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David Pasión y Poder

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David Pasión y Poder

Sofía caminaba por el salón de fiestas en Polanco, con el vestido rojo ceñido a su cuerpo como una segunda piel. El aire estaba cargado del aroma a jazmín y tequila añejo, y la música de un mariachi moderno flotaba suave, mezclándose con risas y copas tintineando. Hacía calor, ese calor pegajoso de la noche capitalina que hacía que la piel brillara bajo las luces tenues. Sus ojos negros barrieron la multitud de empresarios y socialités hasta que lo vio: David. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos que prometían tormentas. Vestía un traje negro impecable, y exudaba pasión y poder como si fuera su colonia personal, un olor a cuero y sándalo que ya la envolvía desde lejos.

¿Quién es ese pendejo que me hace temblar las rodillas sin siquiera tocarme?
pensó Sofía, mientras un cosquilleo subía por su espina dorsal. Ella era dueña de su galería de arte en la Roma, independiente, fuerte, pero esa noche se sentía como una chava de veintitantos persiguiendo un sueño prohibido.

David la notó al instante. Sus miradas chocaron como chispas en la oscuridad. Él se acercó con paso seguro, extendiendo una mano grande y cálida. "Encantado, Sofía. Soy David. He oído de tu galería, neta que pintas con fuego." Su voz era grave, ronca, como grava bajo botas en una calle empedrada de Coyoacán. Ella sonrió, sintiendo el pulso acelerarse en su cuello.

Hablaron de arte, de poder en la ciudad, de cómo la pasión mueve montañas. Cada palabra era un roce invisible: el modo en que él se inclinaba cerca, dejando que su aliento cálido le erizara la piel del brazo. El salón giraba a su alrededor, pero ellos estaban en su propio mundo, con el olor a su sudor mezclado con perfume invadiendo sus sentidos. Sofía probó su tequila, el líquido quemándole la lengua, y pensó en cómo sabría su boca.

La tensión crecía con cada mirada. "¿Bailamos?" propuso él, y ella asintió, dejando que su mano grande se posara en la curva de su cintura. Sus cuerpos se pegaron al ritmo de la música, caderas rozando, pechos subiendo y bajando al unísono. Ella sentía la dureza de su erección contra su vientre, un recordatorio palpitante de lo que vendría. Órale, este wey sabe lo que quiere, se dijo, mientras su propia humedad empezaba a traicionarla, empapando sus bragas de encaje.

Al final de la canción, David la miró fijo. "¿Vienes conmigo? Tengo una vista que te va a volar la cabeza." No era una pregunta, pero su tono era puro respeto, una invitación cargada de promesas. Sofía, con el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano, dijo que sí. Salieron al balcón, el viento nocturno trayendo olores a tacos de la calle y escape de autos, pero ellos solo olían el uno al otro.

En su penthouse en Lomas, el elevador los dejó solos. La puerta se cerró con un clic suave, y David la arrinconó contra la pared de cristal, con la ciudad brillando abajo como un mar de estrellas. Sus labios chocaron, hambrientos, saboreando tequila y deseo. La lengua de él invadió su boca, explorando, dominando sin aplastar. Sofía gimió, sus manos enredándose en su cabello negro, tirando suave. Su piel sabe a sal y aventura, pensó, mientras él le bajaba el vestido por los hombros, exponiendo sus senos firmes al aire fresco.

Acto dos: la escalada. David la cargó como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo la camisa que ella le arrancó con uñas impacientes. La cama king size los recibió, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Él se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, inhalando su aroma almizclado de excitación. "Qué rica hueles, mi reina. Eres pura pasión." Sus dedos trazaron la línea de sus bragas, quitándolas lento, dejando que el aire besara su concha húmeda y hinchada.

Sofía jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada llenando la habitación.

David, pasión y poder en carne viva. Me vas a romper, cabrón, y lo quiero todo.
Él lamió despacio, su lengua plana y caliente recorriendo su clítoris, chupando suave al principio, luego con más hambre. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, wey, no pares!" El sabor de ella lo volvía loco: dulce, salado, adictivo como mezcal ahumado. Sus dedos entraron en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su boca no dejaba de devorarla.

Pero ella quería más poder compartido. Lo empujó hacia atrás, montándolo como amazona. Su verga gruesa y venosa saltó libre, palpitando contra su vientre. Sofía la tomó en mano, sintiendo el calor, las venas latiendo bajo su palma. "Mira lo que me haces, David." Se la metió en la boca, saboreando el precum salado, chupando profundo hasta que él gruñó, sus caderas moviéndose involuntarias. El sonido húmedo de succión llenaba el aire, mezclado con sus gemidos roncos.

La tensión subía como fiebre. Ella lo cabalgó, hundiéndose en él centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. Sus paredes internas lo apretaban, mientras sus pechos rebotaban con cada embestida. David la agarraba de las caderas, guiándola, pero dejándola mandar. "¡Qué chingón te sientes, Sofía! Fóllame más fuerte." El slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Ella giraba las caderas, frotando su clítoris contra su pubis, persiguiendo el orgasmo que se acercaba como tormenta.

Inner struggle: por un momento, Sofía dudó.

¿Es solo sexo o algo más? Este hombre tiene poder, pero me hace sentir poderosa yo también.
Él lo notó, la volteó gentil, poniéndola de rodillas. Entró de nuevo, profundo, su pecho contra su espalda, besándole el cuello. "Estás preciosa así, entregada pero mandando." Sus embestidas eran rítmicas, poderosas, tocando su alma tanto como su cuerpo. Ella se corrió primero, un grito ahogado escapando mientras olas de placer la sacudían, su concha convulsionando alrededor de él, jugos chorreando por sus muslos.

David la siguió, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que ella sintió palpitar dentro. Colapsaron juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

En el afterglow, yacían enredados, la ciudad murmurando abajo. Él le acarició el cabello, besándole la frente. "David, pasión y poder... eso eres tú." murmuró ella, riendo suave. Él sonrió, "Y tú eres mi musa, Sofía. Qué noche chida."

Se quedaron así, hablando bajito de sueños y futuros, el aroma a sexo desvaneciéndose en paz. Ella se durmió en su pecho, oyendo su corazón fuerte, sabiendo que esa pasión no era solo fuego fugaz, sino el inicio de algo poderoso. La luna bañaba la habitación, testigo de su unión consensual, empoderada, mexicana hasta el tuétano.

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