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Limpiando con Pasión (1)

7269 palabras

Limpiando con Pasión

Llegué a la casa de los señores en la colonia Condesa, con mi cubeta llena de trapos, desinfectantes y esa energía que me caracteriza. Me llamo Lupita, tengo veintiocho años y llevo cinco limpiando casas de gente bien en la ciudad. No es solo un jale, neta, es mi forma de moverme por el mundo, limpiando con pasión, como si cada superficie que froto fuera una caricia secreta. Esa mañana, el sol pegaba fuerte a través de las cortinas de lino, y el aire olía a café recién molido mezclado con el jazmín del jardín.

El dueño, Alejandro, me abrió la puerta con una sonrisa que me hizo un nudo en el estómago. Era un tipo de unos treinta y cinco, alto, con barba de tres días y ojos café que brillaban como el tequila añejo. Vestía una camisa blanca arremangada, dejando ver unos antebrazos fuertes de tanto gym. "¡Hola, Lupita! Pasa, porfa. Mi esposa se fue de shopping con las amigas, así que la casa es toda tuya", dijo con esa voz grave que retumbaba en mi pecho. Le contesté con un "¡Órale, jefe! Déjame hacer mi magia", mientras mi mente ya volaba: Qué chulo está el wey, con ese olor a colonia cara y sudor fresco.

Empecé por la sala, quitando el polvo de los muebles de madera fina. El sol entraba en rayos dorados, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Frota que frota, sentía el calor subiendo por mi cuerpo, mi blusa de algodón pegándose a la piel por el sudor. Alejandro andaba por ahí, fingiendo leer el periódico en el sofá, pero yo notaba sus ojos clavados en mis caderas cuando me agachaba a limpiar el piso. "¿Quieres un cafecito, Lupita? O un agua fresca", me ofreció, levantándose con esa gracia felina. Su cercanía me envolvió en un aroma masculino, a piel caliente y loción. "No, gracias, jefe. Estoy bien, nomás concentrada en mi chamba", respondí, pero mi pulso se aceleró como tamborazo zacatecano.

¿Por qué carajos me mira así? ¿Será que le gusto? Ay, Lupita, no seas pendeja, enfócate en limpiar con pasión, no en fantasear con el patrón.

Pasé a la cocina, donde el mármol brillaba bajo la luz. Lavé los platos con agua jabonosa que olía a limón, el chorro caliente golpeando mis manos, haciendo que gotas resbalaran por mis brazos. Alejandro entró por un vaso de agua y se paró a mi lado, tan cerca que su muslo rozó el mío. "Eres eficiente, ¿eh? La casa queda impecable contigo", murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Sentí un cosquilleo eléctrico subir por mi espina, como si su voz fuera una pluma rozando mi nuca. "Es mi estilo, Alejandro. Limpiando con pasión, todo sale perfecto", le dije coqueta, girándome para mirarlo de frente. Nuestros ojos se engancharon, y el aire se cargó de algo denso, como el humo de un comal con tortillas.

La tensión crecía mientras avanzaba al baño principal. El vapor del agua caliente que dejé correr para fregar llenaba el cuarto de humedad, nubes espesas que empañaban el espejo. Me quité la blusa para no mojarla, quedando en bra y falda corta, mi piel morena brillando con sudor y vapor. Escuché sus pasos. "¿Todo bien aquí?", preguntó desde la puerta, su silueta recortada contra la luz del pasillo. No se movió, solo me miró, devorándome con la vista. Mi corazón latía desbocado, bum-bum, bum-bum, como mariachi en fiesta. "Sí, jefe, pero hace un chorro de calor", contesté, arqueando la espalda al restregar la tina. Él entró, cerrando la puerta con un clic suave que sonó como promesa.

Esto va a pasar, pensé, mientras su mano tocaba mi hombro, un roce ligero como pluma, pero que encendió fuegos en mi vientre. Se acercó por detrás, su pecho contra mi espalda, duro y cálido. Olía a deseo puro, a hombre listo para devorar. "Lupita, no aguanto verte así, moviéndote con tanta pasión", susurró, sus labios rozando mi cuello. Gemí bajito, el sonido ahogado por el vapor. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando con fuerza juguetona, y yo me giré, estampando mi boca en la suya. El beso fue hambre: lenguas enredadas, sabor a menta y sal, dientes mordisqueando labios hinchados.

Me levantó sobre el lavabo, el mármol frío contrastando con el fuego de su piel. Le arranqué la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, el vello áspero raspando mis palmas. "¡Eres un chingón, Alejandro!", jadeé, mientras él bajaba mi bra, chupando mis pezones duros como piedras de obsidiana. El placer era un rayo, bajando directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad empapando mis panties. Sus dedos se colaron ahí, hábiles, frotando mi clítoris con círculos lentos, haciendo que mis caderas se movieran solas, ay, qué rico, no pares, wey.

Siempre supe que limpiar con pasión traería recompensas, pero esto... esto es el paraíso.

Lo empujé al piso, sobre la alfombra mullida que acababa de aspirar. Me quité la falda a tirones, quedando desnuda, mi cuerpo listo para él. Alejandro se desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, su gemido ronco llenando el baño como trueno. "¡Métetela, Lupita, no mames!", rogó, y yo obedecí, montándolo despacio, centímetro a centímetro, hasta que me llenó por completo. El estiramiento era delicioso, dolor y placer mezclados, mis paredes apretándolo como guante.

Cabalgamos con furia, el slap-slap de piel contra piel ecoando, sudor resbalando entre nosotros, mezclando olores a sexo crudo y jabón de lavanda. Sus manos amasaban mis nalgas, azotando suave, enviando chispas por mi espina. Yo clavaba uñas en su pecho, dejando marcas rojas como trofeos. El orgasmo se acercaba como tormenta, mi vientre contrayéndose, el placer acumulándose en olas. "¡Me vengo, cabrón!", grité, explotando en temblores, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, embistiéndome más duro, y se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su semen espeso marcándome como suya.

Caímos exhaustos, respiraciones jadeantes llenando el silencio. El baño olía a nosotros, a pasión desatada. Me acurruqué en su pecho, sintiendo su corazón galopando contra mi mejilla, el sudor enfriándose en la piel. "Eso fue... neta, lo máximo", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, trazando círculos en su abdomen. "Te lo dije, Alejandro. Limpiando con pasión, todo brilla".

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando los restos, pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas exploraban de nuevo, suaves caricias que prometían más. Salimos riendo, yo con mi uniforme limpio –irónico, ¿no?–, y él despidiéndome en la puerta con un beso robado. "Vuelve pronto, mi pasión". Caminé a la combi con piernas flojas, el sol calentando mi piel satisfecha, sabiendo que mi próximo turno sería inolvidable.

Desde ese día, limpiar su casa se volvió mi ritual secreto. Cada trapo, cada fregado, cargado de anticipación. La vida es chida cuando pones pasión en todo, pensé, mientras el tráfico de la ciudad rugía a mi alrededor.

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