Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Cañaveral de Pasiones Capítulo 84 Fuego Bajo las Hojas Cañaveral de Pasiones Capítulo 84 Fuego Bajo las Hojas

Cañaveral de Pasiones Capítulo 84 Fuego Bajo las Hojas

7440 palabras

Cañaveral de Pasiones Capítulo 84 Fuego Bajo las Hojas

El sol se hundía como una bola de fuego en el horizonte del cañaveral, tiñendo las altas cañas de un naranja ardiente que parecía lamer el cielo. Ana caminaba entre las filas verdes, el sudor pegándole la blusa al pecho, marcando cada curva de sus senos generosos. El aire olía a tierra húmeda y a caña madura, ese dulzor empalagoso que se mezclaba con el aroma salado de su propia piel. Llevaba años en este cañaveral de pasiones, como le decían los viejos del pueblo, un lugar donde las hojas susurraban secretos y los cuerpos se enredaban como las raíces bajo la tierra.

De repente, lo vio. Javier, con su camisa remangada hasta los codos, los músculos bronceados flexionándose mientras cortaba caña con el machete. Era el capítulo 84 de su propia historia, pensó ella, riendo para adentro. Cada encuentro con él era como una entrega más de esa telenovela que devoraba en las noches calurosas, llena de miradas robadas y toques que quemaban. Pero esto era real, carnal, mexicano hasta los huesos.

¿Por qué carajos me pones así, cabrón? Cada vez que te veo, siento que mi concha se moja sin permiso, se dijo Ana, mordiéndose el labio mientras el viento jugaba con su falda ligera.

Él levantó la vista, sus ojos negros clavándose en ella como un gancho. "¡Ey, ricura! ¿Vienes a ayudarme o nomás a calentar el ambiente?" gritó Javier con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, el primer tirón de deseo que la hacía apretar los muslos. Se acercó, pisando las hojas caídas que crujían bajo sus sandalias, el sonido seco como un latido acelerado.

—Ven, wey, déjame ver cómo manejas ese machete —le contestó ella, juguetona, sabiendo que sus palabras tenían doble filo. Javier soltó una carcajada profunda, dejando el machete a un lado. El espacio entre las cañas se cerraba alrededor de ellos, un laberinto verde que los aislaba del mundo. El sol poniente filtraba rayos dorados, iluminando el polvo en el aire y el brillo de sudor en su cuello.

Ana extendió la mano, rozando su brazo. La piel de Javier estaba caliente, áspera por el trabajo, y ese tacto envió una descarga eléctrica directo a su centro. Él no se movió, solo la miró, el pecho subiendo y bajando con respiraciones pesadas. "¿Qué pasa, Ana? ¿Hoy sí te animas?" murmuró, su aliento cálido oliendo a tabaco y a hombre.

Ella no respondió con palabras. En cambio, se pegó a él, sus senos aplastándose contra su torso duro. Los labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose como las cañas, saboreando el salado del sudor y el dulzor de la caña que él masticaba a veces. Javier gruñó, sus manos grandes bajando por su espalda, amasando sus nalgas con fuerza posesiva pero tierna. Ana jadeó contra su boca, el sonido ahogado por el viento que mecía las hojas altas.

Acto primero: la chispa. Se separaron un segundo, jadeantes, mirándose con ojos nublados por la lujuria. Ana sentía su verga endureciéndose contra su vientre, gruesa y pulsante bajo los pantalones raídos. "Te deseo desde que amanecí, pendejo", le confesó ella, la voz temblorosa. Javier sonrió, esa sonrisa chueca que la derretía, y la empujó suavemente contra un tronco grueso de caña, las hojas rasgando levemente su blusa.

El medio acto ardía ya. Sus manos exploraban sin prisa, pero con urgencia contenida. Javier desabotonó su blusa, exponiendo sus tetas llenas al aire fresco del atardecer. El pezón derecho se endureció al instante, rosado y erecto, y él lo tomó en su boca, chupando con succiones lentas que la hacían arquear la espalda. Ana olía su cabello, a tierra y sol, mientras sus dedos se hundían en él. "¡Ay, Dios, qué rico, Javier! No pares, cabrón", gimió, el placer subiendo como una marea.

Él levantó su falda, las bragas ya empapadas pegadas a su panocha hinchada. Rozó el algodón húmedo con los dedos, sintiendo el calor que emanaba de ella. Ana tembló, las rodillas flojas, el sonido de su propia respiración entrecortada mezclándose con el zumbido de insectos en el cañaveral.

Esto es el paraíso, wey. Su piel contra la mía, su olor metiéndose en mis poros. Quiero que me folles hasta que olvide mi nombre.
Javier deslizó las bragas a un lado, sus dedos gruesos encontrando su clítoris, frotándolo en círculos que la volvían loca. Ella se mordió el hombro de él para no gritar, el sabor salado inundándole la boca.

La tensión escalaba, el conflicto interno de Ana disipándose en oleadas de placer. "¿Estás segura, mi reina? Aquí en medio del cañaveral de pasiones, como en el capítulo 84 de nuestras locuras", le susurró Javier al oído, su voz un ronroneo que le erizó la nuca. Ella asintió, empujándolo hacia abajo. Se arrodilló sobre la tierra blanda, desabrochando su pantalón con dedos ansiosos. La verga saltó libre, venosa y dura, el glande brillando con pre-semen. Ana la lamió desde la base, saboreando el almizcle masculino, el calor latiendo en su lengua. Javier maldijo en voz baja, "¡Chingada madre, qué boca tan rica tienes!", sus caderas moviéndose involuntariamente.

El clímax se acercaba en el acto final. Ana se levantó, girándose para apoyarse en el tronco, ofreciéndole su culo redondo. Javier no esperó; se colocó detrás, guiando su verga a la entrada mojada de su concha. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que Ana gritara de placer. "¡Sí, así, fóllame duro, mi amor!" El sonido de carne contra carne resonó en el cañaveral, chapoteos húmedos mezclados con gemidos y el roce de hojas. Él la embestía profundo, una mano en su cadera, la otra pellizcando su clítoris. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el orgasmo construyéndose como una tormenta.

Sudor goteaba de sus frentes, mezclándose en la unión de sus cuerpos. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, almizclado y embriagador. Javier aceleró, sus bolas golpeando su clítoris con cada estocada. "Me vengo, Ana, ¡no aguanto!" gruñó. Ella explotó primero, el placer irrumpiendo en espasmos que la dejaron temblando, la concha contrayéndose alrededor de él como un puño caliente. Javier se corrió segundos después, chorros calientes llenándola, gimiendo su nombre mientras se vaciaba.

Se derrumbaron juntos en la tierra suave, cuerpos entrelazados, el cañaveral susurrando aprobación. El afterglow era dulce: Javier besaba su cuello, suave ahora, oliendo su cabello revuelto. Ana sentía su semen goteando entre sus muslos, cálido y pegajoso, un recordatorio tangible de su unión.

Esto es lo que necesitaba. No solo el sexo, sino él. Mi Javier, en este cañaveral de pasiones capítulo 84, donde todo termina en fuego y comienza de nuevo.

El sol se había ido, dejando un cielo estrellado. Se vistieron entre risas, promesas susurradas. "Mañana, capítulo 85, ¿eh, ricura?" dijo él, guiñando. Ana sonrió, el corazón lleno, caminando de regreso al pueblo con las piernas flojas y el alma satisfecha. El cañaveral guardaba sus secretos, pero ella sabía que volverían, una y otra vez, a encender la pasión bajo las hojas.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.