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Pasion Capitulo 37 Fuego en la Sangre

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Pasion Capitulo 37 Fuego en la Sangre

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel de Allende, tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que mi piel se erizara con cada brisa ligera. Yo, Ana, acababa de llegar a la casa de mi cuate Javier después de semanas sin vernos. Él me esperaba en el porche, con esa sonrisa pícara que siempre me ponía el corazón a mil. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Órale, pensé, este wey sigue siendo el mismo chulo de siempre.

Nena, ¡al fin llegaste! —dijo él, levantándose de un salto y envolviéndome en un abrazo que olía a colonia fresca y a algo más, a ese aroma masculino que me hacía debilizar las rodillas.

Me apretó contra su pecho, y sentí su calor filtrándose a través de mi blusa ligera. Mi cuerpo reaccionó al instante: un cosquilleo en el vientre, un calor que subía por mis muslos. Hacía meses que no nos veíamos por sus viajes de trabajo, pero esa pasion entre nosotros nunca se apagaba. Era como si cada encuentro fuera capitulo 37 de nuestra propia novela erótica, siempre más intensa que la anterior.

Entramos a la casa, una casona colonial con patios llenos de buganvilias y el sonido distante de una guitarra callejera. Javier me sirvió un mezcal helado, y nos sentamos en el sofá de cuero suave. Sus ojos cafés me devoraban mientras charlábamos de tonterías: el tráfico en la CDMX, las fiestas en la playa de Puerto Vallarta. Pero el aire estaba cargado, espeso como miel caliente. Cada vez que se inclinaba para servirme más trago, su rodilla rozaba la mía, enviando chispas por mi piel.

¿Por qué me hace esto? —pensé—. Sabe que solo con una mirada me tiene rendida. Pero no voy a ser fácil esta vez. Que sufra un poquito.

La noche cayó rápido, y Javier propuso salir a cenar a un restaurante escondido en el centro. Caminamos de la mano, el bullicio de la plaza animándonos con risas y mariachis. En la mesa, bajo luces tenues, pidió tacos de arrachera jugosos y una botella de tequila reposado. Cada bocado era una excusa para que sus dedos rozaran mis labios. Yo le devolví el juego, lamiendo lentamente la salsa picante de mi pulgar, viéndolo tragar saliva.

—Estás bien rica esta noche, Ana —murmuró, su voz ronca como grava.

Y tú bien pendejo si crees que te la voy a poner fácil —respondí riendo, pero mi pulso ya latía fuerte en las sienes.

Volvimos caminando lento, deteniéndonos en un callejón oscuro para besarnos por primera vez. Sus labios eran firmes, exigentes, sabían a tequila y a deseo puro. Me presionó contra la pared de adobe fresco, su lengua explorando mi boca con hambre. Sentí su erección dura contra mi vientre, y un gemido se me escapó sin querer. El olor de jazmines del patio cercano se mezclaba con su sudor ligero, embriagador.

Acto primero cerrado: la tensión era palpable, como un volcán a punto de estallar.

De vuelta en la casa, el aire estaba más pesado. Javier encendió velas en el dormitorio principal, iluminando la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Me quitó la blusa con manos temblorosas, besando mi cuello mientras sus dedos trazaban mi espalda. Mi piel ardía bajo su toque, cada roce como fuego líquido.

—Te extrañé tanto, carnal —susurró, bajando la boca a mis pechos. Sus labios capturaron un pezón, chupando suave al principio, luego con más fuerza. Un jadeo profundo brotó de mi garganta; el placer era agudo, como un rayo que bajaba directo a mi centro.

Yo no me quedé atrás. Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, las venas hinchadas bajo mis dedos. Chingón, pensé, siempre me impresiona lo dura que se pone por mí. La acaricié de arriba abajo, oyendo sus gruñidos bajos, como un animal en celo.

Esto es lo que necesitaba. No solo su cuerpo, sino sentirme poderosa, deseada. Que me mire como si fuera la única mujer en el mundo.

Nos tumbamos en la cama, cuerpos entrelazados en una danza lenta. Sus manos bajaron a mi short, deslizándolo junto con las panties de encaje. El aire fresco besó mi concha húmeda, expuesta y ansiosa. Javier se arrodilló entre mis piernas, inhalando mi aroma con un gemido de aprobación.

—Hueles a pasion capitulo 37, mi amor —dijo, refiriéndose a esa serie de novelas eróticas que leíamos juntos, donde cada capítulo era un clímax mejor—. Déjame saborearte.

Su lengua tocó mi clítoris primero, un roce ligero que me hizo arquear la espalda. Lamía con maestría, círculos lentos, succionando mis labios hinchados. El sonido era obsceno: húmedo, chupante, mezclado con mis gemidos crecientes. Sentía el calor subiendo, oleadas de placer que me contraían los músculos. Mis manos enredadas en su cabello negro, tirando suave para guiarlo más profundo.

—¡Sí, así, Javier! No pares, cabrón —supliqué, mi voz entrecortada.

Él obedeció, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para golpear ese punto que me volvía loca. El olor de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce. Mi orgasmo se acercó como una tormenta: pulsos rápidos en mi vientre, piernas temblando. Exploté con un grito ahogado, mi concha apretando sus dedos en espasmos interminables.

Pero no era el fin. Javier se incorporó, su verga reluciente de mi jugo. Me volteó boca abajo con gentileza, besando mi espinazo mientras se posicionaba. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué chido! Llenándome por completo, su grosor rozando cada pared sensible.

Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sincronizado con nuestros jadeos. Sudor nos cubría, salado en la lengua cuando lamí su hombro. Sus manos en mis caderas, guiándome contra él, empoderándome en el control.

—Dame más, nena. Muévete para mí —gruñó, y yo lo hice, empujando hacia atrás, cabalgándolo desde abajo.

La intensidad creció: más rápido, más fuerte. Sentía su verga hincharse dentro, lista para estallar. Mi segundo clímax llegó primero, un tsunami que me cegó, estrellas explotando detrás de mis párpados. Grité su nombre, arañando las sábanas.

Javier se corrió segundos después, caliente y abundante, llenándome con pulsos que sentía hasta el alma. Colapsamos juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.

Acto segundo: la escalada había sido perfecta, capas de deseo despojadas una a una.

En el afterglow, yacíamos envueltos en las sábanas revueltas. Javier me acunaba, besando mi frente húmeda. El aroma de sexo impregnaba todo: semen, sudor, mi esencia. Afuera, un grillo cantaba, y la luna se colaba por las cortinas.

—Esto fue como pasion capitulo 37 —murmuré, riendo bajito—. El mejor hasta ahora.

—Y habrá más, mi reina. Tú mandas —respondió él, su mano trazando círculos perezosos en mi vientre.

Me sentía completa, empoderada. No era solo placer físico; era conexión, fuego que nos unía más allá de la carne. Cerré los ojos, saboreando el lingering calor en mi cuerpo, el pulso aún latiendo suave entre mis piernas. Mañana seguiría la vida, pero esta noche era nuestra eternidad.

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