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Pasión Muerte y Resurrección de Jesús en Mi Carne

6438 palabras

Pasión Muerte y Resurrección de Jesús en Mi Carne

Era Semana Santa en Guadalajara, el aire cargado de incienso y murmullos devotos. Yo, María, caminaba por las calles empedradas del centro, con el sol pegándome en la nuca como una caricia ardiente. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas por el sudor, y cada paso hacía que mis chichis rebotaran un poquito, atrayendo miradas que me ponían la piel chinita. No era devota como mi familia, pero algo en esas procesiones me removía por dentro, un calor que no era solo del clima tapatío.

Ahí lo vi. Entre los costaleros cargando al Cristo de la agonía, un morro alto, moreno, con ojos negros que brillaban como carbones. Su barba recortada, el cabello largo atado en una coleta, y ese cuerpo fibroso bajo la túnica morada. Parecía sacado de un cuadro renacentista, pero con un aire de calenturiento que me mojó las panties de volada. Se llamaba Jesús, me dijo después, y su voz grave me erizó los brazos.

«¿Qué onda, güeyita? ¿Vienes a la procesión o a buscar algo más... pecaminoso?»
me soltó con una sonrisa pícara, mientras el tamborazo de la banda retumbaba en mi pecho.

Nos quedamos platicando al final del desfile. Él era carpintero, como el de la Biblia, y olía a madera fresca y sudor masculino, un aroma que me nublaba la cabeza. No mames, pensé, este carnal es el Jesús que todas soñamos en secreto. La tensión crecía con cada mirada; sus ojos bajaban a mis labios, a mis tetas que se marcaban bajo la tela. «Ven a mi taller, María. Ahí te muestro mi pasión verdadera», me invitó, y yo, con el clítoris latiendo como tambor, asentí. Caminamos juntos por callejones angostos, el sol poniente tiñendo todo de rojo sangre.

El taller era un rincón chido en una casa colonial, con herramientas colgadas y virutas de cedro perfumando el aire. Cerró la puerta con llave, y de repente el mundo se achicó a nosotros dos. Me acorraló contra la mesa de trabajo, su aliento caliente en mi cuello. «Eres mi Magdalena», murmuró, y sus manos grandes, callosas, subieron por mis muslos, arrugando el vestido. Sentí su verga dura presionando contra mi panza, gruesa y palpitante bajo los pantalones. Chingao, qué rico se sentía ese bulto. Le mordí el labio inferior, saboreando su sal, y él gimió bajito, un sonido que vibró en mis entrañas.

La pasión empezó despacio, como el vía crucis que acabábamos de ver. Me quitó el vestido con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios ásperos en mis hombros, lengua trazando mi clavícula, bajando hasta mis pezones que se endurecieron como piedras. Los chupó con hambre, succionando fuerte, y yo arqueé la espalda, gimiendo «¡Ay, Jesús, no pares!». El olor de mi propia excitación llenaba el cuarto, mezclado con el suyo, almizclado y varonil. Sus dedos expertos se colaron en mis calzones, rozando mi concha empapada.

Esto es mi pasión muerte y resurrección de Jesús, pensé, mientras él me abría las piernas como un evangelio prohibido.

Me tendió sobre la mesa, la madera áspera raspando mi espalda desnuda, un dolorcito placentero que me ponía más caliente. Sacó una cuerda de yute del cajón –consensual, claro, yo se lo pedí con la mirada– y ató mis muñecas suaves, no fuerte, solo para el juego. «Sufriré por ti, como él», dijo, y empezó a azotarme las nalgas con la palma abierta, chap chap, sonidos secos que resonaban con mi jadeo. Cada golpe mandaba ondas de fuego a mi clítoris, y yo me retorcía, pidiendo más. «¡Pégame más duro, carnal! ¡Hazme tuya!» Su verga liberada era enorme, venosa, con el prepucio retraído mostrando la cabeza morada brillando de precum. La restregó contra mis labios vaginales, untándome de su esencia salada.

La escalada fue brutal, emocional. Mientras me penetraba centímetro a centímetro, lento como una crucifixión erótica, yo revivía mis soledades pasadas: amores fallidos, noches de masturbación furiosa pensando en cuerpos divinos. Él lo sentía, susurraba en mi oído «Déjame redimirte, María. Esta es tu pasión». Empujaba profundo, su pubis chocando contra mi clítoris, plaf plaf, ritmado como latidos. Sudábamos juntos, pieles pegajosas deslizándose, el taller lleno de nuestros gruñidos y el chapoteo húmedo de la cogida. Le clavé las uñas en la espalda, saboreando el sudor que goteaba de su pecho a mi boca, salado y divino.

La muerte llegó en oleadas. Me volteó boca abajo, atándome las manos a la mesa, y me embistió desde atrás como un toro. Su verga me llenaba hasta el fondo, rozando mi punto G con cada arremetida. «¡Me vengo, Jesús! ¡Muero en ti!» grité, mientras mi concha se contraía en espasmos, chorros de jugo caliente salpicando sus bolas. Él rugió, su cuerpo temblando, y sentí su leche espesa inundándome, chorro tras chorro, caliente como lava redentora. Colapsamos, exhaustos, el clímax como una muerte dulce, el corazón latiéndome en los oídos, el mundo disolviéndose en negro placentero.

Pero vino la resurrección. Desató mis manos con ternura, me cargó en brazos hasta un catre en la esquina, cubierto de sábanas frescas que olían a lavanda mexicana. Me acurruqué en su pecho ancho, escuchando su corazón calmarse al ritmo del mío. Besos suaves ahora, lenguas danzando perezosas, explorando bocas como amantes renacidos.

En su pasión muerte y resurrección de Jesús, yo había renacido, mi cuerpo vivo de placeres nuevos.
Platicamos de todo: de tacos al pastor bajo las estrellas, de sueños compartidos, de cómo esa noche nos había unido más allá de la carne.

Salimos al balcón al amanecer, el cielo rosado como piel sonrojada. Me penetró de nuevo, esta vez lento, misionero, mirándonos a los ojos. Sus embestidas profundas me llevaron a otro orgasmo suave, olas de éxtasis que me hicieron llorar de puro gozo. Él se vino dentro otra vez, sellando nuestra unión. Qué chingón, pensé, este no era un polvo cualquiera; era redención carnal, vida eterna en cada roce.

Ahora, cada Semana Santa, lo busco en las procesiones. Jesús, mi carpintero, mi dios pagano. Su pasión me mata y me resucita, una y otra vez, en la gloria de nuestros cuerpos entrelazados.

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