esto es el paraíso!Mis caderas se arquearon, uñas clavándose en su espalda. Olía mi propia excitación, almizclada y dulce, mientras él devoraba mi panocha como si fuera el último banquete.
No aguanté. "Métemela, Jesús, por favor." Rogué, voz ronca. Se posicionó, la verga palpitante en mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Qué prieta estás, carajo!" Gimió, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulso, su pubis raspando mi clítoris.
Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. Nuestros cuerpos sudados chocaban con palmadas húmedas, el olor a sexo impregnando el aire. Aceleró, fuerte, profundo, mis tetas rebotando. "Más, cabrón, dame todo." Le pedí, piernas envolviéndolo. Él gruñía, "Eres mi Magdalena, mi pasión viva."
El clímax se construyó como tormenta: tensión en el bajo vientre, pulsos acelerados, sudor goteando. Lo volteé, cabalgándolo ahora, mis nalgas redondas subiendo y bajando sobre su pito. Él palpaba mis tetas, pellizcando pezones. El jardín parecía girar, sonidos de grillos y nuestros gemidos mezclándose.
Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera. "¡Me vengo, ay Dios!" Grité, concha apretando su verga como puño, jugos chorreando por sus bolas. Él siguió unos embistes más, rugiendo "¡Toma mi leche, santa mía!" y llenándome caliente, semen espeso salpicando dentro.
Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa. Su cabeza en mis tetas, yo acariciando su cabello húmedo. El pulque olvidado en la mesa, el libro abierto en una página de pasión. "Neta, eso fue como Maria Magdalena la pasion de cristo, pero en carne propia." Murmuré, riendo suave.
Nos quedamos así hasta que la noche enfrió el aire. Él me besó la frente. "Volveré por más, mi Magdalena." Y yo supe que este fuego no se apagaría. En México, donde la fe y el deseo bailan tango, yo había encontrado mi propia resurrección carnal. El eco de nuestros cuerpos aún vibraba en mí, prometiendo más noches de éxtasis.