Buenos Dias Pasion
Desperté con el sol de la mañana filtrándose por las cortinas entreabiertas de nuestro departamento en Polanco, tiñendo la habitación de un dorado suave que hacía brillar la piel morena de Marco a mi lado. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, el calor de su cuerpo pegado al mío como una promesa de lo que vendría. Olía a él, a sudor limpio de la noche anterior mezclado con el leve aroma de su colonia de sándalo que siempre me volvía loca. Extendí la mano despacio, rozando con las yemas de los dedos el contorno de su abdomen marcado, sintiendo cómo los músculos se contraían bajo mi toque. Qué chingón es este wey, pensé, mientras un cosquilleo familiar se despertaba entre mis piernas.
—Buenos días, pasión —murmuré bajito, acercándome para besar su hombro, saboreando la sal de su piel con la lengua.
Marco abrió los ojos perezosos, esa sonrisa pícara que me derretía apareciendo de inmediato. —Órale, nena, ¿ya andas con antojos mañaneros? —dijo con voz ronca, girándose hacia mí y atrapando mi cintura con su brazo fuerte. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en la constructora, se deslizaron por mi espalda desnuda, bajando hasta mis nalgas para apretarlas con esa posesión juguetona que me hacía jadear.
Nos conocimos hace seis meses en una fiesta en la Condesa, él con su camiseta ajustada y yo con un vestido rojo que gritaba ven por mí. Desde esa noche, cada amanecer era como este: puro fuego contenido esperando estallar. Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su erección dura presionando contra mi centro ya húmedo. El roce de su vello púbico contra mis pliegues me hizo soltar un gemido bajo, mientras el sonido de los pájaros en el balcón se mezclaba con nuestras respiraciones aceleradas.
¿Por qué este hombre me prende tanto? Es como si supiera exactamente dónde tocar para que mi cuerpo responda sin pensarlo dos veces. Pinche suerte la mía.
—Te ves riquísima así, Ana —gruñó Marco, incorporándose un poco para lamer mi cuello, su aliento caliente enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Mordisqueó mi oreja, y yo arqueé la espalda, presionando mis pechos contra su pecho. El olor de mi propia excitación empezaba a llenar el aire, dulce y almizclado, mientras sus dedos se colaban entre mis muslos, abriéndome con delicadeza.
—No pares, carnal —jadeé, moviendo las caderas contra su mano. Sus dedos expertos encontraron mi entrada resbaladiza, deslizándose adentro con un movimiento fluido que me hizo clavar las uñas en sus hombros. El sonido húmedo de su penetración digital era obsceno, delicioso, como música para mis oídos. Sentía cada vena de sus nudillos rozando mis paredes internas, curvándose para presionar ese punto que me hacía ver estrellas.
Marco me volteó con facilidad sobre la cama, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nuestro peso. Se arrodilló entre mis piernas, mirándome con ojos oscuros llenos de hambre. —Déjame probarte, mi reina —dijo, bajando la cabeza. Su lengua caliente lamió mi clítoris en círculos lentos, succionando con justo la presión perfecta. Grité su nombre, el sabor salado de mi esencia en su boca mientras él gemía de placer, vibrando contra mi carne sensible. El sol calentaba mi piel expuesta, contrastando con el fresco de su saliva en mí.
Mis manos se enredaron en su cabello negro revuelto, tirando suave para guiarlo. Qué rico come verga este pendejo, no, espera, él me comía a mí como si fuera su postre favorito. Las contracciones en mi vientre se intensificaban, el olor a sexo crudo impregnando la habitación. Sentía mis jugos corriendo por sus labios, por su barbilla, mientras él introducía dos dedos de nuevo, follándome con ellos al ritmo de su lengua.
Estoy a punto de correrme, pero quiero que dure. Quiero sentirlo dentro, llenándome hasta el fondo. ¡Aguanta, Ana, disfruta el camino!
—Marco, métemela ya —supliqué, mi voz entrecortada por los jadeos. Él se incorporó, su polla tiesa brillando con pre-semen, gruesa y venosa, lista para mí. Se posicionó en mi entrada, frotándola arriba y abajo para lubricarse con mis fluidos. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El ardor placentero de la invasión me hizo morder mi labio, saboreando la sangre leve mientras él llenaba cada rincón vacío de mi ser.
—Estás tan chida por dentro, tan apretada —gruñó, empezando a moverse con embestidas lentas y profundas. El slap-slap de su pelvis contra la mía resonaba, mezclado con mis gemidos y sus resoplidos. Sudábamos juntos, el olor salobre de nuestros cuerpos fusionándose en una nube embriagadora. Agarré sus nalgas firmes, clavando las uñas para urgirlo más rápido, más fuerte.
Cambiamos de posición sin salirnos; yo me puse encima, cabalgándolo como una amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras, enviaban descargas eléctricas directo a mi núcleo. Rebotaba sobre él, sintiendo cómo su verga golpeaba mi cervix con cada bajada, el placer rozando el dolor en el borde perfecto. El sol ahora caía pleno sobre nosotros, haciendo que el sudor resbalara por mi espalda como perlas calientes.
—Más rápido, nena, hazme tuyo —me rogó Marco, sus caderas subiendo para encontrarse con las mías. El ritmo se volvió frenético, el colchón chirriando en protesta. Mi clítoris frotándose contra su pubis, acumulando la tensión como una tormenta a punto de romper.
Esto es lo que necesitaba, esta conexión pura, sin palabras complicadas. Solo cuerpos hablando su idioma ancestral. ¡Ven, pasión, explota!
El orgasmo me golpeó como un tren, olas de éxtasis contrayendo mis músculos alrededor de su polla, ordeñándolo. Grité, un sonido gutural que salió de lo más profundo, mientras lágrimas de placer rodaban por mis mejillas. Marco me siguió segundos después, su semen caliente inundándome en chorros potentes, su rugido animal vibrando en su pecho. Colapsamos juntos, jadeantes, su miembro aún palpitando dentro de mí.
Nos quedamos así un rato, envueltos en el afterglow, el sol calentando nuestras pieles pegajosas. Besé su frente sudorosa, probando el sabor salado. —Buenos días, pasión —repetí, riendo bajito.
—Todos los días contigo son así, mi amor —respondió él, acariciando mi cabello. El aroma de café empezaba a filtrarse desde la cocina, recordándonos el mundo exterior, pero por ahora, solo existíamos nosotros en esta burbuja de intimidad mexicana, llena de sabor y fuego.
Me levanté despacio, sintiendo su esencia escurrir por mis muslos, una marca deliciosa de nuestra unión. Mientras preparaba el desayuno, con su camiseta cubriéndome apenas, pensé en lo afortunada que era. Marco se acercó por detrás, abrazándome, su dureza matutina ya regresando contra mis nalgas. —Otra ronda, ¿o qué? —bromeó.
Reí, girándome para besarlo. —Siempre, pendejo. Siempre.
En esa cocina luminosa, con el skyline de la ciudad al fondo, supimos que este era nuestro ritual perfecto: despertar con pasión, vivir con intensidad, amar sin reservas. Y así, otro día comenzaba, cargado de promesas sensuales.