Cuantos Capitulos de Pasion Prohibida Resistimos Juntos
Ana se recargó en la silla de la cafetería en Polanco, con el aroma del café de olla recién molido invadiendo sus fosas nasales. El sol de la tarde de México City filtraba a través de las ventanas altas, calentando su piel morena bajo la blusa ligera de algodón. Frente a ella, Marco, su compañero de oficina, la miraba con esos ojos cafés intensos que siempre la ponían nerviosa. Neta, el wey era guapísimo, con esa barba recortada y el cuerpo atlético que se adivinaba bajo la camisa ajustada.
¿Por qué carajos me late tanto este pendejo? pensó Ana, mordiéndose el labio inferior mientras hojeaba el libro que acababa de comprar. Pasión Prohibida. La portada mostraba una pareja entrelazada en sombras rojas, prometiendo todo tipo de pecados deliciosos.
—Oye, Marco —dijo ella, con voz juguetona, deslizando el libro hacia él—. ¿Tú sabes cuantos capítulos tiene la novela Pasión Prohibida? Acabo de empezar y ya me tiene bien prendida. Es como si cada página oliera a deseo puro.
Marco levantó una ceja, su sonrisa pícara iluminando su rostro. Tomó el libro, sus dedos rozando los de ella en un toque eléctrico que le erizó la piel del brazo.
—No tengo idea, mamacita, pero suena a que necesitamos averiguarlo juntos. ¿Qué tal si vienes a mi depa esta noche? Tengo una botella de mezcal artesanal y un sofá perfecto para leer... o lo que surja.
Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando.
¡Órale, esto va en serio! ¿De verdad voy a ir? Neta que sí, el cuerpo me pide acción.Asintió, el pulso acelerándosele en las venas.
La noche cayó sobre la ciudad con un cielo estrellado que se reflejaba en los ventanales del departamento de Marco en Lomas de Chapultepec. El lugar era chido: muebles de madera oscura, velas aromáticas de vainilla y jazmín encendidas, música suave de rancheras modernas de fondo. Ana se quitó los tacones al entrar, sintiendo el piso fresco bajo sus pies descalzos. Marco le sirvió un trago de mezcal, el líquido ahumado quemándole la garganta con un calor placentero.
Se acomodaron en el sofá amplio, tan cerca que sus muslos se rozaban. Ana abrió el libro, el papel crujiendo suavemente. ¿Cuántos capítulos tiene la novela Pasión Prohibida? Marco había buscado en su cel en el camino: dieciocho, nada más y nada menos. Pero ahora, con sus cuerpos casi pegados, contar capítulos era lo de menos.
—Lee en voz alta, Ana —murmuró él, su aliento cálido contra su oreja, oliendo a mezcal y hombre—. Quiero oír cómo suena esa pasión en tu boca.
Ella comenzó, la voz ronca por la anticipación. Las palabras describían besos robados, pieles sudorosas, gemidos ahogados en la oscuridad. Cada frase avivaba el fuego en su vientre. Sentía el calor de la pierna de Marco presionando la suya, su mano descansando casualmente en su rodilla, subiendo milímetros a milímetros. El aire se cargaba de electricidad, el aroma de sus excitaciones mezclándose con las velas: almizcle dulce, sudor fresco, deseo crudo.
¡Puta madre, esto es tortura deliciosa! pensó Ana, mientras leía una escena donde los amantes se tocaban por primera vez. Su corazón latía como tambor en un carnaval, los pezones endureciéndose bajo el bra de encaje. Marco se inclinó, su nariz rozando su cuello, inhalando su perfume de gardenias.
—Sigue... —susurró, su mano ahora en su muslo interno, dedos trazando círculos lentos que le enviaban chispas directas al centro de su ser.
Ana dejó el libro a un lado, incapaz de concentrarse. Se giró hacia él, sus labios a centímetros. El beso fue inevitable, como en la novela. Sus bocas se encontraron con hambre, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Saboreó el mezcal en él, salado y dulce, mientras sus manos exploraban. Las de Marco subieron por su espalda, desabrochando el sostén con maestría, liberando sus senos plenos. Él gimió contra su boca al tocarlos, pulgares rozando los pezones erectos, enviando ondas de placer que la humedecían al instante.
