Pasion Prohibida Capitulo 100 Fuego en las Sombras
La noche en la Ciudad de México se sentía pesada, como si el aire mismo supiera que algo prohibido estaba a punto de estallar. Yo, Ana, estaba sola en mi departamento de Polanco, con el marido de viaje otra vez por negocios en Monterrey. El silencio del lugar me ahogaba, pero en mi mente bullía un torbellino. Pasion prohibida capitulo 100, me dije, riéndome bajito mientras me servía un tequila reposado. Así le llamaba yo a esta historia interminable con Diego, el carnal de mi cuñado, el wey que me ponía la piel de gallina con solo una mirada.
El sonido del timbre me sacó de mi ensimismamiento. Miré el reloj: medianoche en punto. Abrí la puerta y ahí estaba él, Diego, con esa sonrisa pícara que me derretía. Alto, moreno, con los ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luz tenue del pasillo. Olía a colonia cara mezclada con el humo de la ciudad, a aventura urbana.
¿Qué chingados haces aquí, Diego? Si Carlos se entera...
Pero no dije nada. En cambio, lo jalé adentro y cerré la puerta con llave. Sus manos ya estaban en mi cintura, firmes, cálidas, como si supieran exactamente dónde tocar para encender el fuego.
Acto uno: La chispa inicial
Nos quedamos parados en la sala, el corazón latiéndome a mil por hora. Podía oír su respiración agitada, sentir el calor de su pecho contra el mío a través de la blusa ligera de algodón. “Ana, neta no aguanto más”, murmuró, su voz ronca rozándome la oreja. Olía a él, a hombre, a deseo crudo. Le puse un dedo en los labios, suaves y carnosos, y lo miré fijo.
“Esto es una locura, wey. Somos familia por afinidad, pendejos los dos”. Pero mis palabras eran pura pose. Lo quería desde hace meses, desde esa cena familiar donde su rodilla rozó la mía bajo la mesa y sentí un chispazo que me mojó entera. Él se rio bajito, ese sonido grave que me erizaba los vellos de la nuca, y me besó. Sus labios sabían a cerveza artesanal y a menta, urgentes, devoradores. Mi lengua bailó con la suya, explorando, probando el salado de su piel cuando bajé al cuello.
Lo empujé al sofá de piel italiana, suave contra mis palmas. Se sentó y me jaló a su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mis muslos, gruesa, palpitante bajo el pantalón de mezclilla. “Qué rico te sientes”, gemí, frotándome despacio, sintiendo la fricción que me hacía jadear. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría, liberando mis tetas. El aire fresco de la habitación las endureció al instante, y él las tomó, amasándolas, pellizcando los pezones hasta que un gemido se me escapó, alto, vergonzoso.
La tensión crecía como una tormenta. Sabía que era prohibido, que si alguien nos viera... pero eso lo hacía más intenso. Mi mente gritaba para, pero mi cuerpo gritaba más.
Acto dos: La escalada ardiente
Diego me volteó boca arriba en el sofá, su peso sobre mí delicioso, aplastante. Me quitó la falda de un tirón, dejando mis panties de encaje expuestos, empapados ya. “Mírate, Ana, tan mojada por mí. Eres una diosa cachonda”, dijo, su aliento caliente en mi ombligo. Bajó la cabeza y lamió despacio, desde el borde de la tela hasta mi clítoris hinchado. El sabor de mi propia excitación me llegó cuando metió la lengua adentro, chupando, sorbiendo como si fuera el néctar más dulce. Grité, arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Olía a sexo, a sudor fresco, a mi aroma mezclado con el suyo.
¡Dios, Diego, no pares! Me vas a volver loca, cabrón.
Él se incorporó, quitándose la camisa. Su pecho tatuado, con ese águila mexicana que tanto me gustaba, brillaba bajo la luz de la lámpara. Lo tracé con los dedos, sintiendo los músculos tensos, el latido acelerado de su corazón. “Te deseo desde la primera vez que te vi en esa fiesta, riéndote con Carlos. Pero eres mía ahora”, gruñó, bajándose el pantalón. Su verga saltó libre, venosa, goteando precum que brillaba como perla. La tomé en mi mano, suave terciopelo sobre acero, y la apreté, masturbándolo despacio. Él jadeó, los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Nos movimos al piso alfombrado, más espacio para enredarnos. Yo encima, cabalgándolo como una reina. Me hundí en él centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome hasta el fondo. “¡Órale, qué prieta estás!”, exclamó, sus caderas embistiéndome desde abajo. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos, el olor almizclado envolviéndonos, el sabor salado en mis labios cuando lo besaba.
La lucha interna me azotaba: culpa por Carlos, pero empoderamiento por este placer puro. Diego me volteó, ahora él al mando, follando profundo, lento al principio, luego bestial. Cada embestida rozaba mi punto G, mandando ondas de placer que me hacían ver estrellas. “Dime que lo quieres, Ana. Dime que esta pasion prohibida es lo mejor”, jadeó en mi oído. “Sí, wey, es lo mejor. ¡Fóllame más fuerte!”
El clímax se acercaba como un tren. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo. Él gruñó, acelerando, sus bolas golpeando mi culo. Sentí el orgasmo explotar, un tsunami de fuego líquido desde mi centro, haciendo que temblara entera, gritando su nombre. Él se corrió segundos después, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa contra piel.
Acto tres: El resplandor eterno
Nos quedamos ahí, enredados en el piso, el corazón calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi cabello, suave, tierna ahora. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, a promesas rotas pero dulces. “Esto no termina aquí, mi amor. Capitulo 100 y contando”, susurró, besándome la frente. Me reí, exhausta, feliz.
Neta, Diego, eres mi vicio. Pero ¿y si nos cachan? Nah, vale la pena cada segundo.
Nos levantamos despacio, piernas temblorosas. En la ducha, el agua caliente nos lavó, pero no el fuego interior. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, resbalosas, reviviendo chispas. “Eres perfecta, Ana. Fuerte, sensual, mexicana hasta los huesos”. Lo besé bajo el chorro, saboreando el agua y su piel limpia.
Después, envueltos en toallas, en la cama king size, hablamos. De sueños, de lo que odiamos de nuestras vidas “normales”. Él trazaba círculos en mi vientre, yo jugaba con su pecho. No hubo prisa, solo paz. Pero en el fondo, sabíamos que la próxima vez sería aún más intensa. Esta pasion prohibida nos había cambiado, nos empoderaba en secreto.
Al amanecer, se fue con un beso robado en la puerta. Me quedé mirando la ciudad despertar, el sol tiñendo todo de oro. Sonreí, tocándome los labios hinchados. Capitulo 100 completado. ¿Qué vendría en el 101? Solo el tiempo, y nuestro deseo, lo dirían.