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Pasión de Cacao

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Pasión de Cacao

Entraste a la chocolatería artesanal en el corazón de Coyoacán, con el sol de la tarde filtrándose por las ventanas empañadas. El aire estaba cargado de un aroma profundo, terroso, como tierra mojada después de la lluvia mezclada con notas dulces de vainilla y algo más salvaje: pasión de cacao. Ese perfume te envolvió de inmediato, haciendo que tu piel se erizara bajo la blusa ligera de algodón. México City bullía afuera con sus cláxones y risas callejeras, pero aquí dentro todo era calma sensual, un refugio de tentaciones prohibidas para el paladar.

Detrás del mostrador, Diego te miró con ojos oscuros como el cacao puro. Era alto, con piel morena curtida por el sol tabasqueño, y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. “Buenas tardes, güerita”, dijo con voz ronca, ese acento chilango juguetón que te hacía cosquillas en el estómago. “¿Buscas algo especial o nomás vienes a probar?” Sus manos, fuertes y manchadas levemente de chocolate, acomodaban tabletas relucientes en el anaquel.

Tú, con el corazón latiendo un poco más rápido, respondiste: “Algo que despierte los sentidos, wey. Dicen que aquí tienen la pasión de cacao más intensa de la ciudad”. Él rio bajito, un sonido grave que vibró en tu pecho. “La pasión de cacao no es para cualquiera, mi reina. Es nuestra mezcla secreta: cacao criollo de Chiapas, chile y un toque de canela. Te prende el fuego por dentro”. Te extendió una tableta pequeña, y cuando tus dedos rozaron los suyos, una chispa eléctrica recorrió tu brazo. Caliente, ya desde el principio.

Te invitó a sentarte en una mesita íntima al fondo, lejos de los pocos clientes. Rompiste un pedazo y lo dejaste derretir en tu lengua. ¡Neta, qué delicia! El sabor explotó: amargo al inicio, como un beso traicionero, luego dulce y ardiente, con el picor del chile subiendo por tu garganta. “¿Ves? Te hace sudar”, murmuró él, acercándose tanto que sentiste el calor de su cuerpo. Su aliento olía a cacao también, mezclado con un toque de su colonia fresca, como oceano y madera.

La conversación fluyó como el chocolate fundido. Hablaste de tus viajes por México, de cómo el cacao te recordaba a las leyendas mayas, de dioses que se excitaban con su néctar. Él contó de su familia en Villahermosa, de plantar cacaotales bajo la selva húmeda. Cada palabra avivaba la tensión; sus ojos bajaban a tus labios manchados de chocolate, y tú no podías evitar mirar el bulto sutil en sus jeans ajustados.

Este wey me está volviendo loca”, pensaste, mientras un pulso cálido se instalaba entre tus piernas.

El sol se ponía, tiñendo el local de naranja. “¿Quieres ver el taller arriba? Ahí preparamos la pasión de cacao de verdad”, propuso, con esa mirada que no pedía permiso, pero invitaba con fuego. Asentiste, el deseo ya latiendo en tu vientre como un tambor azteca. Subieron escaleras chirriantes, el aroma intensificándose. El taller era un caos ordenado: mesas de mármol manchadas, moldes relucientes, y en el centro, una olla humeante de chocolate derretido.

Allí, solos, la atmósfera cambió. Él te tomó la mano y la hundió en el chocolate tibio. “Prueba así, directo del corazón”. El líquido viscoso cubrió tus dedos, cálido y sedoso, goteando lento. Lo lamiste, gimiendo sin pudor ante el sabor puro, y él se acercó, chupando el resto de tu piel con labios firmes. Su lengua, áspera y hambrienta, trazó círculos en tu nudillo, enviando ondas de placer hasta tu centro. “¡Qué rico, cabrón!”, susurraste, y él rio contra tu piel, el aliento caliente acelerando tu pulso.

La escalada fue natural, como el río que se desborda. Te quitó la blusa con manos temblorosas de anticipación, vertiendo chocolate en tu clavícula. Lo lamió despacio, su boca dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire, contrastando con el fuego de su lengua. Tú desabrochaste su camisa, oliendo su piel salada, masculina, y untaste sus pectorales con el dulce pecado. Pasión de cacao en cada roce, derramándose por vuestros cuerpos como lava voluptuosa.

Te recostó en la mesa grande, el mármol fresco contra tu espalda desnuda un shock delicioso. Sus manos exploraron, untando chocolate en tus pechos, bajando por tu vientre tembloroso. El sonido de su respiración agitada llenaba el cuarto, mezclado con tus jadeos y el leve crepitar del chocolate enfriándose. “Eres una diosa, mi amor”, gruñó, mientras sus dedos, resbalosos, se colaban bajo tu falda, encontrando tu humedad ardiente. Te abrió despacio, masajeando con el chocolate como lubricante natural, y tú arqueaste la espalda, gimiendo “¡Chíngame con eso, Diego, no pares!”.

El deseo crecía en oleadas. Lo jalaste hacia ti, despojándolo de los jeans. Su miembro erecto, grueso y palpitante, brillaba con el cacao que untaste generosa. Lo saboreaste, la sal de su piel fusionándose con el amargor dulce, tu lengua danzando en la punta mientras él gemía “¡Neta, güerita, me vas a matar!”. Lo montaste entonces, guiándolo dentro de ti con un suspiro largo. El estiramiento fue perfecto, lleno, el chocolate facilitando cada embestida profunda. El ritmo se aceleró: piel contra piel chapoteando, olores de sexo y cacao embriagando el aire, sus manos apretando tus caderas con fuerza amorosa.

Internamente, luchabas y rendías:

Esto es puro vicio, pero qué chingón vicio
, mientras el clímax se acercaba como tormenta. Él te volteó, tomándote por detrás, su pecho contra tu espalda sudorosa, mordisqueando tu oreja. “Vente conmigo, mi reina”, susurró, y el mundo explotó. Tu orgasmo llegó en espasmos violentos, paredes contrayéndose alrededor de él, gritos ahogados en el cacao de tus labios. Él se derramó segundos después, caliente y abundante, con un rugido gutural que te hizo temblar.

Quedaron tendidos en el mármol, cuerpos pegajosos de chocolate endurecido y sudor, respiraciones entrecortadas calmándose. El aroma persistía, ahora mezclado con el almizcle de vuestros jugos. Él te besó la sien, suave. “Pasión de cacao total, ¿verdad?”, murmuró, y tú sonreíste, trazando patrones en su pecho con un dedo. Afuera, la noche mexicana cantaba con mariachis lejanos, pero aquí, en ese afterglow pegajoso, todo era paz satisfecha.

Te vestiste lento, robando besos chocolatados, prometiendo volver por más mezclas secretas. Bajaron al local, él limpiando las mesas con una guiñada. “Esto no termina aquí, wey”, dijiste, y su risa te siguió hasta la puerta. La ciudad te recibió con brisa fresca, pero dentro de ti ardía aún esa pasión de cacao, un fuego que sabías avivarías pronto. México, con sus sabores intensos, acababa de regalarte la noche más deliciosa de tu vida.

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