Pasión Capítulo 56 Fuego en la Piel
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que me hacía sentir como si el mundo entero ardiera solo para mí. Me paré frente al espejo del baño, ajustándome el vestido negro ceñido que Marco tanto quería. Pasión Capítulo 56, pensé, sonriendo para mí misma. Así le iba a llamar a esta noche en mi mente, como si fuera uno más de mis relatos en el blog que tanto le gustaba leer. Mi piel olía a vainilla y jazmín del perfume que me eché, y el corazón me latía fuerte, anticipando su llegada. Hacía semanas que no nos veíamos por sus viajes de trabajo, y la pasión acumulada me tenía mojadita solo de imaginarlo.
El timbre sonó, y corrí a abrir. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. "Órale, mi reina, estás cañona", murmuró mientras me jalaba hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a menta y deseo. Sus manos grandes subieron por mi espalda, apretándome contra su pecho firme. Sentí su erección presionando contra mi vientre, y un escalofrío me recorrió la espina. "Te extrañé, wey", le dije, mordiéndome el labio, mientras cerraba la puerta con el pie.
Nos fuimos a la cocina, donde ya tenía listo un mole poblano con arroz y unas chelas frías. Cenamos charlando de todo y nada, sus ojos clavados en mis tetas, que el escote dejaba ver lo justo. "Neta, Ana, cada vez estás más rica", dijo, pasando su pie por mi pierna bajo la mesa. Yo reí, pero el calor entre mis muslos crecía. Le conté de mi último post en el blog, Pasión Capítulo 55, donde describía un encuentro en la playa, y él se excitó tanto que dejó el plato a medias. "Muéstrame cómo lo harías en la vida real", susurró, levantándose y jalándome de la mano.
En mi cabeza, todo era perfecto. Él era mi musa viviente, el hombre que hacía que cada capítulo de mi pasión cobrara vida. ¿Cuántas noches más aguantaría sin él dentro de mí?
Lo llevé al balcón, donde la brisa de la noche traía olores de jacarandas y comida de la calle. Pusimos cumbia rebajada en el Bluetooth, y empezamos a bailar pegaditos. Sus caderas contra las mías, su aliento caliente en mi cuello. "Sientes cómo te quiero", ronroneó, mientras una mano bajaba a mi culo, amasándolo con fuerza. Yo gemí bajito, restregándome contra su verga dura como piedra. El roce de la tela de su pantalón contra mi clítoris me volvía loca. Le quité la camisa, besando su pecho tatuado, lamiendo el sudor salado que ya perlaba su piel.
La tensión subía como la marea. Entramos tambaleándonos al cuarto, besándonos como animales. Lo empujé a la cama king size, y me subí encima, cabalgándolo sin quitarnos la ropa aún. "Quítamelo todo, cabrón", le ordené, y él obedeció, rasgando mi vestido con urgencia. Mis chichis saltaron libres, pezones duros pidiendo su boca. Los chupó con hambre, mordisqueando suave, mientras yo desabrochaba su jeans y liberaba su pito grueso, venoso, palpitante. Lo tomé en mi mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. "Qué chingón estás", suspiré, masturbándolo lento mientras él metía dedos en mi calzón empapado.
Sus dedos expertas encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos que me hacían arquear la espalda. "Estás chorreando, mi amor", dijo con voz ronca, oliendo mis jugos en sus dedos antes de lamérselos. Ese gesto tan sucio me prendió más. Me bajé el calzón, abriéndome de piernas sobre su cara. "Come me, Marco". Su lengua se hundió en mí, lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando mis labios vaginales como si fueran el manjar más rico. Gemí fuerte, agarrando sus greñas, montándolo en mi cara mientras el sonido chapoteante de su boca llenaba la habitación. Olía a sexo puro, a mi excitación mezclada con su saliva.
Pero quería más. Me volteé en 69, tragándome su verga hasta la garganta. Saboreé el precum salado, gimiendo alrededor de su grosor mientras él me devoraba. "No aguanto, Ana, dame tu panocha", gruñó, volteándome de nuevo. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo redondo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Ay, sí, así, pendejo!", grité, empujando hacia atrás. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, cada una golpeando mi punto G. Sentía sus bolas peludas chocando contra mi clítoris, el sudor goteando de su pecho a mi espalda.
Esto era Pasión Capítulo 56, el clímax que mis lectoras soñaban. Cada thrust era una página nueva, llena de fuego y entrega total.
La intensidad creció. Me volteó boca arriba, levantándome las piernas sobre sus hombros. Me follaba duro ahora, sus ojos en los míos, compartiendo el alma mientras nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas. "Te amo, Ana, córrete para mí". Sus palabras me empujaron al borde. El orgasmo llegó como un tsunami, contrayendo mi vagina alrededor de su pito, chorros de placer salpicando sus abdominales. Él rugió, sacándose y viniéndose en mi panza, chorros calientes y espesos que olían a macho puro.
Caímos exhaustos, jadeando. Su peso sobre mí era reconfortante, su piel pegajosa contra la mía. Me besó suave, lamiendo el sudor de mi cuello. "Eres mi adicción, wey". Limpiamos el desastre con risas, duchándonos juntos bajo el agua caliente que lavaba el semen y el cansancio. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablamos de futuro, de viajes a la Riviera Maya, de más noches como esta.
Mientras él dormía, yo tomé mi laptop. Pasión Capítulo 56: Fuego en la Piel. Empecé a escribir, las palabras fluyendo como el placer que aún latía en mí. La brisa nocturna entraba, trayendo promesas de más capítulos, más pasión. Mi cuerpo zumbaba satisfecho, el corazón lleno. Esto no era solo sexo; era nuestra historia, eterna y ardiente.