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Pasión de Gavilanes Capítulo 153 Fuego en las Venas

7598 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 153 Fuego en las Venas

La noche en la hacienda Reyes caía como un manto pesado cargado de promesas. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina y a jazmín silvestre que trepaba por las paredes de adobe. Rosalía, con su piel morena brillando bajo la luz tenue de las lámparas de aceite, se recostaba en el sillón de mimbre del porche. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas como una caricia prohibida, el escote dejando ver el valle entre sus senos plenos. Frente a ella, el viejo televisor chispeaba con la señal borrosa del capítulo 153 de Pasión de Gavilanes, esa telenovela que las chavas del pueblo no paraban de platicar.

¡Ay, wey, qué pasión la de esos hermanos Reyes! pensó Rosalía, mientras sorbía un trago de tequila reposado de su vaso. El licor le quemaba la garganta, despertando un calor que subía desde su vientre. En la pantalla, los amantes se miraban con ojos llameantes, sus cuerpos tensos como cuerdas de guitarra a punto de romperse. Ella sentía un cosquilleo entre las piernas, un deseo que la hacía apretar los muslos. Hacía semanas que no veía a su carnal, a Javier, el capataz de la hacienda, alto y fornido, con esa sonrisa pícara que la volvía loca.

De pronto, el ruido de botas en la grava anunció su llegada. Javier apareció en el porche, su camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho, revelando el vello oscuro y los músculos curtidos por el sol. Sudaba un poco, oliendo a hombre de campo: cuero, caballos y ese aroma almizclado que hacía que Rosalía se mojara sin remedio.

Órale, mi reina, ¿todavía con esa novela? —dijo él con voz ronca, sentándose a su lado y robándole un sorbo del tequila—. ¿Qué, ya llegaste al capítulo 153 de Pasión de Gavilanes?

Rosalía giró la cabeza, sus labios carnosos curvándose en una sonrisa coqueta.

—Sí, carnal. Mira nomás cómo se comen con los ojos. Me dan ganas de... —No terminó la frase. En cambio, se inclinó hacia él, su mano rozando su muslo fuerte.

El roce fue eléctrico. Javier sintió el pulso acelerado en su verga, que ya empezaba a endurecerse bajo los jeans ajustados.

Esta mujer me va a matar un día de estos, neta
, pensó, mientras su mirada bajaba a los pezones endurecidos que se marcaban contra la tela del vestido. La tensión crecía como una tormenta en el horizonte, el sonido de los grillos y el viento en las palmeras amplificando el silencio cargado entre ellos.

Acto primero de su propia pasión: Javier tomó la mano de Rosalía y la llevó a sus labios, besando cada dedo con deliberada lentitud. Ella jadeó, el sabor salado de su piel mezclándose con el tequila en su boca. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, el mundo se redujo a ellos dos. La novela seguía sonando de fondo, pero ya nadie prestaba atención.

La mano de él subió por su brazo, trazando senderos de fuego sobre su piel suave. Rosalía se arqueó, presionando su pecho contra el de él. Qué rico se siente su calor, pensó ella, inhalando su olor varonil que la embriagaba más que el licor. Javier la besó entonces, un beso hambriento, sus lenguas danzando con urgencia. Saboreaban el uno al otro: tequila, sudor y deseo puro. Sus manos exploraban, él apretando sus nalgas redondas, ella arañando su espalda.

Pero no era momento de apresurarse. Javier se apartó un poco, mirándola con ojos oscuros de lobo.

—No tan rápido, mi amor. Quiero saborearte despacito, como se debe.

La llevó adentro, a la recámara principal, donde la cama king size con sábanas de lino crujían bajo su peso. El aire estaba perfumado con lavanda de los saquitos que Rosalía colgaba en las esquinas. Se tumbaron lado a lado, respiraciones agitadas. Él desató el lazo del vestido con dedos temblorosos, revelando sus tetas perfectas, pezones chocolate erectos pidiendo atención. Rosalía gimió cuando su boca los capturó, chupando suave al principio, luego con más fuerza, mordisqueando lo justo para hacerla retorcerse.

¡Madre mía, qué lengua tan diabla tiene este cabrón! Su clítoris palpitaba, su panocha empapada rogando por más. Javier bajó la mano, deslizándola por su vientre plano hasta el triángulo de vello negro. Sus dedos encontraron el calor húmedo, rozando los labios hinchados. Rosalía abrió las piernas, invitándolo.

Así, Javier, métemela —susurró ella, voz ronca de necesidad.

Él introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos lentos mientras su pulgar presionaba el botón de placer. El sonido de su humedad era obsceno, chapoteos suaves que se mezclaban con sus gemidos. Rosalía cabalgaba su mano, caderas ondulando, el sudor perlando su frente.

Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes, capítulo 153 incluido
, pensó Javier, excitado al verla perder el control.

La intensidad subía. Rosalía lo empujó hacia atrás, desabrochando sus jeans con impaciencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. Ella la tomó en su mano, masturbándola despacio, sintiendo cómo latía. Qué chulada de pija, se dijo, bajando la cabeza para lamerla desde la base hasta la punta, saboreando el salado almizcle. Javier gruñó, sus manos enredándose en su cabello largo.

¡Qué rico chupas, mi reina! No pares.

Pero ella quería más. Se montó a horcajadas sobre él, frotando su coño mojado contra su polla dura. El roce era tortura exquisita, piel contra piel resbaladiza. Javier agarró sus caderas, guiándola. Lentamente, ella se hundió en él, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. ¡Ay, qué estirada me deja, pero qué chingón!

Comenzaron a moverse, un ritmo pausado al principio, savoring cada embestida. El slap de carne contra carne resonaba en la habitación, mezclado con sus jadeos y el crujir de la cama. Rosalía clavaba las uñas en su pecho, dejando marcas rojas. Javier lamía el sudor de su cuello, mordiendo su oreja mientras aceleraba el paso.

La tensión psicológica explotaba: recuerdos de miradas robadas en el corral, toques accidentales durante el día, la espera interminable. Ahora todo se liberaba. Él la volteó, poniéndola de rodillas, embistiéndola por detrás con fuerza animal. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando chispas de placer. Rosalía gritaba, ¡Más duro, cabrón, rómpeme!

El clímax se acercaba como un tren desbocado. Javier sentía sus huevos apretados, el orgasmo bullendo. Rosalía temblaba, su coño contrayéndose alrededor de él.

¡Me vengo, Javier! ¡Sí! —chilló ella, el placer explotando en olas que la dejaban sin aliento, jugos corriendo por sus muslos.

Él la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes de semen. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El afterglow era puro éxtasis: respiraciones calmándose, besos suaves, caricias perezosas.

Rosalía apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón. Olía a sexo, a ellos dos mezclados. Javier le acariciaba el cabello, sonriendo.

Mejor que cualquier telenovela, ¿verdad, mi amor?

Neta, carnal. Esto es nuestra propia Pasión de Gavilanes.

En la quietud, con la luna filtrándose por la ventana, supieron que esto era solo el principio. El deseo no se apagaba; ardía eterno, como el fuego en sus venas.

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