Limpia con Pasión
El sol del atardecer se colaba por las cortinas de encaje en la sala de la casa de Sofía, tiñendo todo de un naranja cálido que olía a copal quemándose en un brasero de barro. Yo, Ana, había llegado esa tarde hecha un desastre. El pinche trabajo en la oficina me tenía hasta la madre: jefes gritones, deadlines que no paraban y un estrés que me apretaba el pecho como si me fueran a dar un infarto. Sofía, mi carnala de toda la vida, la que siempre andaba con sus hierbitas y rezos, me había dicho: "Ven, mija, te hago una limpia con pasión pa' que te quites ese mal de ojo". No supe bien qué quería decir con lo de "pasión", pero órale, pensé, cualquier cosa pa' sentirme mejor.
Me recosté en el catre cubierto de mantas bordadas, con el cuerpo semidesnudo, solo en brasier y calzón porque Sofía dijo que así la energía fluía mejor. El aire estaba cargado del humo espeso del copal, que picaba un poquito en la nariz pero calmaba el alma. Sofía, con su falda larga floreada y blusa suelta, se movía alrededor de mí como una diosa prehispánica. Su piel morena brillaba con un aceite que ella misma preparaba, y sus ojos negros me miraban con una intensidad que me erizaba la piel. ¿Por qué carajos me siento tan nerviosa? me pregunté, mientras mi corazón latía más rápido que un tambor de son jarocho.
—Relájate, Ana —murmuró Sofía con esa voz ronca que siempre me ponía la piel de gallina—. Esta limpia con pasión va a sacar todo lo que te está jodiendo por dentro.
Empezó con el huevo, pasándolo despacio por mi cuerpo. Sentí el frío del cascarón contra mis brazos, mi cuello, bajando por mis pechos. El roce era suave, casi un caricia, y mi respiración se aceleró. Luego vinieron las hierbas: ruda, romero, albahaca. Las frotaba entre sus manos y el aroma fresco y terroso me invadía las fosas nasales, mezclándose con el sudor ligero que empezaba a perlar mi frente. Sus dedos rozaron accidentalmente el borde de mi brasier, y un chispazo me recorrió la espina dorsal.
¡No mames, Ana, es tu amiga! ¿Qué te pasa?Pero el cuerpo no mentía; mis pezones se endurecieron bajo la tela delgada.
La tensión inicial era como un nudo en el estómago, pero poco a poco se deshacía. Sofía canturreaba un rezo en náhuatl que no entendía del todo, pero que vibraba en mi pecho como un latido compartido. Sus manos, fuertes y cálidas, presionaban mis hombros, amasando los músculos tensos. Olía a ella: un perfume natural de jazmín y tierra húmeda. Me giró boca abajo y vertió aceite en mi espalda. El líquido tibio se deslizó por mi piel, y cuando sus palmas lo esparcieron, gemí bajito sin querer. Era como si cada poro se abriera, soltando el peso del día.
—Estás muy cargada, mija —dijo Sofía, su aliento caliente en mi oreja—. Pero yo te voy a limpiar hasta el fondo.
El medio del ritual se volvió un torbellino de sensaciones. Sofía me pidió que me quitara el brasier para "liberar el chakra del corazón", y yo, hipnotizada por su voz y el humo que danzaba en el aire, obedecí. Mis tetas quedaron al aire, pesadas y sensibles, y cuando ella pasó el ramo de hierbas por ellas, el roce áspero de las hojas me hizo arquear la espalda. Qué rico se siente esto, pensé, mientras un calor líquido se acumulaba entre mis piernas. Sus dedos trazaban círculos en mi ombligo, bajando peligrosamente cerca de la cintura de mi calzón. El sonido de su respiración se mezclaba con la mía, jadeos suaves que llenaban la habitación.
De repente, se detuvo. Me miró a los ojos, y en ese instante vi el fuego en los suyos. Esto no es solo una limpia, me dije, y el deseo me golpeó como una ola. Le tomé la mano y la acerqué a mi pecho.
—Sofía... no pares —susurré, mi voz temblorosa.
Ella sonrió, pícara, como si lo hubiera planeado todo. "Con pasión", recordé sus palabras. Se inclinó y sus labios rozaron mi cuello, saboreando el sudor salado mezclado con el aceite. Su lengua era caliente, húmeda, trazando un camino hasta mi clavícula. Yo me retorcí bajo ella, mis manos enredándose en su cabello negro y largo. El olor a copal se intensificó con el nuestro: almizcle femenino, deseo crudo. Me quitó el calzón con delicadeza, y el aire fresco besó mi sexo expuesto, ya mojado y palpitante.
Sus dedos exploraron primero, suaves como plumas, separando mis labios hinchados. Gemí fuerte cuando tocó mi clítoris, un botón endurecido que rogaba atención. ¡Ay, cabrona, qué bien lo haces! pensé, mientras ella me lamía el lóbulo de la oreja. Bajó por mi cuerpo, besando cada centímetro: el valle entre mis tetas, el ombligo, el interior de mis muslos. Su boca llegó a mi centro, y el primer lametón fue eléctrico. Saboreó mis jugos con pasión, su lengua danzando en círculos, chupando con hambre. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis jadeos roncos, el crujir del catre bajo nosotros.
Yo no me quedé atrás. La jalé hacia mí y le quité la blusa. Sus tetas eran perfectas, redondas y firmes, con pezones oscuros como chocolate. Las mamé con furia, mordisqueando suave mientras ella gemía "¡Sí, Ana, así!". Nuestros cuerpos se enredaron, piel contra piel, sudor resbalando. El tacto era puro fuego: sus muslos fuertes aprisionando mi cabeza mientras yo la devoraba, mi lengua hundida en su coño caliente y dulce, con un sabor a miel y sal. Olía a sexo puro, a mujer en celo. Introduje dos dedos en ella, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. Estás tan apretada, tan viva, pensé, mientras sus paredes me succionaban.
La intensidad subió como una tormenta. Nos frotamos clítoris con clítoris, resbalosas y jadeantes, el roce enviando chispas por todo mi cuerpo. Mis caderas se movían solas, buscando más fricción. Sofía me penetró con sus dedos, tres ahora, bombeando con ritmo mientras me besaba el cuello.
¡Me vengo, me vengo!grité en mi mente, y exploté. El orgasmo me sacudió como un terremoto, olas de placer que me dejaron temblando, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos. Ella vino segundos después, su grito ahogado contra mi hombro, cuerpo arqueado y pulsando.
Nos quedamos así un rato, enredadas en las mantas, el copal apagándose solo. El afterglow era dulce: pieles pegajosas enfriándose, respiraciones calmándose, el aroma persistente de hierbas y sexo. Sofía me acarició el cabello, su voz suave.
—Te dije que sería una limpia con pasión, ¿no? Ahora estás renovada, mija.
Yo sonreí, sintiendo una paz profunda. El estrés se había ido, reemplazado por una conexión que no esperaba. Esto fue más que una limpia; fue un renacer. Salí de ahí con el cuerpo liviano, el alma limpia de verdad, y un secreto ardiente que me haría volver pronto. La noche caía sobre la ciudad, pero yo brillaba por dentro, lista para lo que viniera.