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Película Completa La Pasión de Cristo Desnuda

6403 palabras

Película Completa La Pasión de Cristo Desnuda

La lluvia caía a cántaros sobre el balcón del departamento en la Condesa, ese sonido constante como un tambor lejano que me ponía la piel chinita. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá de terciopelo rojo, con una playera holgada y unos shorts que apenas cubrían mis muslos. Javier, mi carnal del alma, el vato que me hacía vibrar con solo una mirada, se acercó con el control remoto en la mano. Tenía ese aire de galán de telenovela, con barba recortada y ojos cafés que prometían pecados deliciosos.

Qué chido estar así, solos, sin prisas, pensé mientras olía el aroma de su colonia mezclada con el café que acababa de preparar. "Wey, ¿y si vemos película completa La Pasión de Cristo?", propuso él con una sonrisa pícara. "Es Semana Santa, carnala, pero la vemos con otro ojo, ¿no?". Reí bajito, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Yo venía de familia bien católica, pero con Javier todo se volvía juguetón, prohibido en el buen sentido.

Apagamos las luces, solo el brillo de la tele iluminaba la sala. El sillón nos abrazaba como un amante viejo, suave contra mi espalda. Empezó la película, esa crudeza de latigazos y sudor que llenaba la pantalla. El sonido de los golpes resonaba en mis oídos, un crack seco que me erizaba los vellos. Javier se acercó más, su muslo rozando el mío, cálido y firme. "Mira cómo sufre, pero hay pasión ahí, ¿ves?", murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Yo asentí, pero mi mente ya volaba. El olor a humedad de la lluvia se colaba por la ventana entreabierta, mezclándose con el perfume de mi excitación que empezaba a notarse. Cada escena de dolor me removía algo profundo, un deseo reprimido que Javier siempre sabía despertar. Sus dedos trazaban círculos perezosos en mi rodilla, subiendo despacito, como si probara el terreno.

¿Por qué esto me prende tanto? Es como si el sufrimiento se convirtiera en fuego entre mis piernas
, me dije, mordiéndome el labio.

La película avanzaba, Pilatos lavándose las manos, el sudor perlado en la piel de Cristo en la cruz. Javier pausó el video. "No mames, Ana, esto está muy intenso. ¿Sientes lo mismo que yo?". Su voz ronca me envolvió, y volteé a verlo. Sus pupilas dilatadas, el pecho subiendo y bajando rápido. Asentí, y sin palabras, sus labios cayeron sobre los míos. Un beso lento al principio, saboreando el café en su lengua, salado y dulce a la vez. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando suave, mientras el trueno retumbaba afuera.

Acto primero del nuestro propio drama: nos quitamos la ropa con prisa contenida. Su playera voló, revelando ese torso marcado por horas en el gym, músculos que olían a hombre puro, a jabón y deseo. Yo me quité los shorts, quedando en tanga negra que él devoró con la mirada. "Estás de mamacita, Ana", gruñó, y me cargó al sillón como si fuera pluma. Su boca bajó por mi cuello, lamiendo la sal de mi piel, mordisqueando hasta dejar marcas rosadas. Gemí bajito, el sonido ahogado por el golpeteo de la lluvia.

El calor de su cuerpo contra el mío era eléctrico, piel con piel, sudor empezando a brotar. Sus manos expertas masajeaban mis senos, pellizcando los pezones hasta que dolían rico, un eco de la película que aún parpadeaba en pausa. Esto es nuestra pasión, sin cruz pero con el mismo fuego. Bajó más, besando mi ombligo, inhalando profundo mi aroma íntimo. "Hueles a pecado chido", dijo riendo, y su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con devoción, círculos lentos que me hacían arquear la espalda.

Yo jadeaba, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. El sabor de mi propia excitación cuando él me besó después, compartiendo ese néctar salado. "Prueba lo que me provocas, pendejo", le dije entre risas y gemidos. Él se posicionó entre mis piernas, su verga dura rozando mi entrada, gruesa y palpitante. "Dime si quieres, mi reina", susurró, siempre atento, siempre consensual. "Sí, Javier, métemela despacio", rogué, y él obedeció, empujando centímetro a centímetro.

Acto segundo, la escalada: el roce interno era puro éxtasis, su grosor llenándome hasta el fondo, pulsando contra mis paredes. Movimientos rítmicos, primero suaves como olas, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, plaf plaf, sincronizado con la lluvia. Sudor goteaba de su frente al mío, salado en mis labios cuando lo lamí. "Más fuerte, carnal", pedí, y él aceleró, embistiendo con fuerza que me hacía gritar placer. Mis caderas se alzaban a su encuentro, apretándolo dentro, el olor a sexo impregnando el aire, almizclado y adictivo.

Internamente, la tensión crecía como un volcán.

Esto es mejor que cualquier película, su pasión es mía, real, latiendo dentro
. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando, sus manos guiando mis nalgas. Él lamía mis pezones, mordiendo suave, enviando chispas directas a mi centro. "Estás apretadísima, Ana, me vas a hacer venir", jadeó. Yo sentía mi orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el vientre, liberándose en oleadas que me hacían temblar entera.

Lo apreté más, ordeñándolo, y él explotó conmigo, chorros calientes inundándome, su gruñido animal vibrando en mi pecho. Nos quedamos así, unidos, respiraciones entrecortadas, el corazón de él martillando contra el mío. La película seguía en pausa, testigo mudo de nuestra propia versión completa.

Acto tercero, el afterglow: nos desplomamos en el sofá, enredados como raíces. El olor a sexo y lluvia nos envolvía, piel pegajosa y satisfecha. Javier me acariciaba el pelo, besando mi frente. "Eso fue la verdadera película completa La Pasión de Cristo, ¿no? Nuestra pasión, sin sufrimiento, solo puro gozo". Reí, sintiendo una paz profunda, el cuerpo laxo y feliz.

En sus brazos, entendí que la pasión no duele si es compartida. Afuera, la lluvia amainaba, dejando un fresco que entraba por la ventana. Nos cubrimos con una cobija suave, murmurando tonterías. "Otra vez cuando quieras, mi Cristo particular", bromeé. Él sonrió, ese hoyuelo que me derretía. Durmió abrazándome, su calor mi refugio.

Al día siguiente, el sol entró tímido, pero el recuerdo de la noche ardía aún. Nuestra historia no acababa ahí; era solo el principio de muchas pasiones completas.

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