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Cañaveral de Pasiones Capítulo 87

7282 palabras

Cañaveral de Pasiones Capítulo 87

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de Veracruz, haciendo que las hojas verdes de la caña susurraran con el viento caliente como un secreto compartido. Ana caminaba entre las hileras altas, el aire espeso cargado con el dulzor terroso de la tierra húmeda y el aroma fresco de la caña recién crecida. Sus sandalias se hundían en el suelo blando, y cada paso enviaba una vibración sutil por sus piernas, recordándole por qué había venido aquí sola, otra vez.

Este lugar es nuestro cañaveral de pasiones, capítulo 87 de nuestra historia loca, pensó mientras se detenía en un claro donde las cañas formaban un muro natural. Llevaba un vestido ligero de algodón floreado que se pegaba a su piel sudada, marcando las curvas de sus caderas y pechos. Hacía meses que Javier y ella jugaban a este juego: mensajes codos en el celular, "nos vemos en el campo", y luego horas de fuego contenido. Él, el capataz del ingenio, con sus manos callosas y esa sonrisa pícara que la volvía loca. Ella, maestra en el pueblo cercano, necesitaba este escape de la rutina, de las miradas chismosas.

El corazón le latía fuerte, un tambor en el pecho, mientras escuchaba el zumbido de las chicharras y el lejano rumor de un tractor. Se recargó en una caña gruesa, sintiendo su textura áspera contra la espalda, y cerró los ojos.

¿Y si hoy no viene? ¿Y si el pinche trabajo lo retuvo?
La idea le apretó el estómago, pero el calor entre sus muslos ya la traicionaba, un pulso húmedo que la hacía apretar las piernas.

De pronto, un crujido. Abrió los ojos y ahí estaba él, emergiendo de las cañas como un dios moreno, camisa desabotonada dejando ver el pecho velludo brillando de sudor, jeans ajustados que no disimulaban nada. "Órale, nena, ¿me extrañaste?", dijo con esa voz ronca, veracruzana pura, avanzando lento, depredador.

Ana sonrió, mordiéndose el labio. "Como loca, wey. Ven pa'cá." Se acercó, el olor a hombre, a tierra y a caña lo envolvía. Sus manos se encontraron primero, dedos entrelazados, piel contra piel, cálida y áspera. Él la jaló contra su cuerpo, y ella sintió la dureza de su erección presionando su vientre. Qué chingón se siente, pensó, mientras sus bocas se unían en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a café y menta.

Acto primero del ritual: las caricias suaves. Javier le recorrió la espalda con las palmas, bajando hasta apretar sus nalgas, amasándolas como masa de tamal. Ella gimió en su boca, el sonido ahogado por las cañas que mecían a su alrededor. "Te ves riquísima con ese vestido, mi amor", murmuró él, besándole el cuello, lamiendo el sudor salado. Ana arqueó la espalda, sus pezones endureciéndose contra la tela fina, rogando atención.

Se separaron un segundo, jadeantes, mirándose con ojos nublados de deseo. "Aquí mismo, ¿va?", preguntó él, y ella asintió, empoderada, dueña de su hambre. "Sí, cabrón, hazme tuya en este cañaveral de pasiones." Javier la tumbó sobre una capa de hojas secas que él mismo había preparado, el suelo suave bajo ella, el cielo azul filtrándose entre las copas verdes.

El medio tiempo empezó con lentitud deliciosa. Él le subió el vestido por las piernas, besando cada centímetro de piel expuesta: tobillos, pantorrillas, muslos. Ana temblaba, el roce de su barba incipiente como electricidad en su carne sensible. Su aliento caliente me quema, ay Dios. Cuando llegó a su centro, separó sus bragas con dientes, inhalando su aroma almizclado, femenino. "Qué pinche delicia hueles, Ana." Su lengua la tocó entonces, un lametón largo y profundo, saboreándola como caña dulce.

Ella gritó bajito, agarrando mechones de su pelo. "¡Más, Javier, no pares!" Él obedeció, chupando su clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que la llenaban justo, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Los sonidos eran obscenos: succiones húmedas, sus gemidos roncos, el viento susurrando aprobación. Ana se retorcía, caderas alzándose, el sudor perlando su frente, goteando entre sus senos. Internamente luchaba:

Quiero correrme ya, pero aguanta, hazlo durar, que este capítulo 87 sea épico
.

Javier se incorporó, quitándose la camisa con un movimiento fluido, músculos flexionándose bajo la piel bronceada. Ana lo devoró con la vista, extendiendo manos para acariciar su pecho, pellizcar pezones oscuros. "Quítate todo, mi rey", ordenó ella, y él rio, bajándose los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precúm que ella lamió de inmediato, salado y salado. Lo tomó en la boca, succionando con hambre, garganta relajada por práctica. Él gruñó, "¡Qué chula la boca que tienes, nena!" Empujaba suave, respetando su ritmo.

La tensión escalaba, psicológica y física. Ana sentía su interior palpitar, vacío, necesitando llenarse. "Métemela ya, por favor", suplicó, y Javier no hizo esperar. Se posicionó entre sus piernas abiertas, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono: él por lo apretado y caliente, ella por la plenitud abrumadora. "Estás mojada como nunca", dijo él, empezando a moverse, embestidas profundas y lentas.

El ritmo creció: fuerte, primitivo. Las cañas crujían con cada choque de cuerpos, piel palmoteando piel, sudor volando. Ana clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Siento cada vena, cada pulso, me va a romper de gusto. Él le mordía el hombro, chupaba sus tetas rebotando, lengüeta en pezones. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, caña machacada. Sonidos: ayes, resoplidos, el slap-slap húmedo.

La lucha interna de Ana:

Es demasiado bueno, pero no quiero que acabe, este cañaveral de pasiones capítulo 87 tiene que ser inolvidable
. Javier la volteó a cuatro patas, agarrando caderas, penetrando más hondo. Ella empujaba hacia atrás, empoderada, cabalgando el placer. "¡Dame más duro, pendejo!" gritó, y él obedeció, una mano bajando a frotar su clítoris en círculos rápidos.

El clímax llegó como tormenta: Ana primero, contrayéndose en espasmos, gritando su nombre al cielo, jugos chorreando por muslos. Javier la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que sintió palpitar dentro. Colapsaron juntos, él encima, protegiéndola del sol, besos suaves ahora, lenguas perezosas.

En el afterglow, yacían enredados, el viento secando su piel pegajosa. Javier le acariciaba el pelo, "Eres mi vicio, Ana. Cada vez mejor." Ella sonrió, besándole el pecho, saboreando sal. Este capítulo cierra perfecto, pero ya quiero el 88. Se incorporaron lento, vistiéndose entre risas y toques juguetones. El cañaveral parecía más vivo, cómplice de su secreto.

Caminaron de vuelta, manos unidas, el sol bajando tiñendo todo de oro. Ana sentía el semen escurrir entre piernas, recordatorio delicioso. "Hasta la próxima, mi amor", dijo él al separarse. Ella asintió, corazón pleno. En este cañaveral de pasiones capítulo 87, habían encontrado su paraíso privado, consensual y ardiente, listo para más.

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