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La Cocina Es Mi Pasion Sensual

6074 palabras

La Cocina Es Mi Pasion Sensual

La cocina siempre ha sido mi refugio, mi mundo de sabores y texturas que me hacen vibrar. La cocina es mi pasión, lo repito como un mantra mientras revuelvo el mole en la olla humeante. El aroma del chocolate amargo mezclado con chiles secos y canela invade el aire, espeso y embriagador, como un abrazo cálido en esta noche de México City. Vivo en un depa chido en la Roma, con azulejos verdes que brillan bajo la luz tenue de las lámparas colgantes, y esta noche invité a Marco, mi carnal del gym, a probar mi receta secreta.

Él llega puntual, con esa sonrisa pícara que me hace cosquillas en el estómago. Alto, moreno, con brazos que parecen tallados en piedra y un olor a jabón fresco que compite con mis especias. "Qué olor tan chingón, Sofía", dice mientras entra, rozando mi cintura con su mano al darme un beso en la mejilla. Su aliento huele a menta, y siento un calor subir por mi cuello. Le pongo un delantal prestado, uno rojo con flores bordadas, y nos ponemos a picar cebolla juntos. Nuestros dedos se rozan accidentalmente sobre la tabla de madera, y el pulso se me acelera. Neta, este wey me prende con solo mirarme, pienso mientras lo veo cortar los ajos con precisión, sus antebrazos flexionándose.

La tensión crece como el caldo que hierve a fuego lento. Le doy a probar un poco de salsa con una cuchara de palo, soplando primero para que no se queme. Sus labios se cierran alrededor del metal, y gime bajito: "Está de poca madre, carnala". Sus ojos se clavan en los míos, oscuros y hambrientos, y de pronto su mano sube por mi brazo, suave pero firme. El vapor de la estufa nos envuelve, haciendo que el aire sea pesado, cargado de humedad. Mi piel pica bajo la blusa ligera, los pezones endureciéndose contra la tela. "Déjame ayudarte con eso", murmura, y sus caderas se pegan a las mías desde atrás mientras remuevo la olla.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto no era el plan, pero su calor contra mi espalda me derrite más que el chocolate en el mole.

Siento su verga endureciéndose contra mis nalgas, dura y palpitante a través de los jeans. Giro la cabeza, y nuestros labios se encuentran en un beso torpe al principio, salpicado de salsa y deseo. Su lengua sabe a chile y a él, invasiva, explorando mi boca con la misma pasión que yo pongo en mis guisos. Le quito el delantal de un tirón, mis manos temblando de anticipación, y él hace lo mismo conmigo, dejando mi blusa al descubierto. El sonido de la tela rasgando ligeramente me eriza la piel, y el fresco del aire contrasta con el fuego que arde entre mis piernas.

Lo empujo contra la isla de granito, fría bajo sus palmas cuando se apoya. Le desabrocho el cinturón con dedos ansiosos, el metal tintineando como campanas lejanas. Su verga salta libre, gruesa y venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La huelo, almizclada y masculina, mezclándose con el picante del aire. Me arrodillo en el piso de loseta, el frío subiendo por mis rodillas, pero no me importa. La tomo en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y la lamo desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal de su piel. Marco gime, un sonido gutural que reverbera en las paredes: "¡Pinche Sofía, qué rica!". Su mano enreda en mi pelo, guiándome sin forzar, solo animando.

Me pongo de pie, jadeante, y él me levanta sobre la isla. El granito helado contra mi culo desnudo –le bajé las calzas de un jalón– me hace jadear. Sus dedos expertas abren mis pliegues, húmedos y hinchados, explorando mi clítoris con círculos lentos que me hacen arquear la espalda. Huele a mi excitación, dulce y musgosa, compitiendo con el mole que sigue cociéndose. "Estás chorreando, mi amor", susurra, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mis jugos es obsceno, chapoteante, y mis caderas se mueven solas, follándome su mano.

Pero quiero más. Lo jalo hacia mí, guiando su verga a mi entrada. Entra de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Grito su nombre, el placer doliendo un poquito al principio, pero convirtiéndose en éxtasis puro. Sus embestidas son rítmicas, profundas, el slap-slap de piel contra piel ahogando el burbujeo de la olla. Siento cada vena frotando mis paredes, su pubis chocando contra mi clítoris con cada thrust. El sudor nos pega, salado en mi lengua cuando lo beso, sus bolas golpeando mi culo rítmicamente.

La cocina es mi pasión, pero esto... esto es el paraíso, su cuerpo sobre el mío, el calor, los olores, todo fusionándose en una explosión sensorial.

Cambio de posición, queriendo control. Lo empujo al piso, montándolo como a un semental. Mis tetas rebotan libres, pezones duros rozando su pecho velludo. Cabalgo duro, mis muslos temblando, sintiendo cómo su verga me punza el cervix con cada bajada. Él agarra mis caderas, ayudándome, sus ojos fijos en los míos: "¡Córrete para mí, Sofía! ¡Neta que eres una diosa!". El orgasmo me golpea como un tsunami, contracciones violentas ordeñando su polla, mis jugos chorreando por sus bolas. Grito, un aullido primal que sale de lo más hondo, el mundo explotando en colores y placer cegador.

Él no tarda, gruñe como bestia y se vacía dentro de mí, chorros calientes pintando mis paredes. Nos quedamos así, unidos, jadeando, el olor a sexo crudo impregnando el aire junto al mole perfecto. Me derrumbo sobre su pecho, su corazón latiendo desbocado contra mi oreja, su piel sudorosa y pegajosa bajo mis dedos.

Después, apagamos la estufa –milagro que no se quemara nada– y servimos la cena desnudos, riéndonos como pendejos. El mole sabe a gloria, con un toque extra de nosotros. Nos besamos entre bocados, sus dedos trazando patrones en mi muslo. La cocina es mi pasión, pienso mientras lo miro, pero ahora sé que compartida es aún mejor. Esta noche, el deseo se cocinó lento, y el resultado fue explosivo. Mañana, ¿repetimos? Neta que sí.

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