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Pasión de Gavilanes Capítulo 85 La Llama en Mi Piel

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Pasión de Gavilanes Capítulo 85 La Llama en Mi Piel

Estaba recostada en el sofá de mi departamentito en la colonia Roma, con el control remoto en la mano y una chela fría sudando en el buró. La noche caía suave sobre la ciudad, y el ruido de los coches en Insurgentes se colaba por la ventana entreabierta, mezclándose con el aroma a tacos de la taquería de la esquina. Pasión de Gavilanes, esa novela que me tenía clavada, acababa de llegar a su capítulo 85. Órale, qué emoción. Juan, mi carnalito del alma, mi hombre de ojos negros y sonrisa pícara, acababa de llegar del trabajo, todavía con la camisa desabotonada oliendo a sudor fresco y colonia barata que me volvía loca.

"¿Ya empezó, mi reina?", me dijo mientras se dejaba caer a mi lado, su muslo rozando el mío con esa electricidad que siempre me erizaba la piel. Asentí, mordiéndome el labio, y le pasé la chela. En la tele, los hermanos Reyes andaban enredados en su drama de venganza y amores prohibidos, pero en este capítulo 85 de Pasión de Gavilanes, la cosa se ponía caliente. Rosario y Franco, en una escena bajo la luna, se devoraban con besos que parecían promesas de pecado. Sentí un calor subiéndome por el vientre, como si el aire del cuarto se hubiera espesado.

La mano de Juan se posó en mi rodilla, subiendo despacito por mi falda corta.

¿Por qué esta novela siempre me prende como mecha?
pensé, mientras mi corazón latía fuerte contra las costillas. Él lo notó, porque su aliento cálido me rozó el cuello. "Mira nomás cómo se miran esos dos, como si se fueran a comer vivos", murmuró, su voz ronca como gravel de las obras donde laburaba. Yo giré la cara, nuestros labios a un suspiro, y el olor de su piel, mezcla de hombre trabajado y jabón, me inundó las fosas nasales.

El beso empezó suave, como un roce de alas de mariposa, pero pronto sus lenguas se enredaron con hambre. Gemí bajito cuando su mano apretó mi muslo, los dedos hundiéndose en la carne suave. Afuera, un claxon sonó lejano, pero aquí dentro solo existía el slap de nuestras bocas, el crujido del sofá viejo y el zumbido de la tele que ya nadie veía. Pasión de Gavilanes capítulo 85 seguía rodando, pero mi pasión era esta, la de Juan y yo, dos chilangos comunes con fuego en las venas.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps duros contra mi espalda. "Te voy a hacer mía como en esa novela, mi amor", gruñó, y yo reí, enredando mis piernas en su cintura. Su boca bajó a mi cuello, chupando la piel salada, dejando marcas que mañana dolerían rico. Lo empujé hacia la recámara, el pasillo angosto lleno del perfume de mi crema de coco y su aroma macho. Caímos en la cama king size que habíamos comprado a plazos, las sábanas frescas arrugándose bajo nosotros.

Allí empezó lo bueno, el medio tiempo de nuestra propia historia. Juan me quitó la blusa con dedos temblorosos de deseo, exponiendo mis chichis al aire fresco de la noche. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. "Estás de infarto, Sofía", dijo, y bajó la cabeza para lamer un pezón, el roce húmedo y caliente enviando chispas directo a mi entrepierna.

¡Ay, Diosito, este pendejo sabe cómo volverme loca!
Mi mano se coló en su pantalón, encontrando su verga tiesa, palpitante, gruesa como mi muñeca. La apreté, sintiendo las venas saltadas bajo la piel aterciopelada, y él jadeó contra mi piel.

Nos desnudamos a tirones, ropa volando por los aires. Su cuerpo era un mapa de músculos labrados en el sol, pecas en los hombros de tanto cargar varillas. Yo, con mis curvas mexicanas, caderas anchas para parir reyes, lo atraje hacia mí. Nuestros cuerpos se pegaron, piel con piel, sudor empezando a perlar. El olor a sexo ya flotaba, almizcle dulce y salado, mientras sus dedos exploraban mi panocha húmeda. "Estás chorreando, mi vida", susurró, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para rozar ese punto que me hacía arquear la espalda.

Yo no me quedé atrás. Bajé la mano, masturbándolo lento, sintiendo cómo crecía en mi puño, el prepucio deslizándose suave. Gemidos llenaban el cuarto, nuestros y los de la tele que aún sonaba de fondo. En Pasión de Gavilanes capítulo 85, alguien gritaba de pasión, y nosotros lo imitamos. Le lamí el pecho, saboreando el salado de su sudor, mordiendo un pezón duro. Él respondió embistiéndome con los dedos más rápido, el squish húmedo resonando obsceno.

La tensión crecía como tormenta en el Popo.

Lo quiero ya, adentro, rompiéndome
, pensé, clavando uñas en su espalda. "Cógeme, Juan, no aguanto más", le rogué, mi voz quebrada. Él se colocó entre mis piernas, la punta de su verga rozando mi entrada, caliente y resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, hasta que sus bolas peludas chocaron contra mi culo. "¡Qué chingón te sientes!", rugió, y empezó a moverse, lento al principio, como ola del Pacífico.

El ritmo subió, caderas chocando con slap slap sudoroso. Mis tetas rebotaban, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Olía a nosotros, a sexo crudo y amor. El colchón crujía, la cabecera golpeteaba la pared, y yo gritaba "¡Más, cabrón, más duro!". Él obedecía, sudando ríos, su cara contraída en éxtasis. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus manos en mis nalgas, guiándome, el roce de su pubis contra mi clítoris hinchado.

El clímax se acercaba, mi vientre apretándose, piernas temblando. "Me vengo, mi rey", chillé, y exploté, jugos chorreando por su verga, ondas de placer sacudiéndome entera. Él gruñó, embistiendo salvaje, y se vació dentro, chorros calientes llenándome, su semen goteando tibio. Colapsamos, jadeantes, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, nos quedamos enredados, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo revuelto. La tele seguía con Pasión de Gavilanes capítulo 85, pero ya era ruido blanco. "Eres mi pasión, Sofía, más que cualquier novela", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, oliendo nuestro amor en las sábanas.

Esto es lo real, no hay guion que supere nuestra historia
.

La luna se colaba por las cortinas, y nos dormimos así, satisfechos, con el eco de gemidos en el aire y promesas de más noches así. Mañana sería otro día de laburios y chelas, pero esta Pasión de Gavilanes capítulo 85 quedaría grabada en nuestra piel para siempre.

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