La Pasión de Cristo el Diablo
El sol de abril caía a plomo sobre las calles empedradas de Guadalajara, tiñendo de oro las fachadas coloniales y el aire cargado de incienso y sudor. Yo, Sofia, caminaba entre la multitud de la procesión de Semana Santa, con el corazón latiéndome fuerte bajo el huipil blanco que me apretaba los pechos. Tenía veintiocho años, soltera por elección propia después de hartarme de novios mojigatos que no sabían ni dónde tocar. Neta, necesitaba algo que me prendiera fuego de adentro, no esos besitos castos que me dejaban con más ganas que antes.
La gente murmuraba oraciones, las velas parpadeaban en la penumbra de la catedral, y el olor a cera quemada se mezclaba con el aroma terroso de las flores de cempasúchil pisoteadas. Ahí lo vi por primera vez: Alejandro, el tipo que interpretaba al Diablo en la obra callejera de La Pasión de Cristo el Diablo, una versión tapatía medio prohibida que mezclaba lo sagrado con lo pecaminoso. No era el Cristo flacucho y sufrido el que me erizaba la piel, sino él, con su piel morena brillando de sudor, cuernos falsos torcidos en la cabeza y un cuerpo esculpido como si hubiera nacido para tentar. Sus ojos negros me clavaron cuando pasó rozándome, y sentí un cosquilleo entre las piernas que me hizo apretar los muslos.
¿Qué chingados me pasa? Esto es pecado, pero órale, qué rico pecado.
Después de la función, la plaza bullía de vendedores de elotes y aguas frescas. Me senté en una banca, con el vientre revuelto de anticipación, sorbiendo un tepache que sabía a piña fermentada y canela. Él se acercó, sin disfraz ya, solo con una playera negra ajustada que marcaba cada músculo de su pecho. "Ey, güey, ¿te gustó la obra?", me dijo con voz ronca, como gravel de tequila reposado. Olía a hombre: tabaco, loción barata y algo salvaje, animal. Le sonreí, sintiendo el calor subirle a las mejillas. "La neta, tu Diablo me dejó temblando. Ese Cristo ni se compara". Reímos, y de ahí platicamos. Se llamaba Alejandro, mecánico de motos en la zona industrial, pero con alma de actor. Hablaba con slang tapatío puro: "Estás bien prieta, carnala, no como las santurronas de aquí". Yo le seguí el rollo, coqueteando sin vergüenza. Esto es lo que necesitaba, pensé, mientras su rodilla rozaba la mía y un escalofrío me recorría la espina.
Nos fuimos caminando hasta su depa en el centro, un cuchitril chido con posters de rock y una cama king size que gritaba promesas. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Me besó contra la pared, sus labios gruesos sabiendo a chicle de tamarindo y cerveza. Sus manos, callosas del trabajo, me subieron el huipil, acariciando mi piel suave como terciopelo caliente. Gemí bajito cuando me pellizcó un pezón, endureciéndolo al instante. "Eres el Diablo de verdad", le susurré, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Él rio, profundo, vibrando contra mi pecho. "Y tú mi Cristo tentado, mamacita".
En la cama, el aire se espesó con nuestros jadeos y el crujir de las sábanas. Me quitó la ropa despacio, besando cada centímetro: el hueco de mi clavícula que olía a mi perfume de gardenias, el ombligo que lamía con lengua experta, haciendo que mi panocha se mojara como nunca. Yo le bajé los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor como hierro al rojo, y la chupé con hambre, saboreando la sal de su piel, el músculo tenso bajo mi lengua. "¡Chin, qué rica boca tienes!", gruñó él, enredando dedos en mi cabello negro. Lo miré desde abajo, sus ojos ardiendo como brasas, y sentí el poder: yo lo controlaba en ese momento.
Pero la tensión crecía. Me volteó boca abajo, sus dedos explorando mi culo redondo, masajeando hasta que arqueé la espalda.
Esto es la pasión de Cristo el Diablo, pura mezcla de cielo y infierno, pensé mientras él me lamía el coño desde atrás, su aliento caliente en mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, "¡A huevo, así, cabrón!", mis jugos chorreando por sus labios. El cuarto olía a sexo crudo: almizcle, sudor, mi excitación dulce como miel de maguey. Me penetró lento al principio, su pija abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Cada embestida era un latido compartido, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi trasero. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas rebotando, pezones rozando las sábanas ásperas.
El conflicto interno me azotaba: años de misa y culpa chocando contra este placer demoníaco. ¿Soy puta por gozar así? Pero no, era libre, empoderada, mi cuerpo mío para follar como quisiera. Él lo sentía, me volteó de frente para mirarnos a los ojos. "Dime qué quieres, reina". "Fóllame duro, como si fuera el fin del mundo", le rogué, clavándole las uñas en la espalda. Aceleró, su verga martillando mi interior, el placer subiendo como ola en el lago de Chapala. Sudábamos, resbalosos, el sonido de carne contra carne ahogando el tráfico lejano. Mi orgasmo llegó primero, un estallido que me dejó temblando, contrayendo alrededor de él, gritando su nombre mientras luces blancas explotaban en mi visión. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como bestia, colapsando sobre mi pecho jadeante.
Después, en el afterglow, yacimos enredados, el ventilador zumbando sobre nosotros, secando el sudor pegajoso. Su cabeza en mi seno, yo acariciando su cabello revuelto. "Neta, eso fue chido", murmuró, besándome el hombro. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si hubiera exorcizado mis demonios.
La Pasión de Cristo el Diablo no era solo una obra; era nosotros, el sagrado y lo profano fundidos en éxtasis.Afuera, las campanas de la catedral tañían la resurrección, pero yo ya había resucitado en sus brazos. Nos dormimos así, con promesas de más noches tentadoras, el corazón latiendo en sintonía con el pulso de la ciudad.