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Abismo de Pasion Capitulo 100

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Abismo de Pasion Capitulo 100

Ana se recargó en la barandilla del balcón del hotel en Playa del Carmen, el viento salado del Caribe le rozaba la piel como una caricia prohibida. El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que parecían fuego líquido. Hacía meses que no veía a Diego, su amante secreto, el hombre que la volvía loca con solo una mirada. Neta, cada día sin él era un tormento, un vacío que solo su cuerpo podía llenar. Llevaban años en esto, un romance clandestino que ardía como chile habanero, intenso y adictivo.

El cuarto atrás era puro lujo: sábanas de algodón egipcio, velas de vainilla encendidas que perfumaban el aire, y una botella de tequila reposado esperándolos en la mesita. Ana se ajustó el vestido negro ceñido, corto apenas para rozar sus muslos, sintiendo cómo la tela se pegaba a sus curvas húmedas de anticipación. ¿Y si esta vez es la buena? ¿La que nos hunde del todo en este abismo de pasión? pensó, mordiéndose el labio. Capítulo 100 de su historia, como si fueran los protagonistas de una telenovela bien culera pero excitante.

El sonido de la puerta abriéndose la sacó de su ensimismamiento. Ahí estaba Diego, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado con un águila mexicana. Sus ojos oscuros la devoraron de inmediato. Órale, mamacita, ¿me extrañaste? dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Ni me lo imaginas, carnal, respondió ella, caminando hacia él con caderas balanceándose. Se abrazaron fuerte, sus cuerpos chocando como olas en la playa. Olía a mar y a colonia masculina, un olor que la ponía cardíaca. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando, saboreando el tequila que él ya había probado. Manos por todos lados: las de él en su cintura, apretando, las de ella enredándose en su pelo negro.

Esto es el principio del fin, Ana. Capítulo 100, donde todo explota, se dijo a sí misma mientras él la cargaba hacia la cama.

La arrojó sobre las sábanas suaves, riendo como pendejo enamorado. Eres una diosa, neta, murmuró, quitándole el vestido de un jalón. Quedó en lencería roja, tetas firmes asomando, el encaje mojado entre las piernas. Él se desvistió rápido, su verga ya dura saltando libre, gruesa y venosa, lista para ella. Ana la miró con hambre, lamiéndose los labios. Ven acá, pendejo, no me hagas esperar, exigió juguetona.

Diego se arrodilló entre sus piernas, besando su cuello, bajando por el valle de sus senos. Mordisqueó un pezón a través del brasier, haciendo que ella arqueara la espalda con un gemido gutural. ¡Ay, cabrón! El aire se llenó de su aroma, mezcla de sudor fresco y excitación almizclada. Sus manos expertas desabrocharon el sostén, liberando sus chichis redondos, y los chupó con devoción, lengua girando, dientes rozando justo lo suficiente para doler rico.

Ana metió las uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la piel caliente. Su toque es fuego, me quema viva. Bajó una mano, agarró su pija palpitante, masturbándolo lento, sintiendo las venas pulsar contra su palma. Él gruñó, un sonido animal que vibró en su clítoris. Te voy a comer entera, reina, prometió, deslizándose abajo.

Sus labios rozaron su ombligo, luego el monte de Venus. Quitó las panties con los dientes, exponiendo su coño depilado, hinchado y brillante de jugos. El primer lametón fue eléctrico: lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando su miel salada. Ana jadeó, piernas temblando. ¡Sí, así, no pares, chingo! Él succionó el botón sensible, dos dedos entrando en su calor húmedo, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. El sonido era obsceno: chapoteos, succiones, sus gemidos altos como sirenas.

El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de su barba en los muslos internos, el olor penetrante de su arousal mezclado con vainilla, el pulso acelerado latiendo en sus oídos. Ana se mecía contra su boca, caderas alzándose, persiguiendo el orgasmo que se acumulaba como tormenta. Es demasiado, pero no quiero que pare. Este abismo de pasión nos va a tragar. Él aceleró, dedos follando rápido, lengua vibrando. Ella explotó con un grito ronco, chorros calientes mojando su cara, cuerpo convulsionando en olas de placer puro.

Diego subió, besándola para que probara su propio sabor dulce. Ahora te toca a ti, putita mía, dijo juguetón. Ana lo volteó, montándose a horcajadas. Su verga rozó su entrada, untándose de sus jugos. Lo miró a los ojos, conexión profunda. Te amo, cabrón, pero fóllame como si me odiaras. Bajó despacio, centímetro a centímetro, su coño estirándose alrededor de su grosor. Ambos gimieron al unísono. Lleno, completo, perfecto.

Empezó a cabalgar, tetas rebotando, manos en su pecho para apoyo. Él la agarró las nalgas, amasándolas, un dedo rozando su ano juguetón. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, sudor perlando sus cuerpos, brillando bajo la luz tenue. Ana aceleró, clítoris frotándose contra su pubis, building another climax. Más duro, pendejo, dame todo. Diego se incorporó, mamando sus tetas mientras embestía desde abajo, verga golpeando profundo, tocando su cervix con cada thrust.

El olor a sexo era espeso, embriagador: sudor, semen preeyaculatorio, su esencia mezclada. Sus alientos jadeantes se entrechocaban, besos desordenados con dientes y saliva. Capítulo 100, el clímax de nuestra novela sucia, pensó ella en el fragor. Él la volteó de repente, poniéndola a cuatro patas. Ahora sí, te voy a romper. Entró de un golpe, bolas chocando su clítoris, follando como bestia. Ana gritaba, almohada ahogando sus chillidos. Sus embestidas eran salvajes, precisas, mano enredada en su pelo tirando suave, otra pellizcando su clítoris.

El placer era abrumador: stretch delicioso, fricción ardiente, su verga hinchándose dentro. Me vengo, amor, ¡lléname! rogó. Diego gruñó, acelerando, piel resbalosa. ¡Toma, toda para ti! Eyaculó caliente, chorros potentes pintando sus paredes internas, empujándola al borde. Ana colapsó en éxtasis, coño contrayéndose ordeñándolo, orgasmos múltiples sacudiéndola como terremoto.

Se derrumbaron juntos, enredados, respiraciones calmándose. Diego la besó la frente, suave ahora. Eres mi todo, Ana. Este abismo de pasión capítulo 100 nos define, susurró. Ella sonrió, dedo trazando su mandíbula. El sudor se enfriaba en su piel, sábanas revueltas testigos de su unión. Afuera, las olas susurraban, como aplaudiendo su entrega.

En el afterglow, se sirvieron tequila, desnudos y satisfechos. ¿Qué sigue? ¿Otro capítulo? Neta, no sé si sobreviva, reflexionó Ana, acurrucada en su pecho. Pero en ese momento, con su calor envolviéndola, el mundo era perfecto. Su historia continuaba, ardiente, infinita, en las profundidades de su deseo compartido.

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