Pasión Antónimo
En el corazón de la Roma Norte, donde las luces de neón besan las fachadas de los edificios antiguos, conocí a Diego. Era una noche de esas que empiezan con un margarita helado en la mano y terminan quién sabe dónde. Yo, Valeria, acababa de salir de una ruptura que me dejó con el corazón hecho trizas, pero decidida a no dejar que el mundo me aplastara. La fiesta estaba en un departamento chido, con música de Natalia Lafourcade de fondo y olor a tacos al pastor flotando desde la terraza.
Diego estaba recargado en la barra, con una cerveza en la mano, mirándome de reojo pero sin acercarse. Alto, moreno, con esa barba de tres días que hace que cualquier mujer imagine cómo se siente contra la piel. ¿Por qué carajos no viene? pensé, mientras me ajustaba el vestido negro ceñido que marcaba mis curvas. Él parecía la encarnación del pasión antónimo: indiferente, distante, como si nada en el mundo le importara. Sus ojos cafés me escanearon una vez, dos, pero no hubo sonrisa, ni guiño. Solo esa frialdad que me picó el orgullo.
Me acerqué yo, porque soy de esas que no esperan. "¿Qué onda, güey? ¿Te vas a quedar ahí como estatua o qué?" Le dije con una sonrisa pícara, oliendo su colonia amaderada mezclada con el humo de su cigarro. Él levantó una ceja. "Nada, nomás viendo el desmadre. ¿Tú quién eres?" Su voz era grave, ronca, como grava bajo las llantas. No era hostil, pero tampoco cálido.
¿Este pendejo cree que me va a tratar así?me dije, pero en vez de enojarme, sentí un cosquilleo en el estómago. Ese contraste entre su mirada helada y el calor que empezaba a subir por mis muslos era adictivo.
La noche avanzó con pláticas sueltas. Hablamos de la ciudad, de cómo el tráfico en Insurgentes es un infierno, de películas que nos gustaban. Él era arquitecto, yo diseñadora gráfica. Cada vez que nuestras manos rozaban al pasar la chela, un chispazo eléctrico me recorría la piel. Pero Diego mantenía esa distancia, respondiendo con monosílabos, sonriendo apenas. Es como si su pasión antónimo fuera una armadura, pensé, mientras el sudor de la noche pegaba mi blusa a los pechos. El aire olía a jazmín de los balcones y a sudor fresco de cuerpos bailando.
En el segundo acto de esta danza sutil, algo cambió. Estábamos en la terraza, solos por un momento, con la brisa nocturna revolviendo mi cabello. "Sabes, Valeria, pareces de las que queman todo a su paso", me dijo de repente, su aliento cálido en mi oreja. Me giré, nuestros rostros a centímetros. "Y tú pareces el antónimo perfecto de la pasión, Diego. Frío como el pinche Polo Norte". Reí, pero mi voz salió temblorosa. Él se acercó más, su mano grande posándose en mi cintura. El tacto de sus dedos a través de la tela fue como fuego líquido. "¿Quieres ver si eso es verdad?" murmuró, y su boca rozó la mía sin besarla del todo.
El beso que siguió fue una explosión. Sus labios firmes, con sabor a cerveza y menta, devoraron los míos con una hambre que desmentía toda su indiferencia previa. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su pelo negro mientras su lengua exploraba mi boca, juguetona, dominante. ¡Órale, este carnal sabe lo que hace! gemí internamente, sintiendo cómo mi cuerpo se arqueaba contra el suyo. El olor de su piel, salado y masculino, me invadió las fosas nasales. Bajamos del cielo de la terraza al infierno del deseo en segundos.
Entramos a su cuarto en el mismo edificio –qué suerte la mía– tropezando con la ropa. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Me quitó el vestido de un jalón, sus ojos devorando mis senos libres bajo el encaje negro. "Eres una chulada, Valeria", gruñó, mientras sus labios bajaban por mi cuello, mordisqueando la clavícula. El roce de su barba raspó deliciosamente, enviando ondas de placer hasta mi centro. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros de su pecho bajo mis uñas. Olía a él, puro, intenso, con un toque de sudor que me hacía salivar.
Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente. Sus manos expertas masajearon mis muslos, abriéndolos con gentileza. "Dime si quieres parar", susurró, mirándome a los ojos. "Ni madres, sigue, pendejo", respondí jadeante, jalándolo hacia mí. Su boca encontró mi pezón, chupándolo con succiones lentas que me arquearon la espalda. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Bajó más, besando mi vientre, lamiendo el ombligo hasta llegar a mi panochita ya empapada.
La primera lengua en mi clítoris fue como un rayo. Lamidas circulares, suaves al principio, luego rápidas, intercaladas con succiones que me hacían retorcer. "¡Ay, cabrón, qué rico!" grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara. Él gemía contra mi piel, vibraciones que intensificaban todo. Introdujo dos dedos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. El olor almizclado de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con su colonia. Sudábamos, pieles resbalosas chocando.
Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precúm. La tomé en la mano, sintiendo su pulso acelerado como tambores aztecas. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salinidad salada. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo. "Chúpamela, reina", pidió, y yo lo hice, tragándomela hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. Sus caderas empujaban suave, respetuoso, pero ansioso.
No aguantamos más. Se puso condón –siempre responsable, qué chido– y me penetró despacio, centímetro a centímetro. El estiramiento ardiente, delicioso, me llenó por completo. "¡Sí, así, Diego!" jadeé, clavando uñas en su espalda. Empezó a moverse, embestidas profundas, rítmicas, el sonido de carne contra carne como música obscena. Nuestros cuerpos chapoteaban sudorosos, el colchón crujiendo bajo nosotros. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis senos botando con cada salto. Él los amasaba, pellizcando pezones.
La tensión creció como tormenta en el desierto sonorense. Sus manos en mis nalgas, guiándome más rápido. "Ven conmigo, Valeria", rogó ronco. El orgasmo me golpeó primero, olas de placer convulsionándome, gritando su nombre mientras mi panocha lo ordeñaba. Él se tensó, un rugido gutural escapando mientras se vaciaba dentro, pulsos calientes a través del látex.
Colapsamos, jadeantes, envueltos en el olor a sexo y sábanas revueltas. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la sien. "Pensé que eras puro pasión antónimo", murmuré riendo bajito. Él sonrió contra mi pelo. "Era solo el preludio, mi reina. Ahora ya sabes lo que hay debajo". El afterglow nos envolvió como manta tibia, con el tráfico lejano de la ciudad como arrullo. En ese momento, supe que esta noche había transformado el frío en fuego eterno.