Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Condones de Pasión Condones de Pasión

Condones de Pasión

7255 palabras

Condones de Pasión

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas. Yo, Ana, acababa de salir de una junta eterna en la oficina, con el cuerpo tenso y la mente pidiendo a gritos un escape. Me metí al bar de la esquina, uno de esos lugares chidos con luces tenues y música electrónica que te hace mover las caderas sin querer. Pedí un margarita helado, el limón fresco explotando en mi lengua, y ahí lo vi: Luis, alto, moreno, con una sonrisa que parecía tallada para pecar.

¿Qué carajos, Ana? Llevas semanas sin acción y este wey te prende con solo una mirada, pensé mientras él se acercaba, su colonia amaderada invadiendo mi espacio como una caricia invisible.

—¿Qué tal si te invito otra ronda, preciosa? —dijo con esa voz grave, mexicana hasta los huesos, que me erizó la nuca.

Charlamos de tonterías: el tráfico infernal de Reforma, lo pendejo que es el nuevo presidente, y de repente, sus dedos rozaron mi mano al pasarme el vaso. Un chispazo eléctrico, el pulso acelerándose como tambores en una fiesta de pueblo. Sentí mi entrepierna humedecerse, un calor traicionero que me hizo cruzar las piernas. Él lo notó, porque su mirada bajó un segundo a mis labios, luego a mi escote, y sonrió como si ya supiera el final de la noche.

Salimos de ahí riendo, el bullicio de la avenida envolviéndonos mientras caminábamos a su depa en una torre reluciente. En el elevador, no aguanté más: lo besé. Sus labios eran suaves pero firmes, sabían a tequila y deseo puro. Sus manos en mi cintura, apretando justo lo suficiente para que sintiera sus músculos duros bajo la camisa.

Entramos al penthouse, luces de la ciudad parpadeando por las ventanas como estrellas caídas. Me quitó el vestido con urgencia, pero sin prisa, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. Mi brasier negro voló al suelo, y él gimió al ver mis pechos libres, los pezones ya duros como piedritas.

Estás de infarto, Ana —murmuró, su aliento caliente en mi cuello.

Acto uno del deseo: exploración. Sus dedos trazaron mi espina dorsal, bajando hasta mis nalgas, amasándolas mientras yo le desabotonaba la camisa. Olía a sudor limpio, a hombre listo para devorarme. Me tumbó en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Me besó el vientre, la lengua danzando alrededor del ombligo, y yo arqueé la espalda, gimiendo bajito.

¡Pinche cielo! Este wey sabe lo que hace, no como esos pendejos de Tinder que se corren en dos minutos.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Él se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza. Su aliento en mi concha, ya empapada, me hizo temblar. Lamidas lentas, primero por fuera, saboreando mis labios hinchados, luego el clítoris, chupándolo como si fuera un dulce de tamarindo. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. El sonido de mi humedad al ser devorada, chapoteos obscenos mezclados con sus gruñidos de placer.

—Te sabe a gloria, mami —dijo, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas.

Yo no me quedaba atrás. Lo empujé para montarlo, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salmuera masculina. Él jadeó, enredando los dedos en mi pelo.

Pero ahí vino el momento clave, el que separaba el polvo casual del fuego eterno. Mientras yo lo mamaba con ganas, él se estiró a la mesita de noche y sacó una caja. Condones pasión, rezaba en letras rojas, con un diseño ardiente que prometía no solo protección, sino explosión sensorial. Eran esos condones con texturita extra, lubricados con algo que picaba rico, para volver loca la sensación.

—¿Condones pasión? —reí, mordisqueando su glande—. Suena a que vamos a quemarnos vivos.

—Exacto, preciosa. Seguridad con puro vicio —respondió, rompiendo el empaque con dientes blancos perfectos.

Acto dos: la escalada. Se lo puse yo, rodándolo despacio por su longitud, sintiendo cómo se tensaba bajo mi toque. El látex delgado, casi imperceptible, con esas bolitas que prometían fricción divina. Me recostó de nuevo, posicionándose. La punta rozó mi entrada, untándose en mis jugos, y empujó. Lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el ardor delicioso estirándome, sus bolas peludas contra mi culo.

El ritmo empezó suave, sus caderas ondulando como en un baile de salsa. Cada embestida mandaba ondas de placer desde mi clítoris hasta el cerebro. Olía a sexo crudo: mi almizcle mezclado con su sudor, el condón liberando ese aroma dulzón del lubricante. Sonidos: piel contra piel, slap-slap-slap, mis gemidos agudos y sus gruñidos guturales. Siento su corazón latiendo contra mi pecho, rápido como el mío, sincronizados en esta danza prohibida.

Cambié de posición, montándolo a mí. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones mientras yo rebotaba, mi concha tragándoselo entero. La fricción de los condones pasión era brutal: esas texturitas raspando mis paredes internas, mandándome al borde una y otra vez. Sudor goteando de su frente a mi piel, salado en mis labios cuando lo besé.

—¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo! —exigí, clavando las uñas en su pecho moreno.

Él obedeció, embistiéndome desde abajo como un toro en rodeo. Mi orgasmo llegó como avalancha: contracciones violentas, jugos chorreando por sus bolas, un grito que debió oírse en Insurgentes. Él no se corrió aún, volteándome a cuatro patas. El espejo del clóset nos devolvía la imagen: yo arqueada, pelo revuelto, él detrás, verga enfundada en condón brillando de mis cremas.

Me jaló el pelo con ternura, embestidas profundas, su mano bajando a frotar mi clítoris hinchado. La tensión psicológica explotó:

Esto no es solo sexo, es conexión, es liberarnos de la rutina pendeja de la vida citadina.
Sentí su verga hincharse más, palpitando dentro de mí.

—¡Me vengo, Ana! —rugió, y lo hizo, chorros calientes atrapados en el látex, mientras yo temblaba en un segundo clímax.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos en la cama, jadeando, cuerpos enredados como raíces. El condón usado en la basura, prueba de nuestra pasión segura. Él me acarició el pelo, besándome la sien.

—Fue increíble, ¿verdad? Esos condones pasión no fallan —dijo riendo bajito.

Yo sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho. Afuera, la ciudad seguía su ajetreo, pero adentro, habíamos creado nuestro propio universo. Me quedé pensando en cómo un encuentro casual se volvió épico, en el poder de desear sin culpas, protegidos y libres. Mañana volvería a mi vida de ejecutiva, pero esta noche, con el sabor de él en mi piel y el eco de nuestros gemidos, supe que la pasión mexicana sabe mejor con condones de verdad.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.