Annie Ernaux Pura Pasión Desatada
Estaba en esa librería chida de la Condesa, con el olor a papel viejo y café recién molido flotando en el aire, cuando lo vi. Annie Ernaux Pura Pasión. El título me pegó como un rayo, neta. Lo agarré, hojeé unas páginas y sentí un cosquilleo en el estómago, como si esas palabras crudas de deseo me estuvieran hablando directo al alma. Ernaux escribía de la pasión sin filtros, de ese fuego que te quema por dentro sin pedir permiso. Me lo compré sin pensarlo dos veces, con el corazón latiéndome a mil.
Salí a la calle, el sol de la tarde calentándome la piel, y me senté en una terraza cercana. Pedí un café cortado, bien negro y fuerte, como mi humor ese día. Estaba sola, pero no de esas soledades tristes, sino de las que te hacen sentir libre, lista para lo que venga. Ahí lo vi a él. Alto, moreno, con una sonrisa que parecía prometer pecados deliciosos. Se sentó en la mesa de al lado, pidiendo un mezcal con limón. Nuestras miradas se cruzaron y ¡pum! chispa.
¿Qué carajos me pasa? Solo es un wey guapo, pero su mirada me hace sentir expuesta, como si ya supiera todos mis secretos.
—¿Qué lees, preciosa? —me dijo con voz ronca, inclinándose un poco.
—Annie Ernaux Pura Pasión. Habla de desear sin medias tintas. ¿La conoces?
Se rio bajito, ese sonido que vibra en el pecho. —Neta, no, pero me late. Soy Diego, por cierto.
Charlamos un rato, de libros, de la ciudad que nos volvía locos con su caos vibrante. El aire olía a tacos de la taquería de enfrente, a jazmín de los maceteros. Su mano rozó la mía al pasarme el azúcar, y sentí electricidad pura, un calor que subía desde los dedos hasta el centro de mi cuerpo. Ana, me dije, esto es puro fuego.
La tarde se estiró como chicle. Terminamos en su depa en Polanco, un lugar con ventanales enormes que dejaban entrar la luz dorada del atardecer. Olía a madera pulida y a su colonia, algo cítrico y masculino que me mareaba. Nos sentamos en el sofá de piel suave, con el libro todavía en mi mano.
—Léeme un pedazo —pidió, sus ojos clavados en mis labios.
Abrí el libro, mi voz temblando un poco mientras leía sobre esa pasión cruda, obsesiva. Annie Ernaux pura pasión en cada palabra, describiendo cuerpos que se buscan sin pudor. Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello.
Quiero que me toque ya, pero no, hay que saborear esto, como un buen tequila reposado.
Sus dedos trazaron mi brazo, lentos, dejando un rastro de fuego. Me giré, nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, explorando sabores: café en mí, mezcal en él, dulce y ahumado. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. Mi blusa cayó al suelo, y sentí el aire fresco en mis pechos, los pezones endureciéndose al instante.
—Eres preciosa, Ana —murmuró, besando mi clavícula, bajando hasta un seno. Su lengua caliente rodeó el pezón, chupando suave, luego más fuerte. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes. Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela. La toqué por encima, dura como piedra, palpitando bajo mis dedos.
Nos quitamos la ropa con prisa juguetona, riendo cuando mi falda se atoró en el tobillo. Desnudos, piel contra piel, el sudor ya empezando a perlar. Su cuerpo era firme, músculos tensos bajo mis palmas. Olía a hombre, a deseo puro, ese aroma almizclado que te hace salivar. Me recostó en el sofá, besando mi vientre, bajando más.
Su boca en mi coño fue un incendio. Lengua experta lamiendo los labios, abriéndolos, encontrando el clítoris hinchado. Chupaba despacio, círculos perfectos, mientras dos dedos entraban en mí, curvándose justo ahí, en el punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno, húmedo, mis jugos mezclándose con su saliva. Gemía su nombre, arqueando la espalda, las uñas clavándose en sus hombros.
—Diego, pinche cabrón, no pares —le rogué, la voz ronca.
Él rio contra mi piel, vibrando. —Ni madres, mi reina. Esto es Annie Ernaux pura pasión, ¿no? Sin prisa.
Me volteó, poniéndome a cuatro patas. Sentí su verga rozando mi entrada, gruesa, caliente. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, un dolor placer que me hacía jadear. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. El slap slap de piel contra piel, mis tetas balanceándose, su mano en mi cadera apretando fuerte.
Neta, esto es lo que Ernaux describe: esa necesidad animal, el cuerpo gritando por más.
Aceleró, follándome duro, una mano bajando a frotar mi clítoris. El orgasmo me pegó como un tren, olas de placer explotando desde adentro, contrayendo mi coño alrededor de su verga. Grité, temblando, el mundo borrándose en blanco. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo colapsando sobre el mío.
Jadeábamos, sudorosos, enredados. El aire olía a sexo, a nosotros. Me besó la nuca, suave, mientras salía despacio, un hilo de semen goteando por mi muslo. Nos quedamos así, recuperando el aliento, riendo tontos.
—Fue chingón, ¿verdad? —dijo, trayendo una cobija para taparnos.
—Pura pasión, como el libro —respondí, acurrucándome en su pecho, oyendo su corazón latir fuerte aún.
La noche cayó sobre la ciudad, luces parpadeando afuera. Hablamos de todo y nada, de sueños locos, de la vida en este México tan cabrón y hermoso. El libro quedó olvidado en la mesa, pero sus palabras vivían en nosotros ahora, en esa conexión cruda y real.
Esto no es solo un polvo; es algo que me cambia, que me hace sentir viva hasta los huesos.
Nos dormimos así, entrelazados, con el sabor de la pasión en la boca y el calor del otro en la piel. Mañana quién sabe, pero esa noche, Annie Ernaux pura pasión había cobrado vida en carne propia. Y qué chido se sintió.