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Curiosidades Ardientes de la Pasion de Cristo

6600 palabras

Curiosidades Ardientes de la Pasion de Cristo

En las calles empedradas de Iztapalapa, donde el sol de abril quema como un beso furioso, todo se preparaba para la gran representación de la Pasión de Cristo. Yo, Ana, una morra de veinticinco tacos bien puestos, había conseguido el papel de María Magdalena. Neta, estaba emocionada hasta la madre. El olor a incienso y sudor se mezclaba en el aire, y el ruido de los tambores retumbaba en mi pecho como un corazón acelerado. Llevaba mi túnica raída, ajustada al cuerpo por el calor, y sentía cada roce de la tela áspera contra mis pechos, que se erguían ansiosos bajo el peso de la expectación.

Ahí lo vi por primera vez: Luis, el wey que interpretaba al centurión romano. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo su armadura de cartón pintado, como si fuera un pinche gladiador salido de una película. Me miró con esos ojos cafés intensos, y sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que te hacen apretar las piernas sin querer.

"Órale, Magdalena, ¿lista para sufrir por el Señor?"
me dijo con una sonrisa pícara, su voz grave retumbando como trueno lejano.

Reíamos mientras ensayábamos la escena del azote. Él fingía látigo en mano, y yo me arrodillaba, tocando su pierna con disimulo. Curiosidades de la Pasión de Cristo, me contó después, mientras compartíamos un refresco helado en el puesto de la esquina.

"¿Sabías que en las representaciones antiguas, los actores se flagelaban de a de veras? Pero aquí en Iztapalapa, neta que hay chismes más jugosos."
Su aliento olía a menta y algo más, a hombre, a deseo contenido. Hablamos de cómo Judas besaba a Jesús con tanta pasión que parecía amor prohibido, y de María, la madre, con su dolor que se sentía carnal. Cada palabra suya me erizaba la piel, y el sudor nos pegaba la ropa, haciendo que todo contacto fuera eléctrico.

El primer acto del ensayo terminó, y el sol se ponía tiñendo el cielo de rojo sangre. La tensión crecía como una tormenta. Luis me jaló del brazo hacia un callejón detrás del escenario improvisado, donde las cruces de madera apiladas olían a pino fresco y resina.

"Ven, te cuento una curiosidad que no sale en los libretos."
Sus manos grandes, callosas por el trabajo en la construcción, rozaron mi cintura. Sentí el calor de su palma a través de la tela fina, y mi cuerpo respondió con un jadeo ahogado. ¿Qué chingados estoy haciendo? pensé, pero mis pezones ya se endurecían, traicioneros.

Nos sentamos en una cruz horizontal, nuestras piernas rozándose. Habló de cómo en la Pasión real, el cuerpo de Cristo sudaba sangre, hidroplesía, decían los sabios, pero para mí era como el sudor que ahora perlaba su cuello, invitándome a lamerlo.

"Imagínate el dolor mezclado con placer, Ana. Como cuando te tocas de noche pensando en pecados."
Su voz era un ronroneo, y su mano subió por mi muslo, deteniéndose justo donde la túnica se arrugaba. Olía a él: tierra, hombre, excitación. Mi concha palpitaba, húmeda ya, y el aroma almizclado de mi propia arousal se mezclaba con el de la noche cayendo.

No puedo parar esto, me dije, pero no quería. Lo besé primero, mis labios chocando contra los suyos con hambre de loba. Su lengua invadió mi boca, saboreando a tamarindo del dulce que comió antes, y sus manos amasaron mis nalgas con fuerza.

"Eres una Magdalena bien pinche caliente, wey."
gemí contra su boca, riendo entre jadeos. Se quitó la armadura con prisa, revelando un torso tatuado con vírgenes de Guadalupe y calaveras, sudoroso y brillante bajo la luz de la luna. Toqué su verga a través del pantalón, dura como hierro, latiendo bajo mis dedos. El pulso en mi clítoris era un tambor de guerra.

Lo empujé contra la cruz, arrodillándome como en el ensayo, pero esta vez por puro gusto. Bajé su zipper con dientes, liberando esa verga gruesa, venosa, con un glande rosado que brillaba de precum. Olía a macho puro, salado. La lamí desde la base, sintiendo las venas palpitar contra mi lengua, y él gruñó,

"¡Chin... gón, Ana, qué chido!"
Sus manos enredadas en mi pelo negro, guiándome sin forzar, solo animando. Chupé con ganas, saboreando su esencia, el sonido húmedo de mi boca llenando el callejón. Mi mano se coló bajo mi túnica, frotando mi panocha empapada, los jugos chorreando por mis muslos.

Me levantó como si no pesara nada, volteándome contra la madera rugosa que raspaba mi espalda de forma deliciosa. Duele rico, pensé. Rasgó mi túnica por delante, exponiendo mis tetas grandes, pezones cafés duros como piedras. Los succionó con avidez, mordisqueando hasta que grité de placer, el sonido ahogado por su boca.

"Te quiero adentro, Luis, métemela ya, pendejo."
Su verga rozó mi entrada, caliente, resbaladiza por mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome completa. El olor a sexo crudo nos envolvía, mezclado con el incienso lejano de alguna procesión.

El ritmo empezó lento, sus caderas chocando contra las mías con un plaf plaf húmedo, sus bolas golpeando mi culo. Agarré la cruz, astillas pinchando mis palmas, dolor que avivaba el fuego. La tensión subía como la marea en Semana Santa. Aceleró, follándome duro, su aliento jadeante en mi oreja:

"Eres mi Magdalena pecadora, neta que me traes loco."
Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y el clímax me golpeó como un latigazo: ondas de placer desde mi clítoris hasta la punta de los dedos, gritando su nombre mientras mi concha se contraía en espasmos. Él se corrió segundos después, caliente semen llenándome, gimiendo ronco, su cuerpo temblando contra el mío.

Nos quedamos ahí, pegados, sudor enfriándose en la brisa nocturna. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Olía a nosotros, a pecado satisfecho.

"Esa es la curiosidad más ardiente de la Pasión, Ana. El placer detrás del dolor."
Reí bajito, acariciando su pelo revuelto. Caminamos de regreso al escenario, piernas flojas, sonrisas cómplices. La multitud aplaudía el ensayo final, ajena a nuestro secreto. En mi mente, las curiosidades de la Pasión de Cristo ya no eran solo historia: eran carne, sudor, éxtasis compartido. Y supe que repetiríamos, porque en Iztapalapa, la pasión nunca termina con la cruz.

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