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Pasión Vaquera

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Pasión Vaquera

El sol del mediodía caía a plomo sobre el rancho en las afueras de Monterrey, como un beso ardiente que quema la piel. Yo, Lucía, la vaquera más chingona de por aquí, montaba mi yegua Estrella con las piernas firmes, el sombrero ladeado y el sudor resbalando por mi cuello hasta perderse entre mis pechos. Llevaba jeans ajustados que marcaban mis curvas, una blusa de franela medio desabotonada que dejaba ver el encaje negro de mi sostén, y botas polvorientas que crujían contra los estribos. El aire olía a tierra seca, a heno fresco y a ese toque de cuero curtido que me ponía la piel chinita.

¿Cuánto tiempo más voy a aguantar esta soledad, wey? pensé mientras arreaba a Estrella hacia el corral. El rancho era mío desde que mi viejo se fue, pero a veces se sentía vacío como un mezcal sin gusano. Ese día, llegó él: Javier, un cuate alto, moreno, con ojos color café que brillaban como el tequila bajo la luna. Venía de la ciudad, contratado para ayudar con las reses. Lo vi bajarse de su troca, quitándose la camisa para secarse el sudor, dejando al aire un torso marcado por músculos duros, como tallados en piedra de la Sierra Madre.

—Órale, vaquera, ¿me das una mano con las alambradas? —me gritó con esa voz grave que vibraba en mi pecho.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Simón, carnal, pero no te me vayas a rajar como pendejo.

Trabajamos codo a codo esa tarde. Sus manos rozaban las mías al pasar las herramientas, y cada roce era como una chispa en pólvora. Olía a hombre de verdad: jabón barato mezclado con sudor fresco y un leve aroma a tabaco. Yo lo pillaba mirándome el culo cuando me agachaba a clavar estacas, y neta, me mojaba nomás de pensarlo.

Al atardecer, el cielo se tiñó de naranja y rojo, como si el mismísimo diablo pintara con fuego. Nos sentamos en el porche con unas chelas frías, las piernas rozándose bajo la mesa de madera astillada. Hablamos de todo: de corridas de toros, de rancheras de José Alfredo Jiménez que poníamos en la radio vieja, de cómo la vida en el campo te hace fuerte pero te deja con un vacío que solo un buen polvo llena.

—Tú eres la pasión vaquera hecha mujer, Lucía —me dijo, su aliento cálido contra mi oreja mientras me pasaba la cerveza.

Sentí mi panocha palpitar.

¡La chingada, este wey me va a volver loca!
Su mano subió por mi muslo, lenta, como si probara el terreno, y yo no la quité. Al contrario, me acerqué más, mis labios rozando los suyos en un beso que empezó suave pero explotó como tormenta de verano.

La noche nos envolvió como una manta caliente. Lo arrastré a mi cuarto, una habitación sencilla con cama king, sábanas de algodón crudo y una ventana abierta al viento del desierto. Nos desnudamos con prisa, pero saboreando cada prenda que caía. Su verga saltó libre, dura como fierro, venosa y gruesa, apuntando al techo. La tomé en mi mano, sintiendo su calor latiendo contra mi palma, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis fosas nasales.

Chúpamela, vaquera —gruñó Javier, y yo me arrodillé, obediente pero mandona. Mi lengua trazó círculos en su glande, saboreando la sal de su precum, mientras él enredaba sus dedos en mi pelo negro y largo. Lo tragué hasta la garganta, gimiendo con cada embestida, mis jugos chorreando por mis muslos. Él jadeaba, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación.

Pero yo quería más. Lo empujé a la cama, montándolo como si fuera mi yegua favorita. Esta es mi pasión vaquera, pensé, mientras me empalaba en su verga de un solo movimiento. ¡Ay, cabrón! Llenaba mi chocha hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Mis tetas rebotaban con cada vaivén, y él las atrapaba con sus manos callosas, pellizcando mis pezones duros como piedras.

El sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza. Olía a sexo puro: mi aroma dulce y almizclado mezclándose con el suyo masculino. Gemí bajito al principio, pero pronto mis gritos eran como aullidos de coyote en la noche. ¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo! Javier embestía desde abajo, sus bolas chocando contra mi culo, el slap-slap-slap resonando como aplausos en un fandango.

Me incliné hacia atrás, apoyando las manos en sus muslos, cabalgándolo con furia. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes internas, mi clítoris rozando su pubis en chispas de placer.

Neta, esto es el paraíso, wey. No pares nunca.
Él gruñía mi nombre, sus ojos clavados en mí, en cómo mi culo redondo subía y bajaba, mis jugos empapando sus huevos.

La tensión crecía como un río desbordado. Mis músculos se contraían, mi vientre temblaba. —¡Me vengo, Javier! ¡Chíngame más! —grité, y el orgasmo me golpeó como un rayo. Ondas de éxtasis recorrieron mi cuerpo, mi chocha ordeñando su verga en espasmos incontrolables. Él no aguantó: con un rugido gutural, se vació dentro de mí, chorros calientes inundando mi interior, su semen mezclándose con mis mieles.

Caímos exhaustos, jadeando como después de una carrera de caballos. Su brazo me rodeó la cintura, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda. El aire olía a sexo satisfecho, a sudor seco y a promesas. Afuera, los grillos cantaban su serenata, y la luna plateaba el rancho como bendición.

—Eres increíble, Lucía. Tu pasión vaquera me dejó sin aliento —murmuró él, besando mi hombro.

Yo sonreí en la oscuridad, mi mano trazando círculos en su pecho. Esto no es el fin, carnal. Apenas empieza. Por primera vez en años, el rancho no se sentía vacío. Había encontrado mi fuego, mi ritmo, mi todo en esa noche de pasión desenfrenada. Y sabía que al amanecer, lo montaría de nuevo, como la vaquera que soy: libre, fuerte y jodidamente viva.

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