Pasiones Ardientes del Elenco de El Color de la Pasion
El calor de Guadalajara me envolvía como un amante pegajoso esa tarde en el set de El Color de la Pasión. Yo, Daniela, la protagonista que todos amaban odiar, caminaba entre los camarógrafos y maquillistas con mi vestido rojo ajustado, el que hacía que mis curvas se marcaran como un pecado vivo. El elenco de El Color de la Pasión era una familia loca: actrices con uñas postizas eternas, galanes con abdominales de gimnasio y chismes que volaban más rápido que las palomas en la plaza. Pero mi mente solo estaba en él. Miguel, mi coestrella, el wey que interpretaba a mi amor imposible en la novela.
Desde el primer día de grabaciones, la química entre nosotros era neta explosiva. En las escenas de besos, sus labios se demoraban un segundo de más, su mano en mi cintura apretaba como si quisiera marcarme. ¿Será que solo actúa tan chido? me preguntaba yo en las noches, tocándome bajo las sábanas con su imagen en la cabeza. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me ponía la piel chinita.
—Órale, Dani, ¿lista para la escena del río? —me gritó el director, un tipo regordete con bigote que parecía sacado de una comedia ranchera.
Asentí, mordiéndome el labio. La escena era intensa: mi personaje lo seduce en el agua, bajo la luna, con diálogos cargados de promesas rotas. Miguel ya estaba ahí, en el tanque de agua artificial, con camisa blanca empapada que se pegaba a su pecho moreno. Sus ojos cafés me devoraban mientras me acercaba.
Ay, Dios, qué pendejo estoy por no haberlo besado de verdad ya, pensé, mientras el agua tibia me lamía las piernas.
Empezamos a rodar. Sus manos en mi espalda, el roce de sus dedos ásperos por el sol de los exteriores. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a menta y deseo reprimido. El guion decía que lo empujara al agua, pero en vez de eso, me pegué más, mis pechos rozando su torso. La cámara capturó el jadeo que se me escapó, real como la vida misma.
—Corte —gritó el director—. ¡Está chingón, pero repite, Dani, menos pasión, que pareces que lo quieres comer vivo!
El elenco rio, pero Miguel y yo nos miramos con fuego en los ojos. Nos apartamos al borde del set, detrás de unas lonas, donde el sol filtraba rayos dorados.
—Wey, ¿qué pedo contigo? —le susurré, mi voz ronca—. Me traes loca desde el casting.
Él sonrió, esa sonrisa de galán que derretía pantallas. —Neta, Dani, eres fuego puro. Cada vez que te veo, se me para como a un chamaco en la prepa.
Su confesión me encendió. Lo jalé por la camisa mojada, probando el agua salada de su piel con mi lengua. Sabía a río y a hombre, con un toque de sal que me hizo gemir bajito. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, mientras el bullicio del set se oía lejano, como un sueño.
Acto uno del deseo: la chispa. Nos besamos ahí, castos al principio, labios rozando, lenguas tanteando. Pero pronto fue guerra: mordidas suaves, chupadas profundas. Olía su excitación, ese musk terroso que se mezclaba con el cloro del agua. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre mis piernas, un calor líquido me traicionaba.
Nos separamos jadeantes cuando oímos pasos. —Luego, en mi tráiler —murmuró él, guiñándome.
El resto del día fue tortura. Grabamos escenas sueltas, yo sintiendo su mirada clavada en mi culo cada vez que me agachaba. El elenco de El Color de la Pasión charlaba de fiestas y ratings, ajenos a la tormenta que se cocía entre nosotros. Al atardecer, con el sol pintando el cielo de rosa y naranja, corrí a su tráiler. Era un nido de lujo: cama king size, minibar con chelas frías, posters de novelas pasadas.
Él abrió la puerta semidesnudo, solo con toalla. —Pasa, mi reina.
Entré y cerré con llave. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con mi piel ardiendo. Lo empujé a la cama, quitándome el vestido de un tirón. Quedé en lencería negra, tetas al aire casi, pezones duros como piedras.
Quiero devorarlo, que me haga suya hasta que grite su nombre.
Acto dos: la escalada. Me trepé sobre él, sintiendo su verga dura bajo la toalla, palpitando contra mi monte de Venus. La quité de un jalón, y ahí estaba, gruesa, venosa, coronada de un glande brillante de precum. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, y la lamí desde la base, saboreando su esencia salada, un poco amarga como chocolate negro mexicano.
—¡Qué rico, Dani! Chúpamela más —gruñó, enredando dedos en mi pelo negro largo.
Lo hice, garganta profunda, saliva chorreando, sonidos obscenos llenando el tráiler: slurp, jadeos, su "órale" gutural. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas. Sus dedos exploraron mi concha empapada, resbalosos de mis jugos. Estoy chorreando por ti, cabrón, pensé mientras metía dos dedos y los curvaba contra mi punto G. Grité, el placer como rayos eléctricos.
Me lamió entonces, lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mayores. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas calientes. Gemí alto, neta sin control, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. El roce de su barba en mis muslos internos era fuego raspante, delicioso dolor.
—Te quiero adentro, Miguel, ya —supliqué.
Se puso de rodillas, frotando su pija contra mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso. Lleno por completo, nos quedamos quietos un segundo, piel contra piel sudada, corazones tronando.
Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo hondo. El slap slap de carne contra carne, mis tetas rebotando, sus bolas golpeando mi clít. Aceleró, mis uñas clavándose en sus hombros, dejando medias lunas rojas. Sudor goteaba de su frente a mi boca, salado y vivo.
—Más duro, pendejo, rómpeme —le pedí, y él obedeció, follándome como animal, gruñendo mi nombre.
Cambié de posición: yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus manos en mis caderas, guiándome, pellizcando. Reboté fuerte, mi clít rozando su pubis, ondas de placer subiendo por mi espina. Él mamaba mis pezones, mordisqueando, tirando con dientes. El orgasmo me vino como avalancha: grité, concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojando sus bolas.
Él no paró, volteándome para darme desde atrás, una mano en mi clít, la otra jalando mi pelo. Olía nuestro sudor mezclado, el aire espeso de gemidos y carne. —Me vengo, Dani, ¡ahí adentro!
Soltó, chorros calientes pintando mis paredes, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas.
Acto tres: el resplandor. Yacimos ahí, piel pegajosa, su cabeza en mis tetas. Afuera, el elenco de El Color de la Pasión seguía grabando, pero nosotros habíamos escrito nuestra propia pasión. Besé su frente, oliendo su pelo a shampoo de coco.
Esto no es solo un polvo, es el color verdadero de la pasión, wey.
—¿Repetimos en tu casa esta noche? —susurró.
Sonreí. —Chido, pero trae chelas y mole para después.
Nos vestimos riendo, el afterglow como tequila suave en las venas. Salimos del tráiler como si nada, pero con un secreto que ardía más que el sol tapatío. En el set, las miradas cómplices decían todo. El elenco murmuraba, pero qué pedo, la vida es para vivirla a full.