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Imágenes de Buenas Noches de Amor y Pasión

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Imágenes de Buenas Noches de Amor y Pasión

Ana se recostó en su cama king size en el departamento de Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro constante. La noche capitalina se filtraba por las cortinas sheer, luces neón de la avenida masticando sombras suaves sobre las sábanas de algodón egipcio. Su teléfono vibró sobre la mesita de noche, un zumbido que le erizó la piel de los brazos. Era él, Luis, su amor de los últimos seis meses, el wey que la volvía loca con solo un mensajito.

Imágenes de buenas noches de amor y pasión, decía el título del álbum que acababa de mandarle por WhatsApp. Ana abrió el chat con el corazón latiéndole a todo lo que daba, neta que ya se le había puesto la piel chinita solo de imaginarlo. La primera foto era de Luis en su gym de la Roma, torso desnudo brillando de sudor bajo los focos LED, abdominales marcados como chingaderas esculpidas, con esa sonrisa pícara que prometía travesuras. El olor imaginado a su desodorante Axe mezclado con macho sudado le invadió la nariz, aunque estuviera a kilómetros.

La segunda imagen era más íntima: él en boxers ajustados, la verga semi erecta marcándose contra la tela negra, mano posada casual en el paquete como diciendo esto es para ti, mamacita. Ana mordió su labio inferior, sintiendo un calor húmedo entre las piernas que le mojó las panties de encaje.

Órale, carnal, ¿cómo chingados me pones así de caliente con unas fotos nomás?
pensó, mientras sus dedos volaban por el teclado respondiendo con un emoji de fuego y un audio jadeante: "Luisito, ven ya, no mames, me tienes mojadita".

Luis contestó al tiro: "En 20 minutos estoy ahí, prepárate para que te haga mía". Ana se levantó de un brinco, el piso de duela fría contra sus pies descalzos mandándole chispas por las pantorrillas. Corrió al baño, se miró en el espejo empañado, pechos firmes asomando bajo la camisola de seda roja que él le regaló en su viaje a Cancún. Se roció perfume Victoria's Secret en el cuello y entre los muslos, ese aroma dulce a vainilla y jazmín que lo enloquecía. Voy a ser su reina esta noche, se dijo, empoderada, lista para reclamar lo que su cuerpo pedía a gritos.

El timbre sonó como un trueno lejano, y Ana abrió la puerta con el pulso acelerado. Ahí estaba Luis, alto y moreno, con jeans ceñidos y playera polo que abrazaba sus bíceps. Olía a colonia Acqua di Gio fresca, mezclada con el humo leve de la ciudad. La jaló por la cintura, labios chocando en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta de su chicle Extra. "Te extrañé, preciosa", murmuró contra su boca, manos grandes amasando sus nalgas redondas.

La tensión inicial era palpable, como electricidad estática en el aire. Caminaron al sofá de piel italiana, besos volviéndose fieros, mordiscos suaves en el cuello que le sacaban gemidos ahogados. Ana sentía su erección dura presionando contra su vientre, el calor de su verga atravesando la tela.

Quiero devorarlo entero, pero despacito, que dure
, pensó, mientras lo empujaba suave para sentarse. Le quitó la playera despacio, deleitándose en la vista de su pecho lampiño, pezones oscuros endureciéndose al aire fresco.

En el medio del relajo, surgió un conflicto chiquito: Ana dudó un segundo, recordando su día estresante en la oficina de marketing, jefes pendejos y deadlines que la tenían hasta la madre. "¿Y si no estoy de humor?" se preguntó en voz alta, vulnerable. Luis se detuvo, ojos cafés profundos clavados en los suyos, acariciándole la mejilla con el pulgar áspero. "Dime qué quieres, mi reina. Si no, te abrazo nomás y vemos Netflix". Esa ternura la derritió, el deseo resurgiendo como ola en Acapulco. Sí, esto es lo chido de nosotros, puro respeto y pasión mutua.

La escalada fue gradual, deliciosa. Ana lo montó a horcajadas, frotando su panocha empapada contra el bulto en sus jeans, el roce enviando descargas de placer por su espina. Sonidos de besos chapoteantes llenaban el cuarto, junto al jadeo entrecortado de él: "¡Qué rico te sientes, Ana!". Le desabrochó el bra, chupando un pezón rosado con lengua experta, succionando hasta que ella arqueó la espalda, uñas clavándose en sus hombros anchos. El sabor salado de su piel, mezclado con sudor fresco, era adictivo.

Luis la volteó con facilidad, como si fuera pluma, y le bajó las panties oliendo a su excitación almizclada, ese perfume íntimo que gritaba estoy lista para ti. Metió dos dedos gruesos en su coño resbaloso, curvándolos contra el punto G, mientras el pulgar masajeaba el clítoris hinchado. Ana gritó, "¡Sí, cabrón, así, no pares!", caderas moviéndose solas, jugos chorreando por su mano. El sonido húmedo de penetración manual era obsceno, erótico, como música prohibida.

Pero querían más, siempre más. Luis se quitó los jeans, verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum transparente. Ana la tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero caliente, masturbándolo lento mientras lamía la cabeza con lengua plana, sabor salobre explotando en su paladar.

Neta, esta verga es mía esta noche
. Él gruñó, "Métetela, amor, te la quiero dar toda".

En la cama ahora, con velas aromáticas a lavanda encendidas –luces titilantes bailando en sus cuerpos–, Luis se colocó encima, condón puesto con prisa consensuada. La penetró despacio primero, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, paredes vaginales abrazándolo como guante. "¡Qué apretadita estás, joder!" jadeó él. Ana envolvió piernas alrededor de su cintura, talones clavándose en sus glúteos firmes, guiándolo más hondo. El ritmo creció: embestidas lentas volviéndose furiosas, piel chocando con palmadas resonantes, sudor perlando frentes.

Sus pensamientos se volvían salvajes: Siento cada vena pulsando dentro, me llena completa, soy poderosa cabalgándolo. Luis le mordió el lóbulo de la oreja, susurrando guarradas mexicanas: "Te voy a llenar de leche, pero con condón, ¿eh? Para que grites mi nombre". Ella respondía arañándole la espalda, "¡Más fuerte, pendejito, hazme venir!". El clímax se acercó como tormenta: Ana primero, coño contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando sábanas, grito gutural rompiendo el silencio. Luis la siguió segundos después, cuerpo temblando, verga hinchándose al eyacular dentro del látex, rugido animal escapando de su garganta.

El afterglow fue puro paraíso. Se derrumbaron entrelazados, piel pegajosa de sudor enfriándose al viento del ventilador. Luis la besó la frente, "Eres lo máximo, Ana, mi musa de buenas noches". Ella sonrió, oliendo su cabello húmedo, sintiendo el latido calmado de su corazón contra el suyo.

Estas imágenes de buenas noches de amor y pasión no son solo fotos, son promesas cumplidas, fuego que no se apaga
. Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, la ciudad zumbando afuera como testigo de su unión ardiente.

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