Gael del Abismo de Pasión
La noche en el corazón de la Roma, en ese bar escondido con luces tenues y salsa retumbando en las paredes, fue cuando lo vi por primera vez. Yo, Valeria, acababa de salir de un pinche día de oficina que me tenía hasta la madre, pero algo en el aire olía a aventura. El humo de los cigarros se mezclaba con el aroma dulce del mezcal, y el sudor de los cuerpos bailando hacía que todo se sintiera vivo, pegajoso, cargado de promesas.
Él estaba en la barra, alto, con la piel morena brillando bajo las luces neón, el cabello negro revuelto como si acabara de salir de una tormenta. Sus ojos, órale, eran pozos profundos, un abismo que te jalaba sin remedio. Me miró y sentí un cosquilleo en la nuca, como si su mirada ya me estuviera desnudando. Pidió un tequila reposado y, sin pensarlo dos veces, me acerqué.
—Qué onda, guapo —le dije, con esa voz juguetona que uso cuando quiero coquetear de a de veras—. ¿Vienes mucho por acá?
Se giró despacio, con una sonrisa que era puro fuego. —Soy Gael. Y tú pareces el tipo de mujer que no se conforma con lo de siempre.
Su voz era ronca, como grava mezclada con miel, y el calor de su cuerpo cerca del mío ya me hacía sudar. Hablamos de tonterías al principio: de la ciudad que nunca duerme, de cómo el mezcal quema pero deja un regusto que te pide más. Pero entre risas, sus dedos rozaron mi brazo, un toque leve que envió chispas directo a mi entrepierna. Neta, ese Gael era un imán. Lo apodé en mi mente Gael del abismo de pasión, porque todo en él gritaba deseo crudo, incontrolable.
La música cambió a un cumbia rebajada, y me jaló a la pista. Sus manos en mi cintura, firmes pero no agresivas, me guiaban al ritmo. Sentía su aliento en mi cuello, olía a él: colonia amaderada con un toque salado de hombre. Mi blusa se pegaba a mi piel por el calor, y cada roce de su pecho contra mi espalda me ponía más húmeda. ¿Qué chingados me pasa?, pensé, pero no quería parar.
—Ven conmigo —me susurró al oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos—. Quiero mostrarte algo.
Salimos a la calle, el bullicio de la noche mexicana nos envolvía: cláxones lejanos, risas de borrachos, el olor a tacos al pastor flotando en el aire. Caminamos unas cuadras hasta su depa, un loft chido en una calle arbolada, con vistas a los luces de la ciudad. Nada lujoso, pero con buen gusto: velas, arte en las paredes, una cama king size que parecía llamarnos.
Este wey me va a volver loca, lo sé. Pero ¿y si es solo una noche? ¿Y si es lo que necesito?
Adentro, el ambiente cambió. Puso música suave, un bolero con guitarra que llenaba el espacio de intimidad. Nos sentamos en el sofá, sus piernas rozando las mías. Hablamos de verdad entonces: de sueños rotos, de pasiones que nos queman por dentro. Él confesó que era músico, tocaba en bares underground, y que la vida lo había llevado a ese abismo de pasión donde todo se siente intenso o nada.
—Tú eres como yo, Valeria —dijo, su mano subiendo por mi muslo—. Quieres sentirlo todo.
Lo besé primero, no pude más. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y algo salvaje. Nuestras lenguas se enredaron, húmedas, urgentes. Sus manos exploraban mi espalda, bajando la cremallera de mi vestido con una lentitud que me volvía loca. Sentí el aire fresco en mi piel desnuda, mis pechos libres presionando contra su camisa. Él gruñó bajito, un sonido que vibró en mi pecho.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la cama. La sábana era fresca contra mi espalda ardiente, y él se quitó la ropa despacio, dejándome ver su cuerpo: músculos definidos por horas en el gym o tocando guitarra, el vello oscuro bajando hasta esa erección gruesa que me hizo morderme el labio. Puta madre, qué prieto está el carnal.
Se recostó sobre mí, pero no apresurado. Besó mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a mis tetas. Chupó un pezón con hambre, su lengua girando, dientes rozando lo justo para que jadee. Sentí su mano entre mis piernas, dedos abriendo mis labios húmedos, encontrando mi clítoris hinchado. —Estás chorreando, mamacita —murmuró, y yo solo pude gemir.
—Sí, Gael, no pares —le rogué, arqueando la cadera.
Sus dedos entraron en mí, dos primero, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: mi humedad chorreando, mis jadeos mezclados con su respiración agitada. Olía a sexo ya, a nuestra piel sudada, a deseo puro. Lo jalé hacia mí, queriendo más. Él se posicionó, su verga rozando mi entrada, caliente, palpitante.
—Dime que lo quieres —pidió, ojos fijos en los míos, ese abismo mirándome.
—Te quiero adentro, cabrón, ahora.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí fuerte cuando me llenó por completo, su grosor presionando cada nervio. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse. El roce era eléctrico, mi coño apretándolo como guante. Sus caderas chocaban contra las mías, piel contra piel, sudor goteando.
Esto es el cielo, wey. Cada embestida me lleva más profundo en su abismo.
Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Él mordió mi hombro, gruñendo mi nombre. —Valeria, qué rico te sientes. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo con furia. Sus manos en mis caderas guiándome, mis tetas rebotando, su mirada devorándome. El placer subía como ola, tenso, inevitable. Sentí el orgasmo venir, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
—Vente conmigo —jadeó, y explotamos juntos. Mi grito fue ronco, cuerpo temblando, chorros de placer mojando sus bolas. Él se vació dentro de mí, caliente, pulsando, un rugido gutural escapando de su garganta.
Caímos exhaustos, su peso sobre mí reconfortante. El cuarto olía a nosotros: semen, sudor, pasión cumplida. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopando calmándose.
—Eso fue... de la chingada —dije riendo bajito.
—Y apenas empezamos, mi reina del abismo —respondió, acariciando mi cabello.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, la ciudad zumbando afuera. Por primera vez en meses, me sentía plena, empoderada en mi deseo. Gael del abismo de pasión había despertado algo en mí, y sabía que esto no era el fin, solo el comienzo de noches igual de intensas. El sueño nos venció, con su brazo alrededor de mi cintura, prometiendo más.