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Vino Tinto Pasion

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Vino Tinto Pasion

La noche en la terraza de la casa de mi carnala en Polanco estaba chida de verdad. Luces tenues, música de fondo con un toque de cumbia rebajada y el aroma del cilantro fresco flotando desde la cocina. Yo, Sofia, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el estrés acumulado como un nudo en el pecho. Quería desconectar, neta. Tomé un trago de mi chela helada cuando lo vi: Diego, recargado en la barandilla, con una copa de vino tinto en la mano. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace pensar en travesuras. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera cargado de electricidad.

"¿Qué onda, güey? ¿Primera vez aquí?" me dijo acercándose, su voz grave y ronca, como un ronroneo. Olía a colonia fresca con un fondo de madera ahumada. Le contesté con una sonrisa, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Charlamos de tonterías: el tráfico de la Reforma, lo padísimo que estaba el metro esa mañana. Pero entre risas, noté cómo sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote sutil bajo la blusa floja.

Órale, Sofia, no seas pendeja, este wey te está midiendo de arriba abajo
, pensé, y un hormigueo se instaló entre mis piernas.

Me ofreció un sorbo de su copa. "Prueba este vino tinto, es de Valle de Guadalupe, pura pasión en cada gota". Lo tomé, el líquido rojo oscuro rozó mis labios, sabroso, con notas de cereza y especias que me calentaron la garganta. Nuestros dedos se tocaron al pasarla de vuelta, y ahí fue: el primer chispazo. "Vino tinto pasión", murmuró él, como si leyera mi mente, y brindamos. El deseo inicial era como una brisa tibia, pero ya empezaba a avivarse.

La fiesta seguía su rollo, pero nosotros nos apartamos a un rincón de la terraza, bajo las guirnaldas de luces. Hablamos de todo: de cómo él era chef en un restaurante fancy de la Condesa, de mis locuras viajando por la Baja. Cada palabra suya era un roce invisible, su rodilla rozando la mía accidentalmente — o no tan accidental. Sentía su calor a través de la tela de mi falda, el pulso acelerándose en mi cuello.

Quiero que me bese ya, carajo, pero hay que ir despacio, que valga la pena
. Le conté de mi última ruptura, cómo necesitaba algo real, intenso. Él asintió, sus ojos oscuros clavados en los míos. "Yo también, Sofia. Algo que queme por dentro".

El vino fluía, copa tras copa. Su mano se posó en mi muslo, un toque ligero al principio, explorando. La piel se me erizó, el sonido de su respiración profunda mezclándose con el jazz suave de fondo. Olía a él, a sudor limpio y deseo contenido. Me incliné, mis labios cerca de su oreja: "¿Y si nos vamos a un lugar más privado?". Su respuesta fue un beso fugaz en el cuello, enviando ondas de placer directo a mi centro. Caminamos tomados de la mano hasta su coche, un cacharro viejo pero con onda, y en el trayecto a su depa en la Roma, sus dedos jugaban con mi mano, prometiendo más.

Al llegar, el departamento era un oasis: paredes de adobe pintado, velas aromáticas a vainilla y una botella de vino tinto esperando en la mesa. "Para continuar nuestra vino tinto pasión", dijo con guiño. Nos sentamos en el sofá de piel suave, el roce contra mis piernas desnudas intensificando todo. Bebimos despacio, saboreando cada sorbo mientras sus labios capturaban los míos por fin. Fue un beso hambriento, lenguas danzando con el sabor ácido del vino, sus manos en mi cintura apretando con urgencia contenida. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.

Su lengua sabe a tentación pura, me está volviendo loca
.

La ropa empezó a sobrar. Le quité la camisa, revelando un torso marcado por horas en la gym, piel morena y cálida bajo mis palmas. Él desabrochó mi blusa con dedos temblorosos de anticipación, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire olía a nuestro arousal, a feromonas mezcladas con el vino derramado en la mesa. Sus labios bajaron a mis pechos, succionando un pezón endurecido, enviando descargas eléctricas a mi clítoris palpitante. "Qué rico te sientes, Sofia", murmuró contra mi piel, su aliento caliente. Yo arqueé la espalda, enredando mis dedos en su cabello negro, guiándolo más profundo.

Nos movimos al piso, alfombra persa mullida bajo nosotros. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, latiendo en mi mano. La acaricié despacio, sintiendo las venas prominentes, el calor irradiando. Él jadeó, un sonido gutural que me mojó más. "Chíngame con la boca, mi amor", le pedí, y él obedeció, arrodillándose. Su lengua experta lamió mi sexo depilado, saboreando mis jugos dulces, chupando el clítoris con maestría. El placer era olas crecientes, mis caderas moviéndose al ritmo de su boca, el slap de su saliva contra mi carne húmeda llenando la habitación.

No aguanto más, voy a explotar
. Grité su nombre al correrme, temblores sacudiendo mi cuerpo, él lamiendo cada gota.

Pero no paró ahí. Me volteó con gentileza, poniéndome a cuatro patas, su cuerpo cubriendo el mío como una manta caliente. Entró en mí de un solo empujón suave, llenándome por completo. "¡Sí, Diego, así!", grité, el estiramiento delicioso, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada centímetro, el sonido de piel contra piel rítmico, sudor perlando nuestras espaldas. Aceleró, sus manos en mis caderas, jalándome contra él. Olía a sexo crudo, a vino y pasión desatada. Mis pechos rebotaban, pezones rozando la alfombra áspera, intensificando todo.

El clímax se acercaba como un tren. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo con furia, mis uñas clavándose en su pecho. Sus ojos fijos en los míos, "Vente conmigo, Sofia, vino tinto pasión total". El orgasmo nos golpeó juntos, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes llenándome mientras él rugía. Colapsamos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono, el aroma almizclado envolviéndonos.

Después, en la cama con sábanas frescas, compartimos el resto del vino, piel contra piel. Su cabeza en mi pecho, dedos trazando patrones perezosos en mi vientre. "Eso fue chingo intenso", susurré, besando su frente. Él sonrió, "Solo el comienzo, mi reina". El afterglow era paz profunda, el deseo saciado pero con promesa de más. Afuera, la ciudad murmuraba, pero adentro, solo existía esa conexión, nacida de un sorbo de vino tinto pasión. Me dormí pensando en noches futuras, el corazón lleno y el cuerpo contento.

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