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Pasión de Gavilanes Capítulo 180 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 180 Fuego en las Venas

La noche en la hacienda caía como un manto de terciopelo negro, con el aroma dulzón de las bugambilias invadiendo el aire cálido. Gabriela se recargaba en el balcón de madera tallada, el vaso de tequila reposado en la mano, sintiendo cómo el licor le quemaba la garganta y avivaba ese cosquilleo en el vientre. Adentro, el televisor zumbaba bajito, reproduciendo Pasión de Gavilanes capítulo 180, esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentaban al destino con una pasión que hacía temblar las pantallas. Gabriela sonrió para sí, recordando cómo esas historias la ponían caliente, como si el fuego de los gavilanes le lamiera la piel.

Qué chido sería tener un hombre así, pensó, uno que me mire como si fuera su reina y su presa al mismo tiempo.
El viento jugaba con su blusa de encaje blanco, pegándola a sus pechos llenos, y ella dejó que el roce la erizara. Hacía semanas que Diego, su amante secreto, no aparecía. Él, con su piel morena curtida por el sol de los campos, sus manos callosas de domar caballos y su mirada de pendejo travieso que prometía placeres prohibidos. Neta, lo extrañaba. Su cuerpo pedía a gritos el roce de esos dedos que sabían dónde tocar para volverla loca.

De pronto, el crujido de las hojas secas bajo las botas la alertó. Ahí estaba él, emergiendo de las sombras como un gavilán en caza. Diego, alto y fornido, con la camisa entreabierta dejando ver el pecho velludo y brillante de sudor. Órale, qué rico se veía bajo la luna llena.

Mamacita, ¿me extrañaste? —murmuró con esa voz ronca que le erizaba hasta el alma.

Gabriela se giró despacio, dejando que sus caderas se balancearan con picardía. —Más de lo que crees, carnal. Ven, que esta noche arde como en Pasión de Gavilanes capítulo 180.

Él se acercó, el olor a tierra húmeda y hombre macho envolviéndola. Sus labios rozaron su cuello, un beso húmedo que la hizo jadear. El mundo se redujo a ese contacto: la aspereza de su barba incipiente raspando su piel suave, el calor de su aliento mezclándose con el tequila en su boca.

La llevó adentro, sin prisas, como si el tiempo fuera suyo. La sala estaba iluminada solo por la tele, donde los amantes en pantalla se besaban con furia. Diego la sentó en el sofá de piel, sus manos grandes deslizándose por sus muslos, subiendo la falda floreada hasta revelar las ligas de sus medias. Gabriela sintió el pulso acelerado en su clítoris, ya hinchado de anticipación.

Simón, esto es lo que necesitaba, pensó ella, su verga dura contra mi pierna, prometiendo llenarme hasta el fondo.

Acto primero de su propia pasión: los besos empezaron suaves, lenguas danzando con sabor a sal y deseo. Él mordisqueaba su labio inferior, tirando lo justo para que doliera rico. Gabriela metió las manos por su camisa, arañando su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo sus uñas. El sonido de sus respiraciones jadeantes se mezclaba con los gemidos de la telenovela, creando una sinfonía erótica.

Diego la recostó, besando su escote. Desabrochó la blusa con dientes, exponiendo sus tetas redondas, los pezones oscuros y erectos como cerezas maduras. Los lamió despacio, chupando uno mientras pellizcaba el otro, haciendo que Gabriela arqueara la espalda y soltara un ¡ay wey! entre dientes. El olor de su arousal subía, almizclado y dulce, como miel caliente.

Pero no era momento de rendirse. Gabriela lo empujó, poniéndose encima, cabalgando sus caderas con la falda arremangada. Le desabrochó el cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de venas hinchadas. La tomó en la mano, sintiendo su calor y grosor, el prepucio suave deslizándose. —Qué chingona está, pendejo —le dijo juguetona, lamiendo la punta para probar el sabor salado de su pre-semen.

Él gruñó, agarrando sus nalgas firmes, amasándolas como masa. La tensión crecía, un nudo en el estómago de ambos, mezcla de amor salvaje y lujuria pura. Gabriela se frotó contra él, su panocha mojada empapando sus calzones de encaje, el roce enviando chispas por su espina.

En el medio del fuego, las emociones bullían. Diego la miró a los ojos, profundos como pozos. —Te quiero, reina mía. No como un capricho, sino neta, hasta los huesos.

Ella sintió un vuelco en el pecho, más allá del placer físico.

Este cabrón me tiene atrapada, y qué padre se siente, pensó, vulnerable pero poderosa.
Lo besó con hambre, mordiendo su lengua, mientras sus dedos exploraban su entrada resbaladiza, dos dentro, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. Gabriela gritó bajito, el sonido ahogado en su boca, oleadas de placer subiendo desde su centro.

La escalada era imparable. Diego la volteó boca abajo, quitándole los calzones de un tirón. Su lengua se hundió en ella, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreando su jugo dulce y ácido. Gabriela se arqueó, las sábanas —no, el sofá— arrugándose bajo sus puños. ¡Carajo, qué rico! El olor de su sexo lo volvía loco, inhalando profundo mientras la devoraba.

Ahora ella lo quería dentro. Se puso a cuatro patas, ofreciéndose, la cola en alto. Diego se posicionó, la cabeza de su verga rozando sus labios hinchados. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido gutural y animal. Él embestía lento al principio, sintiendo cada contracción de su cuca apretada, caliente como un horno.

La fricción era eléctrica: piel contra piel, sudor perlando sus cuerpos, el slap-slap de sus caderas chocando. Gabriela metía la mano abajo, frotando su clítoris hinchado, sincronizando con sus empujones.

Más fuerte, carnal, rómpeme, pensó ella, perdida en el ritmo.

Diego aceleró, agarrando sus caderas con fuerza, dejando marcas rojas. Cambiaron: ella encima, cabalgando como amazona, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él chupaba sus pezones, mordiendo lo justo. El clímax se acercaba, un tsunami building up. Gabriela sintió el orgasmo primero, un estallido desde adentro, contrayéndose alrededor de su verga, gritando ¡Sí, wey, sí! Chorros de placer mojando sus bolas.

Él la siguió, gruñendo como toro, llenándola de leche caliente, pulsos y pulsos hasta gotear por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón latiendo al unísono.

En el afterglow, la tele seguía con Pasión de Gavilanes capítulo 180, pero ellos eran los verdaderos héroes. Diego la abrazó, besando su frente sudada. —Esto es nuestro, mi vida. Nada nos para.

Gabriela sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho, el aroma de sexo impregnando el aire.

Qué chido es esto, pensó, pasión de gavilanes en carne propia.
Afuera, la noche susurraba promesas, y ellos, envueltos en sábanas revueltas, sabían que habría más capítulos.

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