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Pasion Desenfrenada de Actores de Novela

7262 palabras

Pasion Desenfrenada de Actores de Novela

En los pasillos iluminados del foro de Televisa, donde el aire olía a café recién molido y a maquillaje fresco, Ana sentía esa cosquilleo en el estómago cada vez que veía a Diego. Él era el galán perfecto de Novela Pasion, la telenovela que nos tenía a todos locos con sus tramas de amores imposibles y traiciones ardientes. Yo, Ana, la protagonista que interpretaba a la villana seductora, no podía negar que los actores de novela pasion como nosotros vivíamos al borde del drama real.

Diego caminaba con esa confianza de quien sabe que todas las miradas lo siguen, su camisa blanca ajustada marcando los músculos de su pecho, sudados por las luces calientes del set. Qué güey tan chido, pensé, mientras repasaba mi guion. Nuestras escenas de besos apasionados eran lo más visto en redes, pero detrás de cámaras, el roce de sus labios contra los míos duraba un segundo de más. Ese día, después de grabar la escena del balcón donde mi personaje lo provoca, él se acercó con una sonrisa pícara.

—Oye, Ana, ¿neta que no sientes nada cuando nos besamos? —me dijo, su voz grave como un ronroneo, oliendo a su colonia cítrica que me mareaba.

Me reí, nerviosa, sintiendo el calor subir por mi cuello. Si supieras, pendejo, que me dejas mojadita cada vez. —Nah, es puro acting, carnal. Pero tú sí pareces que te emocionas mucho —le contesté, guiñándole el ojo.

La tensión empezó ahí, en esas miradas que se cruzaban durante las pausas. El productor nos mandó a ensayar solos en una sala aparte, y el ambiente se cargó de electricidad. Sus manos en mi cintura para guiarme en el baile de la escena, el roce de su aliento en mi oreja. Podía oler su sudor mezclado con el mío, un aroma primitivo que me hacía apretar las piernas.

Los días siguientes fueron un infierno dulce. En Novela Pasion, nuestros personajes caían en la cama en un episodio explosivo, pero la química entre los actores de novela pasion era innegable. Una noche, después de un día eterno de tomas, terminamos en el estacionamiento del foro. La luna llena iluminaba su camioneta, y él me invitó a subir "para platicar del guion".

Adentro, el espacio olía a cuero nuevo y a él. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas tocándose. Hablamos de todo: de cómo la fama nos comía vivos, de las fans locas que lo acosaban, de mis sueños de hacer cine independiente. Pero sus ojos bajaban a mi escote, y yo sentía mi corazón latiendo como tambor en las fiestas de pueblo.

No aguanto más, Diego. Quiero que me beses de verdad, sin cámaras ni luces, pensé, mientras mi mano rozaba su muslo por accidente. O no tan accidente.

Él lo notó. Su mano cubrió la mía, y de pronto, su boca estaba en la mía. No como en la novela, suave y fingido. Este beso era hambre pura: lenguas enredadas, dientes mordiendo labios, el sabor salado de su piel cuando le bajé la camisa. ¡Qué rico sabe, como tequila con limón! Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi bra, y gemí contra su boca cuando sus dedos encontraron mis pezones duros como piedras.

—Ana, me traes loco desde el primer día —murmuró, su voz ronca mientras me recostaba en el asiento. El sonido de su cremallera bajando fue como un disparo en la noche quieta. Su verga saltó libre, gruesa y palpitante, y la tomé en mi mano, sintiendo el calor y las venas latiendo bajo mi palma. Él jadeó, y ese sonido me empapó más.

Pero no quería apresurar. Lo empujé suave. —Espera, güey. Vamos a mi depa, aquí nos pueden cachar.

Condujo como demonio, yo con la mano en su paquete, apretándolo de vez en cuando para oírlo gruñir. Mi departamento en Polanco olía a velas de vainilla y a mi perfume floral. Apenas cerramos la puerta, nos arrancamos la ropa. Su cuerpo desnudo era una obra de arte: abdomen marcado, piernas fuertes de tanto gym para las escenas de acción. Me levantó en brazos, mis piernas alrededor de su cintura, y me llevó a la cama.

Ahí, en la penumbra de mi cuarto, la pasión explotó. Me tumbó sobre las sábanas frescas, su boca bajando por mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi piel. Su lengua es fuego, pensé, arqueándome cuando llegó a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Bajó más, besando mi ombligo, mi vientre tembloroso, hasta llegar a mi concha empapada.

—Estás chingona de mojada, Ana —dijo, mirándome con ojos negros de deseo. Su aliento caliente en mi clítoris me hizo retorcer. Lamidas lentas al principio, saboreando mis jugos como si fueran miel. El sonido húmedo de su lengua follándome era obsceno, delicioso. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, y vi estrellas. ¡No pares, cabrón, me vas a hacer venir!

Pero él se detuvo, subiendo para besarme, dejándome probarme en su boca. —Ahora tú, mamacita. Quiero tu boca.

Me arrodillé, tomando su verga en la mano. Era grande, venosa, con un glande brillante de pre-semen. La lamí desde la base, sintiendo su pulso en mi lengua, hasta tragármela hasta la garganta. Él enredó los dedos en mi pelo, gimiendo mi nombre. Sabe a hombre puro, salado y adictivo. Lo chupé con ganas, mis labios estirados, saliva goteando, hasta que me jaló arriba.

—No me vengas todavía. Quiero estar dentro de ti.

Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriendo el mío como una manta caliente. La punta de su verga rozó mi entrada, y empujó despacio. ¡Ay, qué rico se siente, llenándome poquito a poco! Entró hasta el fondo, y nos quedamos quietos un segundo, sintiendo el latido del otro. Luego empezó a moverse: embestidas lentas al principio, el sonido de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris. Olía a sexo, a sudor, a nosotros.

Aceleró, una mano en mi cadera, la otra en mi pelo tirando suave. —¡Dime que te gusta, Ana! —gruñó.

—¡Sí, pendejo, fóllame más duro! —grité, empujando contra él. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como en un rodeo. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano para volverme loca. Rebotaba en su verga, mis tetas saltando, sintiendo cada centímetro estirándome. El orgasmo me pegó como rayo: contracciones fuertes, jugos chorreando por sus bolas, gritando su nombre.

Él se volteó, poniéndome debajo, embistiendo salvaje. —¡Me vengo, Ana! —advirtió, y lo sentí: chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos abrazados, sudorosos y jadeantes, el aire pesado con nuestro olor. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Esto fue más que un polvo, fue conexión pura, pensé, acariciando su pelo revuelto.

—Diego, ¿y ahora qué? Somos actores de novela pasion, la gente espera drama, no realidad —susurré.

Él levantó la cara, besándome suave. —Que se vayan al carajo. Esto es nuestro, Ana. Sin guion.

Nos dormimos así, enredados, con la promesa de más noches así. Al día siguiente, en el foro, las miradas cómplices dirían todo. La pasión de la novela se volvió nuestra, real y ardiente, como solo pasa entre quienes viven el fuego de cerca.

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