Pasión de Gavilanes Capítulo 36 Fuego en la Carne
Estás sentada en el sillón de la sala de tu hacienda en las afueras de Culiacán, el aire cálido de la noche sinaloense filtrándose por las ventanas abiertas. El olor a tierra mojada después de la lluvia se mezcla con el aroma dulce de las bugambilias que trepan por las paredes. Miguel, tu hombre, está a tu lado, su cuerpo fuerte y moreno rozando el tuyo, mientras la tele transmite Pasión de Gavilanes capítulo 36. Esa escena donde los amantes se miran con ojos llenos de hambre, el pecho subiendo y bajando como si ya se estuvieran devorando. Sientes un cosquilleo en el vientre, un calor que sube lento por tus muslos.
Órale, qué chido estaría vivir eso de verdad, piensas, mordiéndote el labio. Miguel te nota, su mano grande y callosa se posa en tu rodilla desnuda bajo la falda ligera de algodón. "Mira nomás, mi reina, cómo se miran esos dos. Igualito que nosotros la primera vez", te susurra al oído, su aliento caliente oliendo a tequila reposado y a hombre. Su voz grave te eriza la piel, y sin pensarlo, giras la cara hacia él. Sus ojos oscuros brillan con esa picardía norteña que tanto te enloquece.
La tensión del día se desvanece: el rancho, los peones, las cuentas. Solo quedan ustedes dos, el zumbido del ventilador de techo y el jadeo ficticio de la novela que ahora parece un eco de lo que bulle dentro de ti. Miguel acerca su boca a tu cuello, rozando apenas la piel sensible con los labios. "Dime que quieres lo mismo que esa Sarita, mi amor. Dime que me deseas como en Pasión de Gavilanes capítulo 36", murmura, y su mano sube despacio por tu muslo, abriendo camino con caricias firmes pero suaves.
Sí, claro que sí, respondes en voz baja, tu pulso acelerándose como tambor de banda sinaloense. Lo jalas hacia ti, besándolo con urgencia. Sus labios son gruesos, calientes, saben a sal y a promesas. La lengua de él invade tu boca, bailando con la tuya en un ritmo que te hace gemir bajito. Sientes su verga endureciéndose contra tu cadera, dura como tronco de mezquite, y eso te prende más. "Eres un pendejo tan chulo", le dices riendo entre besos, y él responde apretándote el culo con fuerza juguetona.
Se levantan del sillón como si la gravedad ya no importara. Miguel te carga en brazos, riendo fuerte, su pecho ancho vibrando contra tus tetas. "Vamos a mi cuarto, mi vida, a hacer nuestro propio capítulo". El pasillo huele a madera vieja y a jazmín del jardín. Te deja en la cama king size, las sábanas frescas rozando tu espalda cuando caes. Él se quita la camisa guayabera de un tirón, revelando el torso marcado por el sol, músculos que se contraen con cada movimiento. Lo miras, babeando por dentro: el vello negro bajando hasta el ombligo, invitándote.
¡Qué hombre, neta! Este wey me va a volver loca esta noche.
Te incorporas de rodillas, desabrochándole el cinturón con dedos temblorosos de anticipación. Su pantalón cae, y ahí está, su verga gruesa y venosa, apuntando hacia ti como arma cargada. La tocas, suave al principio, sintiendo el pulso latiendo bajo la piel aterciopelada. "Qué rica la tienes, Miguel", susurras, y él gruñe, echando la cabeza atrás. El sonido es animal, puro deseo macho que te moja la panocha al instante.
Él te tumba de espaldas, quitándote la falda y las panties de encaje con prisa pero sin rudeza. Sus ojos recorren tu cuerpo desnudo: tetas firmes con pezones duros como piedras de río, cintura estrecha, caderas anchas listas para él. Baja la cabeza y chupa un pezón, lamiendo con lengua experta mientras su mano se cuela entre tus piernas. Sientes sus dedos gruesos abriendo tus labios húmedos, rozando el clítoris hinchado. "Estás empapada, mi reina. Todo por esa novela, ¿eh?", bromea, y mete un dedo adentro, curvándolo justo donde duele de placer.
El mundo se reduce a sensaciones: el roce áspero de su barba en tu piel suave, el olor almizclado de su sudor mezclándose con tu aroma de mujer excitada, el sabor salado cuando lo besas de nuevo. Gimes alto, arqueando la espalda. "Más, cabrón, dame más". Él obedece, agregando otro dedo, bombeando lento mientras su boca baja por tu vientre, dejando un rastro húmedo de besos. Llega a tu chocha, abriéndote las piernas con las manos. Su lengua lame desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga, y explotas en un jadeo. "¡Ay, Diosito! ¡Qué rico, Miguel!"
La intensidad sube como fiebre. Tus uñas se clavan en sus hombros, dejando marcas rojas que mañana presumirá orgulloso. Él se endereza, posicionando su verga en tu entrada. Te mira a los ojos, pidiendo permiso sin palabras. Asientes, envolviendo las piernas alrededor de su cintura. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sientes cada vena, cada pulso, llenándote hasta el fondo. "Estás tan apretada, tan caliente", gime él, empezando a moverse con ritmo pausado.
El colchón cruje bajo sus embestidas, el sonido rítmico uniéndose a vuestros jadeos. Sudor perla su frente, goteando sobre tus tetas. Lo jalas para besarlo, mordiendo su labio inferior. Acelera, follando más duro, sus bolas golpeando tu culo con palmadas húmedas. Tu clítoris roza su pubis con cada thrust, mandando chispas por tu espina. No aguanto más, se me viene la corrida, piensas, el orgasmo creciendo como ola en el Pacífico.
"Córrete conmigo, mi amor", le ruegas, y él gruñe afirmando. Sus caderas se clavan una vez más, profundo, y explotas. Tu chocha se aprieta alrededor de su verga como puño, ordeñándolo mientras ondas de placer te sacuden. Él ruge, llenándote con chorros calientes que sientes chorrear adentro. El clímax dura eterno, cuerpos temblando pegados, respiraciones entrecortadas.
Se derrumban juntos, él aún dentro de ti, besuqueándote la frente sudorosa. El cuarto huele a sexo crudo, a pasión satisfecha. Afuera, los grillos cantan su serenata nocturna, y en la tele lejana, la novela sigue, pero ya no importa. Miguel se sale despacio, un hilo de semen conectándolos aún. Te acurrucas en su pecho, escuchando su corazón galopando calmándose.
"Mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 36, ¿verdad, mi reina?", dice riendo bajito, acariciando tu cabello revuelto. Sonríes, besando su piel salada. "Neta, wey. Tú y yo somos la mejor telenovela". Duermes envuelta en su calor, con la promesa de más noches así, donde el deseo no tiene guion pero siempre termina en éxtasis.