—Eres tan chingona, Ana —jadeó él, bajando la cabeza para lamer un pezón, succionándolo con avidez. Ella arqueó la espalda, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes. Sus uñas se clavaron en sus hombros, oliendo su colonia fresca mezclada con sudor masculino.
El sofá crujió bajo su peso cuando Marco la recostó, quitándole la falda con urgencia. Sus bragas de hilo negro estaban empapadas, y él lo notó, sonriendo lobuno.
—Mira nada más cómo estás de mojada por esa pasión prohibida —dijo, voz grave como trueno lejano. Sus dedos se colaron bajo la tela, rozando su clítoris hinchado. Ana soltó un grito ahogado, caderas moviéndose solas contra su mano.
¡Sí, cabrón, así! Tócame como si fueras el protagonista de esa novela.
La tensión escalaba como una tormenta en el desierto. Marco se arrodilló entre sus piernas, besando su vientre suave, bajando hasta arrancarle las bragas con los dientes. El aire fresco besó su sexo expuesto, palpitante. Él inhaló profundo, neta embriagado por su aroma almizclado, antes de lamerla despacio, lengua plana recorriendo desde la entrada hasta el botón sensible. Ana se retorcía, manos enredadas en su cabello negro, saboreando el placer que le subía por la espina como fuego líquido.
—Más... órale, no pares —suplicó, voz entrecortada. Él obedeció, dedos uniéndose a la fiesta: dos adentro, curvándose contra su punto G, mientras chupaba con maestría. El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de su barba en sus muslos internos, el slap húmedo de su boca, sus propios gemidos convirtiéndose en gritos. El orgasmo la golpeó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, jugos inundando su boca. Marco bebió de ella como sediento, prolongando las réplicas hasta que ella lo jaló arriba, desesperada por más.
—Te quiero dentro, pendejo —exigió, riendo entre jadeos. Él se quitó la ropa en segundos, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre acero. Lo masturbó lento, torturándolo como él a ella, antes de guiarlo a su entrada resbaladiza.
Entró de un embiste suave, llenándola por completo. Ambos gruñeron, piel contra piel sudada, el slap de caderas uniéndose al ritmo. Marco la penetraba profundo, lento al principio, saboreando cada centímetro, sus senos rebotando con cada thrust. Ana clavó uñas en su espalda, oliendo el sexo en el aire denso, sintiendo sus bolas golpeando su culo.
—Eres mía esta noche —gruñó él, acelerando, el sofá temblando. Ella enredó piernas en su cintura, encontrando su ritmo, clítoris frotándose contra su pubis. El placer subía otra vez, espiral infinito.
¡Chingado, esto es mejor que cualquier novela! Dieciocho capítulos no bastan para esto.
Cambiaron posiciones: Ana encima, cabalgándolo como amazona. Sus caderas giraban, moldeándose a él, senos balanceándose ante su rostro ávido. Él los amasó, pellizcando pezones, mientras ella rebotaba, empalándose dura. El sudor les chorreaba, mezclándose, el aroma salado embriagador. Sus ojos se clavaron, conexión más allá de lo físico: deseo mutuo, confianza absoluta.
—Me vengo... ¡juntos! —gritó ella, el clímax explotando en estrellas. Marco rugió, hundiéndose profundo, llenándola con chorros calientes que la prolongaron en éxtasis. Colapsaron, entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose en armonía.
En el afterglow, con su cabeza en el pecho de él, escuchando el latido fuerte de su corazón, Ana sonrió. El libro yacía olvidado en el piso, páginas abiertas en algún capítulo intermedio. Cuantos capítulos tiene la novela Pasión Prohibida? Dieciocho, pero su propia historia apenas empezaba. Marco la besó la frente, mano acariciando su espalda.
—Esto fue mejor que cualquier lectura, ¿verdad, reina?
—Simón, cabrón. Y quiero más capítulos contigo.