El Actor del Diablo en la Pasion de Cristo Desnuda Mi Alma
La Semana Santa en Taxco siempre ha sido un desmadre de emociones. Las calles empedradas se llenan de turistas y locales, el aire huele a incienso quemado y a elotes asados en las esquinas. Yo, Ana, había venido de la CDMX solo para desconectarme un rato, pero neta, no esperaba que esa noche de representación de La Pasion de Cristo me volteara la vida al revés. Me acomodé entre la multitud en la plaza principal, el sol del atardecer tiñendo todo de rojo sangre, como presagiando lo que vendría.
El elenco desfiló con sus túnicas raídas, el Jesús cargando la cruz entre gemidos ahogados que resonaban en las fachadas coloniales. Pero mis ojos se clavaron en él. El actor del diablo en la Pasion de Cristo. Alto, moreno, con esa barba espesa que le enmarcaba la mandíbula cuadrada, ojos negros que brillaban como brasas bajo el maquillaje rojo y cuernos falsos. Su piel brillaba de sudor bajo las luces, y cada vez que susurraba tentaciones al oído de Jesús, su voz grave me erizaba la piel. ¿Qué carajos me pasa? pensé, sintiendo un calor traicionero entre las piernas mientras lo veía pavonearse, su cuerpo atlético tenso bajo la capa negra.
Este wey parece sacado del infierno mismo, pero qué rico se ve. Imagínatelo sin esa máscara, lamiéndote el cuello...
La obra terminó con el martirio, aplausos estruendosos, y la gente se dispersó hacia las posadas. Yo me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo, pero en realidad queriendo otra mirada de esos ojos demoníacos. Y entonces, órale, se acercó. Limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, oliendo a tierra húmeda y almizcle masculino.
—¿Te gustó el show, guapa? —me dijo con esa voz ronca que aún me vibraba en los oídos.
—Neta, tú como actor del diablo en la Pasion de Cristo... me dejaste mojada —respondí, medio en broma, pero mi pulso acelerado delataba la verdad. Se rió, una carcajada profunda que me recorrió como corriente eléctrica.
Se llamaba Marco, actor local de 32 años, que cada año se ponía los cuernos por tradición familiar. Charlamos mientras caminábamos hacia un bar cercano, el bullicio de la fiesta callejera envolviéndonos: mariachis tocando La Bikina, olor a tequila y tacos al pastor flotando en el aire. Sus dedos rozaron mi brazo al gesticular, y sentí chispas. Este pendejo sabe lo que hace, me dije, notando cómo su mirada bajaba a mis labios, a mis chichis bajo la blusa escotada.
En el bar, pedimos chelas frías, el vidrio empañado condensando gotas que él lamió de su botella, provocándome. Habló de la obra, de cómo se metía en el papel del demonio, sintiendo el poder de la tentación. Yo le confesé que siempre me han atraído los tipos oscuros, los que prometen pecado. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, un roce casual que se volvió intencional. El calor de su pierna contra la mía me hizo apretar los muslos, imaginando esa misma presión en otros lados.
—¿Y si te tiento de verdad? —murmuró, su aliento cálido con sabor a cerveza rozando mi oreja.
Mi corazón latía como tamborazo zacatecano.
Chíngame, Ana, no seas mensa. Llévatelo ya. Le tomé la mano, áspera por el maquillaje y el esfuerzo de la obra, y lo saqué del bar hacia mi posada, un rincón acogedor con balcón a la plaza iluminada.
Subimos las escaleras de caracol, su mano en mi cintura guiándome, dedos hundiéndose en mi cadera suave. En la habitación, la luz de las velas parpadeaba, oliendo a cera y jazmín del jardín abajo. Me volteó contra la puerta, su cuerpo presionándome, duro y caliente. Olía a sudor fresco, a hombre en celo, y gemí bajito cuando su boca capturó la mía. Beso hambriento, lenguas enredándose con sabor salado y dulce, sus manos subiendo por mi espalda, desabrochando mi sostén con maestría.
—Qué rica estás, pinche diosa —gruñó, mordisqueando mi cuello mientras me quitaba la blusa. Sus labios bajaron a mis tetas, chupando un pezón endurecido, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Yo arqueé la espalda, clavando uñas en su cabello húmedo, oliendo su champú de hierbas mezclado con ese aroma demoníaco que me volvía loca.
Lo empujé a la cama, quitándole la camisa. Su pecho ancho, velludo en el centro, músculos contraídos por la anticipación. Besé su abdomen, bajando lento, sintiendo su verga tiesa bajo los pantalones, palpitando contra mi mejilla. La desabroché, liberándola: gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí, salada y musgosa. Marco jadeó, sus caderas elevándose.
—Así, mámame toda, cabrona.
Lo hice, garganta profunda, gimiendo con la boca llena, el sonido húmedo llenando la habitación junto a sus roncos ayes. Mis jugos corrían por mis muslos, empapando las panties. Me incorporé, quitándome todo, montándolo a horcajadas. Su mirada, aún con restos de delineador negro, me devoraba como el actor del diablo en la Pasion de Cristo que era.
Este wey es puro fuego infernal, y yo su puta presa voluntaria.
Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, su verga estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el placer punzante irradiando desde mi clítoris hinchado. Cabalgamos así, piel contra piel resbaladiza de sudor, sus manos amasando mis nalgas, cachetadas suaves que resonaban. El colchón crujía, nuestros jadeos se mezclaban con el eco lejano de cohetes de la fiesta.
Cambié de posición, él encima, embistiéndome con fuerza controlada, su peso delicioso aplastándome, pelvis chocando con palmadas húmedas. Olía nuestra mezcla: sexo crudo, sudor almizclado, mi aroma dulce de excitación. Me lamió el lóbulo de la oreja, susurrando guarradas.
—Vas a correrte para mí, ¿verdad? Déjame llenarte, Ana.
La tensión crecía, espiral ascendente, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla. Él aceleró, gruñendo como bestia, y explotamos juntos: yo gritando, olas de éxtasis rompiéndome en mil pedazos, él vaciándose dentro con espasmos calientes que sentía palpitar. Colapsamos, entre jadeos, su semen goteando de mí, cálido y pegajoso en mis muslos.
Después, en la quietud, su brazo alrededor de mi cintura, piel pegada por sudor enfriándose. Afuera, la plaza se apaciguaba, solo grillos y risas lejanas. Marco besó mi hombro, suave ahora, sin demonios.
—Eres más tentadora que cualquier guion —dijo, riendo bajito.
Yo sonreí en la oscuridad, el cuerpo lánguido y satisfecho.
El actor del diablo en la Pasion de Cristo había encontrado su redención en mis brazos, y yo, mi pecado perfecto. Mañana volvería a la ciudad, pero este fuego quedaría grabado, un secreto ardiente para masturbarme en noches solitarias.