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Diario de una Pasión Libro PDF (1)

7712 palabras

Diario de una Pasión Libro PDF

Neta que mi vida se sentía como un chorro de agua tibia, sin chispa ni nada que me hiciera vibrar. Vivo en un departamentito chido en la Roma Norte, trabajo de diseñadora gráfica freelance, y aunque salgo con cuates y eso, el deseo andaba dormido como un oso en invierno. Una noche, después de un día de puro estrés con deadlines, me clavé en la laptop buscando algo que me prendiera el ánimo. Tecleé diario de una pasion libro pdf en el buscador, sin pensarlo mucho, y ¡órale! Apareció un archivo que prometía ser el relato crudo de una mina que se soltaba la melena con sus amantes. Lo bajé rapidito, lo abrí, y de volada me metí en esas páginas digitales llenas de sudor, gemidos y pieles enredadas.

El olor a café recién hecho flotaba en mi cocina mientras leía, pero mi atención estaba en esas palabras que describían toques suaves en los muslos, lenguas expertas lamiendo hasta el delirio. Sentí un calor subiéndome por el vientre, mis pezones endureciéndose contra la blusa ligera de algodón. ¿Por qué no yo? pensé, cerrando el PDF con las manos temblorosas. Me miré en el espejo del baño: cabello negro suelto hasta los hombros, ojos cafés intensos, curvas que no le piden permiso a nadie. Me puse un vestido negro ajustado que marcaba mi culazo, tacones altos y labial rojo sangre. Esa noche, la Condesa me iba a comer en la mano.

Hoy descargué ese diario de una pasion libro pdf. Neta que me dejó la panocha mojadita, imaginando manos fuertes explorándome. ¿Será que esta noche encuentro mi propia pasión?

El bar estaba a reventar de gente guapa, música de Natalia Lafourcade de fondo mezclada con risas y vasos chocando. Pedí un margarita helado, el limón fresco explotando en mi lengua, el tequila quemándome la garganta justo como quería. Ahí lo vi: Luis, alto, moreno, con una sonrisa pícara que gritaba trouble. Se acercó con una cerveza en la mano, oliendo a colonia cítrica y algo masculino, como tierra mojada después de la lluvia.

—¿Qué hace una chava tan rica sola aquí? —me dijo, su voz grave retumbando en mi pecho.

—Buscando mi propia historia de pasión, wey —le contesté coqueta, mordiéndome el labio.

Charlamos un rato, riéndonos de tonterías, pero el aire entre nosotros se cargaba de electricidad. Sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote, y yo sentía su rodilla rozando la mía bajo la mesa de madera pulida. El sonido de sus risas profundas me erizaba la piel, y cuando su mano rozó mi brazo accidentalmente, un escalofrío me recorrió la espalda. Este cuate sabe lo que hace, pensé, mientras el calor entre mis piernas crecía como lava.

—¿Vamos a otro lado? —propuso, su aliento cálido en mi oreja.

—Sí, pero a mi casa —le dije sin titubear, empoderada por ese PDF que me había despertado.

En el Uber de regreso, ya no aguantamos. Sus dedos trazaban círculos en mi muslo desnudo, subiendo despacio bajo el vestido, mientras yo le mordisqueaba el lóbulo de la oreja. El conductor ni en cuenta, pero el mundo se reducía a su tacto áspero contra mi piel suave, el aroma de su sudor mezclado con mi perfume de vainilla. Llegamos a mi depa, y apenas cerré la puerta, sus labios capturaron los míos en un beso hambriento. Sabía a cerveza y deseo puro, su lengua danzando con la mía, explorando cada rincón de mi boca.

Luis me besa como si quisiera devorarme. Su lengua sabe a tequila y promesas sucias. Mi cuerpo responde solo, mis caderas presionándose contra su dureza.

Lo jalé al sillón de terciopelo gris, quitándome el vestido de un tirón. Quedé en lencería de encaje negro, mis tetas llenas alzándose con cada respiración agitada. Él se desabotonó la camisa despacio, revelando un pecho marcado por gym, vellos oscuros que invitaban a ser tocados. Sus manos grandes me amasaron los glúteos, apretando con fuerza juguetona.

—Estás cañona, Ana —gruñó, bajando la cabeza para mamar mi cuello, dejando marcas húmedas que olían a saliva y piel caliente.

Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi palma. La apreté suave, sintiendo su calor irradiando, el pulso acelerado bajo mi tacto. Se dejó caer en el sillón, y yo me arrodillé entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas. Lamí la punta despacio, saboreando el precum salado, mientras él gemía bajito, sus dedos enredándose en mi pelo. Lo chupé hondo, mi lengua girando alrededor del glande, el sonido húmedo de mi boca llenando la habitación junto con sus jadeos roncos. Qué rico saber que lo tengo así, rogando.

No aguantó mucho. Me levantó como si no pesara nada, me cargó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me quitó el bra y el tanga con dientes, su aliento caliente en mi monte de Venus. Separé las piernas por instinto, exponiendo mi concha rosada y empapada, el aroma almizclado de mi excitación flotando en el aire. Su lengua atacó directo al clítoris, lamiendo con hambre, chupando mi botoncito hinchado mientras dos dedos gruesos se hundían en mí, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas.

—¡Ay, cabrón! ¡Sí, así! —grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda, el roce raspándome delicioso.

El placer subía en olas, mis uñas clavándose en sus hombros anchos, el sudor perlando nuestras pieles. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes blancas, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, jugos corriendo por sus dedos.

Su lengua en mi chocha es el paraíso. Me corro como nunca, olas de fuego recorriéndome. Pero quiero más, lo quiero dentro.

Luis se posicionó encima, su peso delicioso presionándome al colchón mullido. Rozó su verga contra mis labios vaginales, lubricándosela con mis mieles, provocándome hasta que supliqué:

—Clávamela ya, pendejo. Hazme tuya.

Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome con su grosor. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear rítmico, fuerte, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros alaridos. Sus bolas golpeaban mi culo, sus manos pellizcando mis pezones duros. Yo le arañaba la espalda, oliendo su axila salada, probando el sudor de su pecho mientras lo montaba ahora, rebotando sobre él como una diosa.

—¡Qué rica verga tienes! ¡Cógeme más duro! —le exigí, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla.

El clímax nos alcanzó juntos. Él se hinchó dentro, gruñendo como animal, llenándome de su leche caliente que desbordaba por mis muslos. Yo me vine de nuevo, visión borrosa, cuerpo convulsionando en éxtasis puro, el mundo reduciéndose a ese latido compartido.

Nos quedamos enredados después, respiraciones calmándose, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón galopante. El aire olía a sexo crudo, sábanas revueltas testigos de nuestra fiebre. Me acarició el cabello suave, besándome la frente.

—Eres increíble, Ana. Esto no termina aquí —murmuró.

Sonreí, satisfecha, empoderada. Al día siguiente, mientras él dormía, abrí la laptop y escribí todo esto en mi propio diario digital. Lo guardé como diario de una pasion libro pdf, pensando en mandárselo después. Porque esta pasión apenas empezaba, y yo era la autora de mi propia historia ardiente.

Fin de la primera noche. Pero sé que vendrán más. Mi cuerpo canta, mi alma libre. Gracias a ese PDF que lo inició todo.

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