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Pasión Telenovela Completa Desatada

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Pasión Telenovela Completa Desatada

Ana sentía el pulso de la noche mexicana latiendo en sus venas mientras subía al rooftop de ese edificio en Polanco. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas, y el aire traía el aroma mezclado de tacos al pastor de la calle y el perfume caro de los invitados. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante impaciente, y sus tacones resonaban contra el piso de mármol. Órale, esta noche va a ser chida, pensó, ajustándose el escote.

Entonces lo vio. Diego, con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho, ojos negros que prometían tormentas de pasión telenovela completa. Era como si hubiera saltado de la pantalla de Televisa directo a su realidad. Él charlaba con unos güeyes, pero su mirada la atrapó al instante, como un imán. Ana sintió un cosquilleo en la piel, el calor subiendo por sus muslos. Se acercó a la barra, pidiendo un tequila reposado, y él no tardó en materializarse a su lado.

—¿Qué hace una morra tan guapa en un lugar como este? —dijo con voz ronca, su aliento oliendo a mezcal ahumado.

—Neta que busco aventura, carnal. ¿Y tú? —respondió ella, mordiéndose el labio, el corazón acelerado como tambores de mariachi.

Hablaron toda la noche. De telenovelas que los habían marcado, de amores imposibles que terminaban en besos bajo la lluvia. Diego era actor, había salido en unas cuantas, y Ana confesó que soñaba con vivir una pasión telenovela completa, de esas que te dejan sin aliento. Bailaron salsa pegados, sus cuerpos rozándose, el sudor perlando su piel. Sus manos en la cintura de ella, fuertes y seguras. Cuando sus labios casi se rozaron al final de la canción, el mundo se detuvo. Pero se separaron, riendo nerviosos.

¡No mames, este pendejo me va a volver loca!
pensó Ana, el deseo ardiendo en su vientre.

Al día siguiente, un mensaje: "¿Café? Quiero más de esa pasión telenovela que prometes." Ana sonrió, el teléfono vibrando en su mano como su pulso. Se encontraron en una cafetería en la Roma, con el olor a café de chiapas y pan dulce flotando. Hablaron de todo: de sus trabajos —ella diseñadora gráfica, él en comerciales—, de sueños rotos y ganas de comerse el mundo. Sus rodillas se tocaban bajo la mesa, un roce eléctrico que enviaba chispas por su espina.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Pasearon por el parque, el sol calentando su piel, y él le tomó la mano. Su palma áspera, callosa de tanto gym, me hace imaginarla en partes más íntimas, monologó Ana internamente. Esa noche, cena en su depa en Condesa. Vino tinto mexicano, velas parpadeando, música de Natalia Lafourcade de fondo. Se sentaron en el sofá, demasiado cerca. Diego le apartó un mechón de cabello, su dedo rozando su cuello.

—Ana, desde anoche no dejo de pensar en ti. Eres como la protagonista de mis fantasías más calientes.

—Pues hazme tuya, güey. Quiero esa pasión telenovela completa que solo vemos en la tele.

Él la besó entonces, lento al principio, labios suaves probando los suyos, sabor a vino y menta. Ana gimió bajito, abriendo la boca para su lengua, que danzaba con la suya en un tango húmedo. Sus manos exploraron: las de él subiendo por sus muslos, arrugando la falda, las de ella desabotonando su camisa, sintiendo los músculos duros bajo la piel caliente. Olía a colonia masculina y sudor limpio, embriagador. Se separaron jadeantes, miradas encendidas.

—¿Estás segura, reina? —preguntó él, voz temblorosa de contención.

—Más que nunca, pendejo. Córrete conmigo a la cama.

La llevó en brazos al cuarto, risas mezcladas con besos. La cama king size los recibió, sábanas frescas de algodón egipcio. Ana se quitó el vestido, quedando en lencería negra que realzaba sus pechos llenos y caderas anchas. Diego se desnudó, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, haciendo que Ana se humedeciera al instante. ¡Qué chingona pinta! Me la quiero tragar entera.

Él la tumbó suave, besando su cuello, lamiendo el lóbulo de su oreja mientras sus dedos trazaban círculos en sus pezones endurecidos. Ana arqueó la espalda, gimiendo, el sonido crudo y animal. Bajó por su vientre, mordisqueando la piel suave, hasta llegar a sus bragas empapadas. Las quitó con dientes, inhalando su aroma almizclado de mujer en celo. Su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiendo despacio, saboreando el néctar salado dulce.

—¡Ay, Diego! ¡No pares, cabrón! —suplicó ella, manos enredadas en su cabello negro, caderas moviéndose al ritmo de su boca.

La chupó con devoción, introduciendo dos dedos gruesos en su panocha resbaladiza, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ana gritó, el orgasmo construyéndose como volcán, oleadas de placer tensando sus músculos. Él aceleró, succionando fuerte, hasta que explotó: jugos calientes inundando su boca, cuerpo convulsionando, uñas clavándose en sus hombros.

Pero no pararon. Ana lo volteó, montándose a horcajadas, frotando su humedad contra su polla dura como acero. Lo besó feroz, probando su propio sabor en su lengua. Bajó despacio, empalándose centímetro a centímetro, gimiendo ante la plenitud. ¡Qué rica se siente su verga estirándome! Empezó a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando sus cuerpos. Diego la agarró de las nalgas, guiándola, embistiéndola desde abajo con golpes profundos que resonaban húmedos.

—¡Fóllame más duro, amor! ¡Dame toda tu pasión!

Cambiaron posiciones: él encima, misionero intenso, piernas de ella en sus hombros, penetrándola hasta el fondo. El slap slap de piel contra piel, gemidos mezclados con palabras sucias: "¡Estás tan mojada, pinche rica!" "¡Cógeme como animal, Diego!". El aire olía a sexo puro, almizcle y sudor. Sus ojos conectados, almas desnudas en esa pasión telenovela completa.

El clímax llegó como tsunami. Ana se corrió primero, paredes vaginales apretando su verga en espasmos, gritando su nombre. Él la siguió, rugiendo, chorros calientes llenándola, cuerpos temblando unidos. Colapsaron, jadeos entrecortados, piel pegajosa. Diego la besó tierno, saliendo despacio, semen goteando entre sus muslos.

Se acurrucaron bajo las sábanas, el corazón de ella latiendo contra su pecho. El skyline de la ciudad brillaba por la ventana, testigo de su unión.

Esto fue mejor que cualquier telenovela, neta. Es real, es nuestro
, pensó Ana, trazando círculos en su espalda.

—¿Repetimos mañana? —preguntó él, voz perezosa.

—Todos los días, mi galán. Esta pasión no acaba aquí.

Durmieron entrelazados, el afterglow envolviéndolos como niebla cálida, sabiendo que su historia apenas empezaba, llena de más episodios ardientes.

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