Déjala Tranquila Entretenida con su Juego de Pasión
El sol del atardecer se colaba por las cortinas de nuestra depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo, Raúl, acababa de llegar del jale, sudado y con el pinche tráfico de Insurgentes todavía zumbándome en la cabeza. Abrí la puerta del cuarto y ahí estaba ella, mi Lupe, recostada en la cama king size que tanto nos gustaba. Llevaba puesto ese baby doll rojo que le regalé en nuestro viaje a Playa del Carmen, con encaje que se pegaba a sus curvas como segunda piel. Sus ojos estaban cerrados, los labios entreabiertos, y su mano derecha se movía lenta, juguetona, entre sus muslos abiertos.
Qué chingonería, pensé, mientras el corazón me latía como tamborazo en una fiesta. No quise interrumpir. Recordé lo que me dijo mi carnal Chuy la otra noche en el bar: "Déjala tranquila entretenida con su juego de pasión, wey. Las morras como la tuya saben lo que quieren, y si la dejas volar un rato, después te va a devorar como nunca". Neta, tenía razón. Lupe era fuego puro, una diosa mexicana con piel morena que brillaba bajo la luz tenue, pechos firmes que subían y bajaban con cada respiración jadeante.
Me quedé en la puerta, sin hacer ruido, solo observando. El sonido de sus dedos resbalando en su humedad era como música prohibida, un chap chap suave que me ponía la verga dura al instante. Olía a ella, ese aroma dulce y salado de su excitación que me volvía loco, mezclado con el perfume de vainilla que se echaba después del baño. Sus caderas se arqueaban un poquito, buscando más, y un gemido bajo escapó de su garganta: "Ay, sí... así...". Me mordí el labio, sintiendo el calor subir por mi pecho. Quería lanzarme, pero no. Déjala tranquila, me repetí. Que se entretenga con su juego de pasión.
Me quité la camisa despacio, dejando que el aire fresco del ventilador me erizara la piel. Mis ojos no se despegaban de ella. Lupe abrió un ojo, me vio, y en vez de parar, sonrió pícara, esa sonrisa que dice ven, pero no tan rápido. Siguió tocándose, ahora más intenso, metiendo dos dedos adentro y sacándolos con un sonido húmedo que retumbaba en mis oídos. Sus pezones se endurecieron bajo el encaje, rosaditos y pidiendo a gritos mi boca. El sudor le perlaba la frente, y su cabello negro se pegaba al cuello como serpiente.
Si la interrumpo ahora, se va a enojar. No, carnal, déjala que se prenda sola. Mira cómo se retuerce, está en su mundo. Eso la pone más caliente para después.
Me acerqué al borde de la cama, sentándome con cuidado. Ella aceleró el ritmo, sus muslos temblando, el colchón crujiendo bajito. "Raúl... mírame", murmuró, voz ronca como tequila ahumado. La obedecí, hipnotizado por cómo su clítoris hinchado respondía a cada roce. El olor era más fuerte ahora, embriagador, y probé el aire con la lengua, imaginando su sabor ácido y dulce. Mi verga palpitaba contra los jeans, pidiendo libertad, pero esperé. Tensiones como esta eran las que hacían que nuestras noches explotaran.
Pasaron minutos que parecieron horas. Lupe jadeaba más fuerte, sus uñas clavándose en las sábanas blancas, ahora arrugadas y húmedas. "Me vengo... ay, cabrón...", soltó, y su cuerpo se convulsionó en un orgasmo que la dejó temblando, con la piel erizada y los ojos vidriosos. Se quedó quieta un segundo, respirando hondo, y luego me miró con hambre renovada. "Ven aquí, pendejo. Ya te esperé lo suficiente".
Acto dos de nuestra noche apenas empezaba. Me desabroché el cinturón con manos temblorosas, el metal tintineando como campana de iglesia. Lupe se incorporó a gatas, gateando hacia mí con esa mirada felina que me deshacía. Sus tetas colgaban pesadas, balanceándose, y me agarró la cara para besarme. Su boca sabía a cerezas del gloss que usaba, lengua caliente enredándose con la mía en un baile salvaje. Olía su piel salada, sentía el calor de su coño mojado rozando mi muslo cuando se sentó a horcajadas.
Esto es lo chido de dejarla tranquila entretenida con su juego de pasión, pensé mientras ella me bajaba los jeans y liberaba mi verga tiesa como poste. La tomó en su mano suave, masturbándome lento, el pulgar rozando la cabeza sensible donde ya perleaba líquido preseminal. "Estás bien grande, mi amor. Todo por mí", ronroneó, y se lamió los labios. Bajó la cabeza, su aliento caliente me erizó los huevos, y luego su boca me envolvió, chupando con fuerza, lengua girando alrededor. El sonido era obsceno, slurp slurp, saliva mezclada con mi sabor salado. Gemí, agarrándole el pelo, pero sin empujar. Todo consensual, puro placer mutuo.
La volteé con delicadeza, poniéndola boca abajo. Sus nalgas redondas se alzaron, invitándome. Le separé las piernas, admirando su coño rosado e hinchado, gotitas brillando en los labios. Olía delicioso, a sexo puro mexicano. Lamí despacio, desde el clítoris hasta el ano, saboreando su esencia. Ella gritó: "¡Sí, lame mi chile, wey! No pares". Mi lengua entraba y salía, dedos uniéndose al juego, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. Sus paredes se contraían, jugos chorreando por mi barbilla. El cuarto apestaba a nosotros, sudor, pasión, vida.
Pero quería más. La puse de misionero, yo encima, vergas rozando su entrada. "Métemela ya, Raúl. Fóllame duro", suplicó, uñas en mi espalda. Empujé lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándola, caliente y apretada como guante de terciopelo. El plaf plaf de piel contra piel llenó el aire, sus gemidos subiendo de tono. Aceleré, embistiéndola profundo, bolas golpeando su culo. Sus tetas rebotaban, yo las chupaba, mordisqueando pezones. Sudábamos juntos, cuerpos pegajosos, corazones latiendo al unísono.
Internamente, la tensión era un volcán.
Esto es por dejarla tranquila primero. Ahora explota todo. Neta, Chuy es un genio.Lupe clavó las piernas en mi cintura, pidiéndome más. Cambiamos a vaquera, ella encima, cabalgándome como jinete en rodeo. Sus caderas giraban, coño tragándome entero, clítoris frotándose contra mi pubis. "Me vengo otra vez... ¡juntos!". Sentí sus paredes ordeñándome, y exploté dentro, chorros calientes llenándola mientras ella gritaba mi nombre.
Colapsamos, exhaustos, pieles pegadas en afterglow. El ventilador nos secaba el sudor, el sol ya se había ido, dejando la luna colándose por la ventana. Lupe se acurrucó en mi pecho, su mano trazando círculos en mi abdomen. "Gracias por dejarme tranquila entretenida con su juego de pasión al principio. Siempre sabes lo que necesito", susurró, besándome el cuello. Olía a sexo satisfecho, a nosotros.
Me reí bajito, abrazándola fuerte. "Es que te conozco, mi reina. Y neta, fue lo mejor". Afuera, el bullicio de Polanco empezaba: cláxones lejanos, risas de bares. Pero aquí, en nuestra burbuja, solo quedábamos el latido calmado de nuestros corazones y la promesa de más noches así. Empoderados, conectados, en puro amor carnal mexicano.