Norma Pasión de Gavilanes
El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Gavilanes, tiñendo de oro las amplias extensiones de tierra fértil y los corrales donde relinchaban los caballos pura sangre. Norma Elizondo, con su piel morena brillando de sudor, caminaba por el patio principal ajustándose el escote de su blusa de algodón blanco, que se pegaba a sus curvas generosas como una segunda piel. Hacía un año que su esposo había muerto en un accidente con el ganado, dejándola sola al mando de todo aquello. Pero Norma no era de las que se quedaban llorando; era fuerte, como las raíces de los mezquites que rodeaban la propiedad. Sin embargo, en las noches, cuando el viento susurraba entre las ramas, su cuerpo clamaba por algo más que el mando y el trabajo.
¿Cuánto tiempo más voy a negar lo que siento? pensó, mientras observaba al nuevo capataz, Alejandro, que descargaba sacos de maíz del camión. Era un hombre de hombros anchos, piel curtida por el sol y ojos negros que parecían prometer tormentas. Llevaba una camisa desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y sus manos, grandes y callosas, manejaban las cargas con una facilidad que hacía que el corazón de Norma latiera más rápido. Él levantó la vista y sus miradas se cruzaron. Una sonrisa pícara se dibujó en los labios de él.
—Buenas tardes, jefa —dijo Alejandro con voz grave, como el trueno lejano—. ¿Necesita ayuda con algo?
Norma sintió un calor subirle por el cuello, no solo por el sol. El olor a tierra húmeda, sudor masculino y cuero fresco de su montura la envolvió. —No, gracias, carnal —respondió ella, pero su voz salió más ronca de lo planeado—. Solo venía a ver que todo estuviera en orden.
Él se acercó un paso, y el aire entre ellos se cargó de electricidad. —Aquí todo está caliente, como siempre en Gavilanes —bromeó, guiñándole un ojo.
Esa noche, durante la cena en el comedor principal, con las velas parpadeando y el aroma del mole poblano flotando en el aire, Norma no podía dejar de mirarlo. Alejandro había sido invitado por cortesía, pero ella sabía que era más que eso. Hablaban de la tierra, de los caballos, pero sus palabras estaban llenas de dobles sentidos. —Esta hacienda tiene una pasión propia —dijo él, sorbiendo un trago de tequila reposado—. Dicen que quien la toca, se enciende como fuego.
Norma rio, sintiendo el licor quemarle la garganta.
Norma, pasión de Gavilanes, le decían las criadas en broma, recordando las historias de su juventud salvaje.Pero esa noche, con Alejandro mirándola así, sentía que esa pasión despertaba de nuevo.
La tensión creció cuando, después de la cena, salieron al porche. La luna llena iluminaba el paisaje, y el canto de los grillos llenaba el silencio. Alejandro se acercó, su mano rozando accidentalmente la de ella al apoyarse en la baranda. El toque fue como una chispa: piel contra piel, cálida y áspera. Norma no se apartó. En cambio, giró el rostro hacia él, y sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Sabían a tequila y a deseo reprimido. Las manos de él subieron por su espalda, atrayéndola contra su pecho duro.
—Norma, me traes loco desde que llegué —murmuró contra su boca, su aliento caliente en su oreja.
—Entonces haz algo al respecto, vaquero —respondió ella, mordiéndose el labio, empoderada por el fuego que la recorría.
Entraron a la casa sin prisas, pero con urgencia en cada paso. La habitación de Norma era un santuario de maderas oscuras y sábanas de lino fresco. Cerró la puerta, y Alejandro la besó de nuevo, esta vez con hambre. Sus lenguas danzaron, probando el dulzor de la boca del otro, mientras las manos de él desabotonaban su blusa, revelando sus pechos llenos, coronados por pezones oscuros que se endurecían al aire. Norma jadeó al sentir sus labios bajar por su cuello, lamiendo el sudor salado de su clavícula.
El olor de su excitación llenaba la habitación: almizcle femenino mezclado con el aroma terroso de él. Ella tiró de su camisa, arañando ligeramente su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensarse bajo sus uñas. Qué rico se siente esto, pensó, mientras él chupaba un pezón, enviando ondas de placer directo a su entrepierna. Estaba mojada, su concha palpitando, rogando por atención.
Alejandro la llevó a la cama, quitándole la falda con delicadeza pero firmeza. Sus dedos grandes exploraron sus muslos, subiendo hasta el encaje de sus panties, que apartó para tocar su clítoris hinchado. Norma arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido ahogado por el viento que entraba por la ventana entreabierta. —Ay, sí, justo ahí, mi amor —susurró ella, sus caderas moviéndose al ritmo de sus caricias.
Él se arrodilló entre sus piernas, inhalando su aroma embriagador antes de lamerla despacio, saboreando sus jugos dulces y salados. La lengua de Alejandro era experta, rodeando su botón de placer, succionando suavemente mientras introducía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Norma se aferró a las sábanas, sus gemidos subiendo de volumen, mezclándose con el crujir de la madera vieja.
No mames, esto es lo que necesitaba, neta, pensó, mientras el orgasmo se acercaba como una ola.
Pero no quería acabar sola. Lo jaló hacia arriba, desabrochando su pantalón para liberar su verga dura, gruesa y venosa, palpitando en su mano. La piel era suave sobre el acero, y el olor masculino la mareó. La acarició, lamió la punta para probar el precum salado, antes de guiarlo dentro de ella. Alejandro entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gruñeron al unísono, el sonido gutural y animal.
Se movieron juntos, primero lento, sintiendo cada roce, cada pulso. El sudor los unía, resbaladizo y caliente. Norma clavó las uñas en su culo firme, urgiéndolo a ir más profundo. —Cógeme más fuerte, pendejo —le dijo juguetona, y él obedeció, embistiéndola con ritmo creciente, sus bolas golpeando contra su piel.
El clímax los alcanzó como un relámpago. Norma gritó primero, su concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo mientras oleadas de placer la sacudían. Alejandro la siguió, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que prolongaron su éxtasis. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón de ambos latiendo al unísono contra el pecho del otro.
En el afterglow, con la cabeza de él en su seno, Norma acarició su cabello húmedo. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín del jardín. Se sentía completa, poderosa. —Eres el gavilán que despertó mi pasión —le susurró.
Alejandro levantó la vista, sonriendo. —Y tú, Norma, pasión de Gavilanes, la mujer más ardiente que he conocido.
Durmieron entrelazados, con la promesa de más noches así en la hacienda que ahora latía con vida renovada. Norma sabía que esto era solo el principio; su fuego apenas comenzaba a arder.